En tiempos donde la información debería ser un pilar para la democracia, cada vez es más común ver cómo algunos personajes confunden el ejercicio periodístico con el activismo político. El caso de Manuel Pedrero es un ejemplo que ha generado debate en el ámbito mediático, especialmente tras su participación en un espacio de análisis transmitido por Radio Fórmula, donde protagonizó un momento polémico frente a la diputada Tania Larios.
Durante una mesa de debate con el periodista Juan Becerra Acosta, la legisladora priista fue objeto de una confrontación directa por parte de Pedrero. Lo que debió ser un intercambio de argumentos terminó convirtiéndose en un episodio incómodo que incluso provocó la intervención de Sofía Margarita, quien salió en defensa de la diputada y cuestionó el tono y la actitud del conductor de Sin Máscaras. Este tipo de situaciones abren una pregunta necesaria: ¿dónde queda la ética periodística cuando el debate se convierte en ataque?
La polémica se vuelve aún más delicada si se considera que Pedrero ha sido señalado públicamente por una demanda relacionada con violencia en razón de género, un tema que él mismo ha abordado en distintos espacios mediáticos. Cuando alguien con ese contexto decide confrontar a una mujer en un espacio público de debate, la responsabilidad ética debería ser mayor. Sin embargo, lejos de reconocer algún exceso o matizar sus palabras, lo que se percibió fue una postura rígida y sin intención de ofrecer una disculpa pública.
Más allá de un episodio particular, el fondo del asunto apunta a un fenómeno cada vez más visible: la transformación de algunos proyectos mediáticos en plataformas de propaganda política. El medio que dirige Pedrero, Reporteros MX, ha sido señalado por distintos sectores como un espacio claramente alineado con la narrativa del movimiento político de la llamada Cuarta Transformación y del partido Morena. En ese contexto, la crítica y el análisis suelen dirigirse casi exclusivamente contra la oposición, lo que pone en entredicho la pluralidad que debería caracterizar al periodismo.
La libertad de expresión es un derecho fundamental y nadie puede ni debe limitarla. Pero también es cierto que el periodismo exige responsabilidad, equilibrio y, sobre todo, ética. Cuando un comunicador sustituye el análisis por el ataque y la información por la militancia, deja de ejercer periodismo para convertirse en un actor político más. Y en un país donde la credibilidad de los medios ya enfrenta una profunda crisis, episodios como este solo contribuyen a erosionar aún más la confianza del público.
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