Que poco tacto, ser mujer y pedir caminar en calma de casa a la tienda sin temer una mano ajena deslizándose entre las piernas, una amenaza en forma de grito lascivo, una persecución hasta llegar a salvo, una insinuación del drogadicto de la cuadra, caminar sin apretar las llaves entre los dedos, en puño, en autodefensa, en ganas de no ser una cifra más. Qué atrevimiento creer que podemos caminar de un punto a otro en completa seguridad, sin tener que mirar por encima del hombro.

En 2024, se registraron 1,672,227 nacimientos en México.

De estos nacimientos, cerca del 49% fueron de niñas. Al menos aún no nos atrevemos a nacer más que ellos.

Y déjenme decirles que pasa cuando nos atrevemos a nacer mujeres en este tablero de ajedrez perfectamente diseñado para que ellos ganen:

Nuestras madres, madres de varones y de mujeres, sin distinción, seguramente pasaron algún proceso del embarazo en medio de violencia, ya sea gestacional, económica, obstétrica o bien, sistémica: nuestras madres no nos eligen realmente, eligen lo que el sistema les hace creer que eligen. Nadie elige voluntariamente la crianza en solitario, los trabajos que no respetan la maternidad, la precarización y todas las trabas que nos ponen para no dejarnos ejercer cuidados en plenitud.

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Luego, si eres niña, apenas nacer, te horadan las orejas, decidiendo sobre tu autonomía corporal de forma sádica y ritual, al cabo tan pequeña “no sientes dolor”, ¡bienvenida al patriarcado! A partir de ahora serás parte de un sistema que te quiere muerta, pero antes de eso, obediente y en servilismo constante a los hombres y la maquinaria que diseñaron para someterte.

Ahora tendrás que aprender a caminar por el lado contrario al sentido de los coches, a sentarte con las piernas cerradas para ocupar menos espacio que ellos, a apretar las llaves en puño si llegas tarde del colegio a solas por la noche, a medir el largo de tu falda, a que los hombres solo te querrán por tu cuerpo o te descartarán por lo mismo. Tendrás que aprender siempre, que sin importar nada, tu cuerpo es imperfecto y hay que mejorarlo, que el espacio que te mereces se mide en cuanto pesas y los logros que alcances, en cuanto te arreglas y cómo luces haciendo tu trabajo y la mayoría de las veces, nada más.

Aprenderás que hay que hacer felices a los hombres y te enseñarán como hacerlo, no solo en revistas de moda, sino dentro de tu propia casa y en tu propia familia, anteponiendo la felicidad de ellos por encima de la tuya. Establecerán por supuesto que los hombres deben ser los sujetos de tu afecto porque para eso estas aquí, para complacerlos con la dignidad de una mascota que sabe que para eso nació. La heterosexualidad será obligatoria, el camino único, el “sencillo”, el lógico. ¡Ay de la que se salga de la norma y ame a otras mujeres!, perderá en automático la protección que el patriarcado le brinda, dejará de ser la abnegada hija y será repudiada, no volverá a ser amada por la parte importante de la humanidad: los hombres.

Te enseñarán a no parir bastardos, a casarte bajo leyes y ritos arcaicos que promueven y sostienen el sistema que te oprime. Tendrás hijos dentro de un matrimonio, o serás una madre soltera sin esperanza de ser amada nuevamente, sometida a pensiones paupérrimas e indignas, violencia vicaria, económica y emocional ante la indiferencia del Estado. Así pues, si eres obediente, te casarás bien y lograrás que tu marido te ame devotamente durante un promedio de dos años antes que haga lo que “los hombres hacen” y persiga una nueva víctima mientras tu crías al hijo de los dos en la soledad de cuatro paredes, bajo el disfraz de la felicidad conyugal.

Eso, querida niña, es lo que esperan que hagamos todas las mujeres. Por eso nos perforan las orejas, como si diferenciaran ganado, como si quisieran decirnos desde las primeras horas de vida que nuestro dolor no es relevante, que no interesa que un adorno en nuestros cuerpos, lo único importante para ellos.

Porque debes saber también que nuestros cuerpos sostienen todo este sistema de odio hacia nosotras. Los amamos gratis. Les criamos gratis. Les trabajamos en casa, gratis. Es un sistema esclavo perfecto porque se aseguran primero de vendernos la idea del amor y después de dejarnos embarazadas y, ¿qué no haríamos nosotras por nuestros hijos?

Hoy, hija mía, te convoco. Te llamo hermana, hija, madre, abuela, amiga, te llamo a levantar las manos para luchar. Soltá, soltá un poco de aquello que te dijeron que sostuvieras. Soltá la casa limpia, el cuerpo perfecto, el amor heterosexual, la norma social que te obliga a sonreír a la cámara. Soltá y mira lo que vale la pena sostener.

A nuestras hijas y a nuestras hermanas. A nosotras mismas. A nuestros sueños y metas. Usemos el sistema a nuestro favor, ya que no podemos romper la jaula todavía. Soltá hija mía, es necesario soltar para sostener algo mas que el mundo que crearon para mantenernos en cautiverio.

Te lo digo yo que elegí ser la mala hija, la mala nieta, la mala mujer. Te lo digo yo que estoy soltando para aprender a sostenerme con una mano mientras con la otra sigo sosteniendo a mis hijos. Te digo hoy que la lucha es menos sangrienta de lo que se espera, más silenciosa. La batalla comienza en la casa de cada una reconociéndose libre por primera vez en años frente al espejo.