Empiezo precisando una convicción personal basada en evidencia: Claudia Sheinbaum no necesita recomendaciones ambientales de alguien como yo. Es científica, experta en la materia. Sus conocimientos son muy superiores a los de la mayoría de quienes opinamos sobre tales temas.
Ya ella ha dicho que no hay daño para las ballenas con los proyectos de gas natural licuado en el golfo de California. Le creo, desde luego. Si no recuerdo mal, eso precisó la presidenta de México el pasado 16 de octubre en su conferencia de prensa mañanera. Afirmó que se estudiaron a fondo los beneficios sociales y económicos de los mencionados proyectos, así como sus posibles costos ambientales, particularmente para la vida de las grandes ballenas y, en general, para el mar más hermoso de México y del mundo.
Me refiero a dos inversiones enormes: Saguaro Energía, en Puerto Libertad, y AMIGO LNG, en Guaymas, ambas en la costa de Sonora.
Pero…
Siempre hay una oportunidad de revisar de nuevo las cosas, particularmente si está en juego la supervivencia de animales tan maravillosos.
Hay una reflexión que circula en internet, atribuida a Aristóteles, aunque no he encontrado evidencia de que el filósofo griego la haya pronunciado: “El sabio no es el que nunca duda, sino el que se atreve a volver a dudar de sus propias certezas antes de dar el paso definitivo”. No importa demasiado quién la haya dicho. Creo que tiene mucho de verdad.
Otra reflexión, también de autoría incierta y que algunos atribuyen a Lord Acton, expresa una idea semejante: “La prueba suprema de la sabiduría no es mantenerse firme en lo decidido, sino tener la valentía de examinar de nuevo la propia certeza para confirmar que la verdad sigue estando de nuestro lado”.
Una persona sensata, y la presidenta Sheinbaum lo es, jamás defenderá a toda costa una decisión tomada si se le presentan argumentos que podrían refutarla. La gente muy inteligente, como ella, tiene la capacidad de revisar cualquier asunto concluido —en el análisis racional no existe el punto de no retorno— ante razones que merecen ser consideradas, sobre todo si las inspira el humanismo.
El 16 de octubre, la presidenta de México dijo que hoy, día 21 del mes, gente experta del gobierno daría detalles técnicos de los proyectos de gas licuado en el golfo de California. Supongo que participará particularmente la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena.
No dudo de la capacidad ni de la preparación de la secretaria Bárcena y de su equipo de trabajo. Pero creo que vale la pena reflexionar de nuevo sobre el tema a partir de un documental de siete minutos y 40 segundos que quizá ya vio la presidenta, siempre informada.
Si ya lo conoce, respetuosamente sugiero a la presidenta verlo de nuevo. Menos de ocho minutos de atención al teléfono celular antes de la mañanera de hoy no son demasiados. Y, por supuesto, no sería tiempo perdido, sino ganado.
El documental, narrado en inglés por Jane Fonda y en español por Ximena Sariñana, se titula ¿Ballenas o gas?
Presidenta Sheinbaum, con admiración, respeto y aprecio, sugiero revisar ese documental para apoyar, o refutar, la tesis de que vale la pena llevar a Asia, por el golfo de California, gas natural procedente de Texas, licuado en Sonora; gas, y este es el mayor problema, que deberá ser transportado en enormes buques a través de las aguas en las que, desde épocas inmemoriales, se ha escuchado el extraordinario canto de las ballenas.
Porque estas criaturas fantásticas no cantan inspiradas en los estudios técnicos de ninguna dependencia, sino que necesitan condiciones acústicas adecuadas para comunicarse, orientarse y reproducirse. Y el ruido de los buques tanque podría alterar gravemente tales condiciones.
El golfo de California, considerado el acuario del mundo, no es un mar silencioso. Está lleno de sonidos naturales, entre ellos los de las propias ballenas. Pero una cosa es el sonido de la vida marina y otra muy distinta el ruido submarino producido por gigantescas embarcaciones industriales.
La contaminación acústica es uno de los riesgos que deben estudiarse con especial cuidado. El ruido de los motores y las hélices puede interferir con la comunicación y el comportamiento de los cetáceos. También deben evaluarse los riesgos de colisiones de las ballenas con los buques metaneros.
Hay sonidos naturales de ese mar mexicano que quizá tengan más valor que los negocios de los gaseros de Texas.
Negocios que, por cierto, habría que examinar también desde el punto de vista de los empleos que realmente generarán en Sonora. Licuar gas es una actividad intensiva en capital y tecnología, que requiere relativamente poca mano de obra durante su operación. Una cosa son los empleos temporales de la construcción, que desaparecerán cuando los proyectos arranquen, y otra los puestos permanentes que quedarán cuando las instalaciones comiencen a funcionar.
¿Cuántos serán realmente esos empleos permanentes? ¿Cuántos corresponderán a trabajadores de las comunidades sonorenses? Son preguntas que deberían responderse con cifras verificables de cada proyecto, no únicamente con las promesas generales de sus promotores.
Y habría que preguntarse cuántos de esos empleos beneficiarían realmente a las comunidades de la costa, donde numerosas familias viven de la pesca artesanal. ¿Ya se evaluaron las posibles afectaciones a las comunidades pesqueras?
No se trata de desconocer los estudios técnicos ni de despreciar los beneficios económicos. Solo propongo preguntar, una vez más, si esos beneficios justifican los riesgos para uno de los ecosistemas marinos más hermosos del planeta.
Y, sobre todo, preguntarse si México debe asumir los riesgos ambientales para facilitar la exportación de gas estadounidense a los mercados asiáticos.
La presidenta Sheinbaum ha defendido la necesidad de que el desarrollo económico sea compatible con la protección del medio ambiente. Precisamente por eso considero que vale la pena escuchar también a quienes, desde la ciencia y el activismo ambiental, advierten sobre las posibles consecuencias de estos proyectos.
Presidenta: ocho minutos con las ballenas. Solo ocho minutos. Después, que hablen los y las especialistas. Y que también se escuche el canto de las ballenas.
Aquí el documental: ¿Ballenas o gas?.



