La soledad te hace frágil
Fray Salvador me cuestionó sobre la soledad en la vida eremítica (en mi canal de videos en redes llamado Ábreme los labios) y mencionó que el aislamiento en la naturaleza se evita por protección; para no convertirte en la presa de los depredadores. Por lo tanto, no pareciera una buena idea procurar la vida solitaria, especialmente si se toma en cuenta que en el camino monástico la meta es el crecimiento espiritual (que podría desviarse sin una comunidad que te proteja y guíe).
Es una observación interesante. Es verdad que la vida en soledad te hace vulnerable en muchas formas. Desde la parte práctica si pensamos que puede ser peligroso vivir aislado en el monte (ya sea por las bestias salvajes, en mi ermita por ejemplo hay muchos osos, o bien por los ladrones en otros lugares, etc). También abstenerse un poco de la necesidad de convivencia tan inscrita en nuestra naturaleza humana podría generar dudas para considerarse como un camino ideal. Sin embargo, San Pablo decía que en nuestra debilidad está nuestra fortaleza. Yo así lo he experimentado en todos los votos monásticos, especialmente en mi ejercicio de la soledad. La pobreza o el ayuno que practican todos las demás formas de vida monástica, se parecen mucho a la falta de convivencia que experimentan los ermitaños; aunque podría parecer que esas prácticas te debilitan, en realidad te acercan a Dios y fortalecen el alma. La soledad adicionalmente te hace consciente de muchos detalles en los que ni pensaríamos viviendo en comunidad: ¿Sobre qué platicamos con los demás? ¿Te has preguntado cómo fortaleces tu vida espiritual a partir de nuestra necesidad humana de convivir con los demás? San Benito decía que la comunidad monástica es la escuela del amor. Pero la vida eremítica es la forma de vida monástica cristiana más antigua que hay, antes de la vida cenobítica de los conventos y monasterios. Habría que preguntarse ¿qué enseña la soledad antes que la vida comunitaria? ¿les aportas algo a la gente cerca de ti?
Aunque los ermitaños tenemos un voto de soledad (además de los 3 votos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia), y a pesar de que estamos la mayor parte del tiempo solos, sí hay sin embargo una comunidad que participa de nuestra vida religiosa: tenemos un confesor, un director espiritual y al Obispo que es nuestro superior y quien nos guía y da permisos. Con excepción de los ermitaños sacerdotes (que pueden consagrar una hostia solos y les permite más tiempo completamente aislados), la mayoría de los ermitaños vamos a alguna parroquia o monasterio a recibir los sacramentos regularmente, tenemos un trabajo silencioso y que nos quite poco tiempo, y vemos a muchas personas en citas individuales que aconsejamos y acompañamos espiritualmente. Pasamos también tiempo de retiro en monasterios con monjas o monjes de convento. Así que no estamos completamente aislados; sí participamos de la vida de comunidad y de la jerarquía de la iglesia, solo que lo hacemos en una forma en la que hay muy pocas vocaciones.
La “solitud” (solitude en inglés) y “sentirse solo” (loneliness en inglés) no es lo mismo. El primero es un aislamiento intencional de las multitudes, es una soledad sin ruido ni fricciones que se disfruta por los ermitaños, separados de la gente, pero en la compañía de Dios. Es una soledad habitada por la presencia de Dios que permite una intimidad especial. “Sentirse solo” no es lo mismo. Para empezar, no es intencional, es una consecuencia del abandono, desamparo y/o rechazo, o de la imposibilidad de saber estar solo con uno mismo, y segundo lugar, es un sentimiento, no una forma de vida.
