El reporte de la OCDE advierte que el PIB per cápita de México crece menos que en Asia y Latinoamérica. Recomienda inversión, gasto público eficiente, energías limpias, educación, regulación y digitalización. Sin embargo, lo que se lee como simples recomendaciones, va mucho más allá, ya que plantea políticas contrarias a las impulsadas por la 4T.
La advertencia no solo es incómoda; es demoledora. Mientras otras regiones convierten crecimiento en bienestar, México avanza con una lentitud exasperante. Y lo más preocupante es que corregirlo no parece ser una prioridad.
Crecimiento sin bienestar
El problema no es solamente cuánto crece la economía, sino cómo se distribuye o cómo se concentra. Lejos de revertirse, la desigualdad sigue siendo estructural y, pese al discurso de “primero los pobres”, amplios sectores siguen excluidos.
Sin crecimiento sólido, la narrativa redistributiva se queda más en aspiración que en resultados.
Datos de Forbes y Bloomberg muestran que la riqueza de los multimillonarios mexicanos creció de forma acelerada entre 2018 y 2024. Carlos Slim incrementó aproximadamente el 129% su fortuna, Germán Larrea el 48% y Alejandro Baillères más del 85 por ciento.
En contraste, el crecimiento económico se ha mantenido menor al 1%, mientras el PIB per cápita se encuentra prácticamente estancado desde antes de la pandemia.
Este indicador, que se había mantenido por arriba del 1%, con López Obrador cayó a -0.5% y, en la actual administración, permanece sin dinamismo.
Rezago
El atraso frente a América Latina es evidente. El ingreso per cápita mexicano ronda los 10 mil a 11mil 500 dólares anuales y se ubica por debajo de países como Uruguay, Chile y Panamá, e incluso ha sido alcanzado por economías más pequeñas como Costa Rica y Colombia, que se acercan rápidamente. Lo que antes era ventaja para México, hoy demuestra claramente la pérdida de posición relativa.
Lejos de lo que asegura el discurso oficialista, el repunte en pobreza extrema refleja que las políticas sociales, aunque expansivas en cobertura, no están logrando transformar las condiciones reales de estos segmentos de la población: falta de acceso a salud, educación deficiente y baja movilidad social.
Las transferencias en efectivo actúan como paliativos frente a políticas sociales deficientes y falta de servicios públicos de calidad.
La OCDE ha sido clara: más inversión, mejor gasto, educación de calidad, simplificación regulatoria y digitalización. No es ideología, es pragmatismo. Sin embargo, el rumbo reciente del país parece ir en sentido contrario.
Un modelo que no corrige
El fracaso en infraestructura es evidente: los proyectos emblemáticos han absorbido recursos del erario sin generar efectos multiplicadores, mientras sectores como salud y transporte siguen rezagados.
En servicios públicos, el panorama es similar, los sistemas de salud saturados, educación con brechas cada vez más profundas y una digitalización incompleta. El problema no es solo cuánto se gasta, sino cómo y en qué.
A esto se suma una política energética que privilegia esquemas tradicionales, caros y contaminantes sobre energías limpias, limitando inversión y competitividad en un mundo que avanza en sentido opuesto.
El resultado es un país que crece poco, distribuye mal y se moderniza menos de lo que necesita. La advertencia de la OCDE no es intromisión, es un espejo incómodo. En economía, como en política, el verdadero riesgo no es la crítica, sino ignorarla.
X: @diaz_manuel




