Nuestra transición democrática ha sido, por decir lo menos, tortuosa, por no decir que un rotundo fiasco. De 1997 (primeras elecciones luego de las osadas e imprudentes reformas de 1996) al 2018, el país dio tumbos, con la pérdida de la paz social incluida y de cualquier noción de justicia que antes hayamos tenido. Un 99% de impunidad en los delitos debería ser razón suficiente para que los impulsores de “una democracia sin adjetivos” se callen y pidan perdón al pueblo de México, dada la serie de pestes que trajeron consigo sus ideas quiméricas, que, sentados en una oficina lujosa, leyéndolas y escribiéndolas en mullidos salones de finas pieles, suenan hasta a poesía, pero que, más que alejadas de la realidad del México profundo, no fueron sino la receta perfecta para el desorden, la desigualdad obscena, un federalismo atrofiado y una violencia orgiástica.

No fue sino hasta 2018 que el péndulo político se destrabó de los dogmas neoliberales, lo que hubiese ocurrido mucho antes con nuestro anterior sistema, que, se diga lo que se diga, funcionó por más de siete décadas y que, sin él, no se entendería (porque no existiría) el México de hoy. De hecho, ese péndulo nunca habría llegado tan lejos ni se habría atorado si Salinas no se equivoca al dejar fuera a Camacho Solís de la sucesión de 1994; ese es el peor error presidencial en la historia de México, así, sin más. Incluso, de haberse mantenido ese sistema, con reformas, sí, pero graduales (como la de Reyes Heroles/JLP de 1977), un Andrés Manuel López Obrador y su gente muy posiblemente habrían llegado a la presidencia por medio del anterior partido hegemónico, el tricolor.

Hoy, si no reconocemos que se accede a los cargos de “elección popular” por medio de quien más dinero (a veces, entre más sucio su origen, mejor) pone sobre la mesa, estamos cegados ante la triste realidad. Y de ahí se desprende una de las enormes ventajas del anterior sistema, que, si bien en no pocos aspectos lo vemos de vuelta, hay barbaridades que no tienen reversa posible. Esa ventaja es que el PRI viejo era, en los hechos, una secretaría de Estado más: la Secretaría Electoral, en la cual estaban representados todos los sectores, desde los grandes empresarios hasta los más modestos campesinos, y al elegir candidatos se les tomaba en cuenta a todos. El ya finado banquero Carlos Abedrop le llamaba un sistema de “ponderación nacional” en el caso de elegir sucesor a la Presidencia de la República, y es que eso era, lo cual garantizaba un sano movimiento del péndulo político, siempre, por cierto, no tan alejado de un sensato centro del espectro político.

Y, a propósito de recientes y disparatadas ideas y propuestas en el tema electoral en México, en cuanto a que solo puedan votar quienes tengan cierto nivel académico hacia arriba, los jefes de familia y algunos otros disparates, el anterior sistema garantizaba un voto universal, sí, pero tutelado, le he dado en llamar; tutelado, mal que bien, por los entes de representación popular hacia dentro del partido (la “Secretaría Electoral” de Estado). Hoy, en cambio, son los señores sin escrúpulos del dinero quienes, al final del día, deciden en lo electoral, y estos (al no ser parte del Estado ni de lo público) nunca lo harán pensando en el bien general, sino fundamentalmente en el beneficio personal y sin límite en sus mentes enfermas de codicia.

El voto tutelado no creo que vuelva, al menos a niveles locales (estados y municipios), ya que Vicente Fox les dio todo e incluso más de lo que le pidieron a manera de chantaje, luego de mostrar su miedo con aquella frase de “Tengo ñáñaras”. Pero sí, a nivel de la Presidencia de la República, es más que factible que el sistema del voto tutelado, con su respectiva gira nacional (campaña) para que el ungido tome el pulso al país, esté ya de vuelta y no existan más Salinas Pliego ni otros particulares que se crean por encima del Estado. En ese sentido, y en otros no pocos, como la eliminación de las fantasías de un sinfín de “órganos autónomos” y otras taras que trajo una transición forzada, pensada y diseñada no por políticos y hombres de Estado, sino por tecnócratas alejados de la economía y de los problemas del ciudadano de a pie, que (como los antiguos comunistas) creyeron a pie juntillas que algunas teorías plasmadas en los libros eran posibles en medio de la idiosincrasia mexicana, cual hermosa y onírica poesía se tratase.