Amar a los demás desde la soledad
Te has preguntado: ¿qué te lleva a seguir el impulso por convivir; qué necesitas de los demás realmente? Mi conclusión práctica en este punto se destiló poco a poco con los años hasta deducir que para lo único que yo “necesito” de la gente, y de lo que no podría prescindir, en realidad, es mi necesidad de amar y servir a los demás. Esa conciencia tan clara y pronunciada de mi amor por los demás como algo necesario de ejercer en mi vida (de manera que pueda tener sentido y un propósito), solo fue posible para mí descubrirlo desde lo más profundo de la soledad. No me extraña además que esta conclusión práctica de mi experiencia de vida coincida con lo que recomienda Jesús para acercarse a Dios en el andar espiritual: amar a los demás.
Desarrollando el evangelio del domingo pasado, lo explicó muy bien el padre Andrés Esteban en su homilía en Armenteira (en donde ambos nos encontramos de visita): Aunque lo que Jesús nos manda es amar a los demás, también advierte que no hay que amarlos más que a Jesús mismo; y no es una contradicción. Hay que amar a los demás, sí, pero hay que alcanzar a Dios amando a la gente, no alejarnos de Dios idolatrándola.
Todos nos hemos preguntado alguna vez donde termina nuestra individualidad y donde empieza lo que hacemos por los demás. Hay pocas cosas que hacemos completamente solos. Morir es una de ellas. Un hombre en su lecho de muerte quería hablar conmigo. Es parte de mi vida de monja, supongo, acompañar a las personas en estos momentos específicos que buscan mi escucha. Para mi sorpresa, el viejito quería quejarse conmigo sobre cómo su papá no le daba oportunidades de joven por no ser el hijo mayor. Me impresionó muchísimo que eso fuera su preocupación estando tan cerca a la muerte, especialmente considerando que su padre había muerto hacía décadas, y pues uno pensaría, ya qué más da. Tuve otro encuentro con un señor también a punto de morir, el segundo me narró sus logros en su paso por la vida, tenía un agradecimiento conmovedor hacia lo recibido, pero también presumía sus éxitos económicos y su impacto en la sociedad.
Estas dos conversaciones me dejaron pensando en cómo definimos nuestra identidad y éxito de vida, y qué es lo que nos llevamos orgullosos a nuestro lecho de muerte. Era inevitable cuestionarme ¿de qué quiero hablar yo cuando me quede ya solo un día de vida? Porque, si eres consciente que estás a punto de dejar a tu historia, tu familia, tu comunidad y a las cosas en el mundo… ¿Que queda todavía ahí como para conversar sobre ello en el último día?: espero que mi tema sea mi alma y mi relación con Dios.
Una forma de extender esta misma pregunta, la de “¿cuál es mi esencia?”, es tomando la figura del “náufrago permanente” porque ayuda a imaginar estar completamente solo. Si el náufrago sabe que nunca va a ser rescatado, ¿viviría como antes? ¿Cuales serían sus incentivos? ¿viviría de otra forma diferente que si estuviera en la sociedad?
Si uno fuese un náufrago, te esmeraras por sobrevivir, y lo lograras, ¿cuál sería el motor detrás de ese reto? Porque me parece a mí que se requiere un gatillo importante para un esfuerzo tan grande; sobrevivir, solo para no morirse, creo que no sería suficiente estímulo para nadie. Hay que preguntarse ¿qué haría yo en ese caso?, y más importante aún, ¿para qué?
En mi caso en particular, si yo fuera un “náufrago permanente”, sé lo que haría a detalle, porque ya lo hago todos los días: buscaría a Dios. En el desarrollo práctico de la isla desierta: me pondría una lista de metas y rezaría por los demás para no perder propósito, haría un horario disciplinado para no perder ritmo, y me dedicaría de lleno a alabar a Dios y a procurar estar cerca de Él. Es alucinante comprobar que lo que haría si naufragara es exactamente lo que hago en mi vida hoy: trabajo para servir con amor (lo cual me da propósito), soy disciplinada en mi ritmo de oraciones y trabajo (como me exhortó a hacerlo mi fabuloso director espiritual), y me dedico principalmente a alabar a Dios y buscar su cercanía en todo momento (como religiosa ermitaña eso es el centro de mi vida).
