Hace pocos meses fue la alcaldesa de Madrid, de apellidos Díaz Ayuso; luego, grupos de hispanistas radicales, como el charlatán José Miguel Zunzunegui; luego, constantes ofensas, en aquel país y en México mismo, de parte de argentinos con motivo de su obsesión con el futbol.

Ayer, poco antes de la final del Mundial, el argentino Ricardo La Volpe, en un aeropuerto, le espetó sin ambages a un aficionado mexicano: “¡Los mexicanos son unos vendidos!”. Ese hombre de la tercera edad vino a México en los años 70, con una mano adelante y otra atrás; se quedó, formó una familia y se volvió un exitoso hombre, desde jugador hasta DT nacional, pasando por ser comentarista en las transmisiones de algunos partidos de futbol.

Sí, quitándole un sitio a algún joven mexicano que tiene como estudios el periodismo deportivo y como anhelo desarrollar su profesión en su propio país. Por supuesto que no es el único; de hecho, abundan, y llevo semanas advirtiendo la hipocresía de todos esos entes al afirmar que “aman a México”, porque, con solo voltearse, hablan basura y media del país y de los mexicanos. El argentino suele ser así de ladino; no diré jamás que todos, pero tampoco que solo son un puñado.

Yo veo cómo se le van encima, sí, a mexicanos; ejemplos sobran: recientemente, al señor Sola (por motivos merecidos), en su momento a Miguel Herrera, luego a Ángela Aguilar y, vamos, ejemplos sobran.

¿Por qué al extranjero parece que hasta le aplaudimos cuando nos sobaja junto a nuestro país? ¿Por qué se les mide con distinta vara? ¿No nos damos cuenta de que parecemos cobardes? Porque, para fastidiarnos y “transarnos” entre nosotros mismos, somos excelentes, pero ante un extranjero no solo lo respetamos, sino que llegamos al paroxismo de permitirle casi cualquier tipo de ofensa y abuso en nuestra cara. ¿Hasta cuándo ese nivel de permisividad pusilánime ante estos seres viles y malagradecidos?