Desconocía varios datos perturbadores sobre Picasso. Su primera esposa sufrió sendas golpizas que la dejaron inconsciente en múltiples ocasiones y durante su matrimonio, el famoso pintor conoció a una joven de 17 años de edad con quien se obsesionó. La convenció de ser su amante y se convirtió en un controlador, celoso y posesivo que con sus más de 45 años de vida podía sentirse dueño y propietario de la joven. La agredió de formas extremas, quemando cigarros en su rostro y cuerpo para reafirmar su “propiedad”.

Su segunda esposa cometió suicidio tras nunca poder superar los maltratos de aquel exitoso galán y Pablo Picasso murió con honores el 8 de abril de 1973 en Francia. Habrá quienes piensen que el pintor y escultor fue hijo de su tiempo, que tan solo vivió su tiempo conforme a las normas sociales de la época, que su genialidad artística no puede ser cuestionada y que deberíamos separar al autor de las obras.

El hecho es que en un libro escrito por Marina Picasso llamado Mi abuelo, se describe al genio como un hombre egoísta, un monstruo autoritario, humillante, destructor. Su propia nieta lo nombra como un caníbal que necesitaba carne y sangre humanas. El padre de Marina, Pablo, también cometió suicidio tomando lejía ante un infierno familiar en el que estaba involucrada su madre Olga Khokhlova, abuela de Marina, una hermosa bailarina rusa que terminó su vida a tiros después de protagonizar su propia carrera e inspirar a la pintura también.

Existen autores que han investigado y escrito biografías sobre Picasso describiéndolo también como caníbal... después de escuchar los archivos de Epstein que narran élites comiendo bebés, este tipo de anécdotas dejan de parecer metafóricas o figuradas.

Picasso era un deudor alimentario que mantuvo a su familia en la carencia y en la violencia. Cuando su padre se suicidó, Marina lo encontró y lo acompañó durante un periodo de convalecencia en el hospital.

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Las obras de Picasso se siguen exhibiendo y vendiendo sin anotación alguna sobre su vida, ni siquiera para comprender el contexto o perturbación desde la que pinta.

Ahora, en una renovada era de la moralidad pública, los agresores no son tolerados y las voces de las víctimas tienen mayor peso y mayor reflector que la de los genios autores o creadores.

Las “lolitas” como construcción idílica de una adolescente o puerta provocativa que busca descubrir su naturaleza con un hombre mayor es abiertamente llamado pedofilia y abuso en contra del que se atreva.

No es tolerada ni admitida siquiera la idea de que aquella jovencita de 17 años hubiera seducido al agresivo pintor. De hecho, ni siquiera la romantización literaria de relaciones asimétricas tiene espacio. Se le nombra como “pedófilos” a todos aquellos que incluso buscan en los estereotipos de la extrema delgadez los cuerpos que recuerdan a los de niñas o adolescentes pendientes por desarrollarse.

Se excluye y señala a los que abusan, manipulan y mienten. Si Picasso viviera en nuestra época estaría más cancelado que Christian Nodal y seguramente el gobernante en turno de Francia o España lo habría ya encarcelado. Las víctimas que le hubieran sobrevivido tendrían testimonios cruentos como los de Gisele Pelicot. Lo mínimo que se merecen sus víctimas es tenerlas en mente y nombrarlas. Saber que sus historias están escritas en muchos lugares más profundos que esta columna.

No es incorrecto juzgar a genios que transgreden a la humanidad misma con sus actos, pues mutilar, golpear, casi matar, quemar y torturar jamás ha sido aceptado en occidente.

La barbarie no es relativa y el autor no tiene separación clara de sus obras.

Hay pintura construida sobre el dolor de una familia completa, de decenas de mujeres que fueron amantes del peculiar pintor y donde la gran mayoría eran menores de 19 años de edad. Algunas adolescentes y posiblemente niñas. Culturalmente, han muerto las Lolitas.

No se acepta y de hecho, se critican inclusive las expresiones literarias que plantean este tipo de relaciones aunque sea desde la ficción. No hay lugar para los pedófilos y los hombres prefieren la autocensura antes que defender a un Picasso cualquiera. Los que se atreven la pasan mal. Además de ser exhibidos, son literalmente excluidos. No pueden tampoco intentar ser feministas ni estar en movimientos o marchas aun con protección de otra mujer.

El nuevo lugar al que han sido condenados es a contemplar en privado estas historias, mordiéndose la lengua y enojados... el único lugar moralmente posible en la época en la que matamos el mito de Picasso al tiempo que asesinamos la aspiración a Lolitas.