Cuando leí Comment vivre ensemble (Cómo vivir juntos) de Rolad Barthes, me sorprendió que dedicara tanto espacio en el libro para hablar de los anacoretas y de Robinson Crusoe. Ahora, después de 9 años de vivir como ermitaña, me parece bastante obvio que lo haya abordado extensivamente; porque ya no veo a la soledad eremítica como un concepto contrario a la vida en sociedad, sino como una forma más de vivir en sociedad, solo es una forma no tan común.
De joven cuando leí a los existencialistas, me pareció que había una gran diferencia entre El extranjero de Camus y los demás. Para ejemplificarlo comparándolo con otros clásicos de su época, la Náusea de Sartre y La metamorfosis de Kafka abordaban la existencia de la persona en una forma más individualizante, por describirlo de alguna forma, comparado con Camus. Lo que más me impresionó de El extranjero fue cómo maneja el tema de la identidad del personaje en el juzgado; me pareció tan escandaloso, sentí casi como si hubiesen metido a la cárcel al protagonista, no por ser un asesino, sino por haber cuidado mal de su madre en la vejez. Me impresionó mucho como la identidad culpable del personaje se formuló no con la verdad y la definición de quién es él, ni por sus intenciones (deja claro al lector que solo tenía calor y aburrimiento), o por sus acciones (sí asesinó a alguien), sino que se le condena realmente por ser un mal hijo.
Camus me hizo consciente de algo que la experiencia de la vida se ha encargado de recordarme repetidamente. Nuestra identidad se forma en gran medida a partir del otro y, lo que es peor, cómo ese otro te perciba (con todo lo que conlleva, incluyendo sus limitaciones para entenderte).
Porque los adjetivos que nos definen en gran medida vienen de fuera. No puedes, por ejemplo, ser alto, en una isla desierta (porque no hay con quien compararte). Hay una parte muy grande de nuestra identidad que está formulada en relación con los demás. Ya lo he dicho antes, en mi comunidad en Alemania yo era la más chaparrita. Aquí en el convento en España soy de las más altas. Porque no soy en realidad ni alta ni chaparra; y solo se podría definir un adjetivo así sobre mí dentro un contexto.
Abundaron en el siglo pasado los filósofos que se dedicaron a argumentar cómo nuestra identidad está formada a partir de nuestras relaciones con los demás. Si lo caricaturizamos a fin de ser concisos, por ejemplo Nietzsche desarrolló el concepto de identidad a partir de nuestros traumas de infancia y la relación con nuestros padres, Jung a partir de los símbolos en la cultura que vivimos, Marx a partir de las estructuras económicas sociales, etc. Pero, ¿Qué pasa con la figura del “náufrago permanente”?. No se puede ser “el mejor” ni “el peor” de una isla desierta. No puedes “destacar” sin compararte con nadie, así que identidad que se formula a partir de las necesidades sociales, de convivencia y competencia están descartadas. Qué le importa al “náufrago permanente”, o a alguien a punto de morir, por ejemplo, lo que diga Nietzsche sobre la influencia de sus padres, o lo que piense Marx sobre cómo ser económicamente digno, o Jung sobre los símbolos del consciente colectivo. Lo lógico es que al náufrago o moribundo ya no deberían importarles estas estructuras sociales que normalmente configuran la identidad de la persona, porque el naufragio y la muerte son experiencias que se viven en soledad y no deberían tener nada que ver con los demás. Pero la verdad es que es fácil imaginar al náufrago sobreviviendo, y animarse a sí mismo al hacerlo, pensando que sus acciones impresionarían a su vecino, o fantaseando que si logra sobrevivir haría sentir orgulloso a su padre.
