Esta pregunta nos ronda la cabeza últimamente, sobre todo desde que Rusia atacó Ucrania. El Kremlin lanza sus amenazas por oleadas —unas veces más estridentes, otras más discretas—: Rusia podría atacar Europa si los europeos se atreven a cruzar determinadas líneas rojas.

Pero ¿qué ocurriría exactamente si lo hiciera?

Por “Europa” entendamos aquí a los miembros europeos de la OTAN, sin Estados Unidos. En otras palabras: los países europeos de la Alianza defendiendo el continente frente a las fuerzas rusas, primero con armas convencionales y, quizá, en última instancia, con armas nucleares.

El desenlace probablemente no sería el que Rusia quiere hacernos creer. Pero la respuesta dista mucho de ser sencilla.

En declaraciones a periodistas al margen de la cumbre de los BRICS celebrada en Nueva Delhi, Vladímir Putin afirmó el viernes que, si los gobiernos europeos envían tropas a Ucrania, eso significaría “una guerra con Rusia”.

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Suena grave, ¿no?

Pero Moscú ya había dicho esencialmente lo mismo. Cuando los países europeos comenzaron a enviar armas a Ucrania, Rusia advirtió que aquello significaría la guerra. Después llegaron los tanques occidentales. Moscú volvió a amenazar. Luego llegaron los misiles de largo alcance. Y, aun así, no ha estallado una guerra directa entre Rusia y Europa.

Quizá Europa simplemente haya tenido suerte. O quizá esté tentando al oso.

Antes de analizar cómo podría desarrollarse una guerra entre Rusia y Europa, debemos plantearnos una pregunta más fundamental: ¿qué significa realmente derrotar a un enemigo?

La respuesta cambia según el bando. La victoria de Rusia y la victoria de Europa no significarían necesariamente lo mismo.

Un factor incómodo son las pérdidas humanas. Probablemente, a las sociedades europeas les resultaría mucho más difícil aceptar bajas militares masivas de lo que Rusia ha estado dispuesta a tolerar históricamente. Rusia ha demostrado en repetidas ocasiones una mayor disposición a absorber pérdidas enormes para alcanzar sus objetivos militares. Esto podría representar una seria desventaja para Europa y es una de las razones por las que el Kremlin agita reiteradamente el espectro de una escalada nuclear.

Sin embargo, Rusia enfrenta un problema fundamental.

Difícilmente podría derrotar a una Europa unida en una guerra convencional prolongada.

Sí podría, en cambio, causar una destrucción catastrófica en ambos bandos.

Al comandante y estratega italiano del siglo XVII, Raimondo Montecuccoli, quien sirvió a la Monarquía de los Habsburgo, se le atribuye haber reducido las necesidades de la guerra a tres cosas: “Dinero, dinero y dinero”.

Europa lo tiene. Rusia, no en la misma medida.

Medida a tipos de cambio nominales, la economía conjunta de los miembros europeos de la OTAN es aproximadamente diez veces mayor que la rusa. En 2025, los países europeos de la Alianza gastaron alrededor de 559 mil millones de dólares en defensa, frente a unos 190 mil millones de Rusia. La capacidad industrial y tecnológica potencial de Europa también es mucho mayor, aunque Rusia conserva actualmente ventajas importantes en determinados tipos de municiones y en producción militar de guerra.

Los miembros europeos de la OTAN reúnen alrededor de dos millones de efectivos en servicio activo si se incluye a Turquía. Rusia cuenta con entre 1.3 y 1.5 millones, dependiendo de si se consideran los efectivos estimados o el objetivo autorizado por el Kremlin. Europa posee, además, una base demográfica mucho mayor y amplias reservas militares, aunque las categorías utilizadas por cada país no son estrictamente comparables.

En materia de armamento, Europa dispone de fuerzas aéreas modernas y muy capaces, tecnologías avanzadas y un enorme potencial industrial.

Después de más de cuatro años, Rusia no ha logrado derrotar a un solo vecino de tamaño mediano. Ucrania ha recibido una ayuda extranjera muy considerable, desde luego, pero aun así representa solo una parte de los recursos económicos e industriales que Europa podría reunir.

Sin embargo, Europa tiene una gran debilidad.

La desunión política.

Alcanzar una decisión política común en la Unión Europea y la OTAN durante una crisis que evoluciona rápidamente puede ser dolorosamente lento. Europa también enfrenta graves carencias de municiones, defensa aérea y determinadas capacidades de proyección de fuerza. Necesitaría tiempo para movilizarse por completo y convertir su enorme potencial económico en poder militar efectivo.

Eso abre una peligrosa ventana de vulnerabilidad.

Supongamos, para efectos del argumento, que Estados Unidos no interviniera —un escenario altamente improbable—. Un ataque convencional ruso repentino, quizá contra los países bálticos, podría alcanzar un rápido éxito local antes de que Europa tuviera tiempo de movilizar toda su fuerza.

Pero eso no significaría necesariamente ganar la guerra.

Una vez que Europa se movilizara por completo y adoptara una economía de guerra, Rusia se enfrentaría a un adversario con recursos económicos e industriales mucho mayores. Esa transformación podría tardar varios años, pero, una vez consumada, el equilibrio sería cada vez más desfavorable para Moscú.

Y los rusos saben que los europeos lo saben.

Tal vez Moscú conserve todavía una enorme baza: las armas nucleares.

Pero Europa también las posee.

Sí, los arsenales nucleares británico y francés —unas 515 ojivas entre ambos— son muchas veces menores que el ruso. Pero, ¿realmente importa esa diferencia si incluso un intercambio nuclear limitado podría causar una destrucción catastrófica para todos los involucrados?

Las armas nucleares no son necesariamente el pasaporte de Rusia hacia la victoria. Quizá sean únicamente un pasaporte hacia la catástrofe mutua.

Así que Rusia continúa hablando. Continúa amenazando. Y el tiempo sigue pasando.

Cada vez más, el tiempo podría jugar a favor de Europa.

Europa ha iniciado por fin un rearme a gran escala. El programa Readiness 2030 pretende movilizar hasta 800 mil millones de euros adicionales para defensa. Su ejecución todavía es lenta y fragmentada, pero, si el proceso continúa, Rusia podría acabar enfrentándose a una Europa mejor armada, mejor preparada y cada vez más capaz de sostener un conflicto convencional prolongado.

Por eso Putin y sus asesores quizá deberían comenzar a pensar en algo de lo que rara vez hablan: una estrategia de salida.

Si Europa completa su rearme, difícilmente las cosas serán más sencillas para Rusia.

Rusia es un oso. Y, como dice el refrán, no hay que meterse con el oso.

Pero ¿qué ocurre cuando el oso se acerca demasiado?

No te metes con él.

Le disparas y lo matas.