El ejercicio de soledad puede ser muy liberador porque, precisamente, ya no se te puede definir con adjetivos como exitoso, destacado, líder, etc …, y más importante aún, hay también una parte interior nuestra, esencial, que no tiene que ver con los que nos rodean y que se podría desarrollar si así lo deseas. Y es ahí en donde ser ermitaño es diferente al náufrago o moribundo porque es un ejercicio de soledad intencional y la idea es aprovechar esa libertad, ese espacio que se abre y usarlo al máximo… explotarlo, nunca mejor dicho. El ejercicio de la soledad elegido (como el de nos ermitaños) y no impuesto (como el caso del náufrago y la muerte) es entonces muy diferente. Porque lo importante no es lo que dejas atrás, no es un ejercicio ni discriminatorio ni excluyente ni terminal, sino un celo por el espacio comienza y que se abre para convivir con Dios.
¿La soledad es de egoístas antisociales?
Leí muchas veces una frase hermosa del evangelio de Mateo, pero a la luz de la soledad toma un significado mucho más profundo: “Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. Porque ¿de qué le sirve a uno ganarse el mundo entero si se pierde a sí mismo? ¿o qué puede dar uno a cambio de su alma?” (Mt 16:25-26).
La mayoría de las personas creen que la soledad intencional es antisocial, y que la persona sola es muy independiente y por lo tanto está muy llena de sí misma y es egoísta; pero mi experiencia ha sido la contraria. Sumado a las oraciones y prácticas del monacato, la soledad ha sido una herramienta monástica adicional que me permite ser más empática con el mundo, pero sobretodo, lo que he experimentado, por paradójico que parezca, es que me vacía de mí misma.
Como le pasó a nuestro náufrago permanente imaginario, la soledad le exigió dejar atrás la imagen propia que usamos para el mundo, la que nos llena por completo, esa que no podemos construir por nosotros mismos sino que es la que se construye en la mirada del otro y es para la vida en sociedad… cuando tomas distancia social, se desvanece. Así que los solitarios no están llenos de sí mismos, sino más bien vacíos; no son egoístas, sino entregados.
Cualquiera que haya ido a un retiro de silencio ha tenido una probadita de esta experiencia. En el momento que no puedes hablar con el de al lado, de pronto te das cuenta que la mayor parte de tiempo te la pasas formulando lo que vas a decir a los demás. Entonces si eliminas el discurso a los otros, pues queda mucho tiempo para pensar en otra cosa. La soledad lleva a esta misma experiencia, de vaciamiento.
La hermana Lourdes del convento de Armenteira en donde estoy de visita me dijo algo precioso: “si buscas en tu interior, en lo profundo de ti mismo, a quien encuentras es a Dios.” Lo que yo experimento en la soledad es eso: la presencia de Dios; porque ese tiempo solitario no está dedicado a mí, sino a Él. Además, con Él tan participativo, esa identidad pública de la que hablamos, la que no puedo hacer por mí misma sino que se construye por los demás, se ha ido transformando, moldeada por Dios mismo, en su mirada y compañía. La soledad para mí ha sido en resumen un ejercicio de convivencia, pero con Dios, y habría que añadir, una acción ejecutada en forma bastante contamplativa: La solitud ha sido el ejercicio de observar inmóvil y en silencio cómo me transforma la presencia y el amor de Dios.
Sobre la autora:
Sor Stella Maris es una monja ermitaña diocesana de Monterrey y es Familiaris Cisterciense de la abadía de Heiligenkreuz en Austria. Después de trabajar en arte contemporáneo como crítica y curadora casi 30 años, dejó su trabajo en Frieze Art Fair (Londres y N.Y.) y el Museo Tamayo en CDMX en donde dirigía la Fundación (FORT) y se mudó a Alemania del este en 2018 para ser monja. Vivió sola en una granja que convirtió en su ermita por ocho años desde donde ayudó a fundar un nuevo claustro de monjes Cistercienses en Neuzelle.
El nuevo monasterio en construcción fue diseñado por la arquitecta mexicana Tatiana Bilbao. Stella Maris creó y fue dueña de Editorial Celeste asociada con Federico Arreola y después con Jorge Vergara donde editó la revisa Celeste entre muchas otras revistas y libros.
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