“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.”
George Orwell
“Everybody knows the fight was fixed, the poor stay poor, the rich get rich.”
Leonard Cohen
¿Hasta dónde se soporta el abuso de las autoridades? ¿Hasta dónde se normaliza el cinismo de predicar austeridad mientras se viaja en primera clase? La respuesta, al parecer, es simple: hasta donde la liga aguante.
Fernández Noroña no comete un error. Aplica un método. Estira la liga. La estira con viajes, con desplantes, con privilegios, con gritos, con incongruencias cada vez más visibles. Y cuando hay reacción social, recula apenas un centímetro. Lo suficiente para —acto seguido— seguir. Para probar que puede un poco más. Para confirmar que no pasa nada.
Viajar a Europa en clase turista, dijo, es “un sacrificio”. Quizá por eso decidió regresar en Premier ONE, asiento-cama incluido, con boletos que pueden alcanzar los cien mil pesos. Austeridad versión ejecutiva. Revolución con servicio de champagne.
La imagen no la tomó un medio, no la produjo el poder, no fue un comunicado ni una filtración interesada. La tomó —todo indica— un pasajero cualquiera. Alguien sin cargo, sin tribuna, sin mañanera. Y quizá por eso incomoda tanto. (No hay autor identificado, no hay crédito oficial, no hay control del relato. Solo una escena doméstica del privilegio: el poder durmiendo plácidamente mientras el discurso sigue en clase turista).
Pero el problema —como siempre— no es el lujo (o no solo es el lujo). El problema no es que le guste lo bueno. El problema es el abuso consciente de un discurso que ya no se cree ni él mismo. El problema es seguir vendiendo pobreza simbólica mientras se vive como aquello que dice combatir.
A Noroña no le incomoda el privilegio. Le incomoda que lo exhiban. Que lo graben. Que haya fotos, videos, testigos. Que su falso e hipócrita relato se fracture. No le molesta la incongruencia; le molesta que la evidencia suba a la superficie.
Y no, no le importan los llamados de la presidenta a la “justa medianía”. Porque esos llamados no pesan nada. Hacia dentro del movimiento, Claudia Sheinbaum no manda. No quiere o no puede —eso ya es irrelevante—, pero no pone en cintura a los suyos. Y cuando el poder no corrige a los propios, el abuso se vuelve norma.
Por eso Noroña sigue. Porque puede. Porque nadie lo frena. Porque el sistema de partidos, los contrapesos institucionales y los mecanismos formales de sanción están, en los hechos, muertos.
Aquí conviene decirlo con claridad: Noroña no sufre acoso. No confundamos. Acoso es el que viven las mujeres violentadas, hostigadas, perseguidas. Exigir congruencia a un representante público no es acoso. Es lo mínimo que se espera de un país que no sea bananero. Que el representante aguante el peso de su cargo. Un centavo, siquiera, de coherencia.
Lo que sí empieza a asomar —y eso es lo que realmente le inquieta al senador— es otra cosa: el desprecio social. La señalización pública. La rechifla. La pregunta incómoda: ¿qué se siente ser un apestado?.
Ser ese personaje que en cualquier sala VIP, en Roma o en Nueva York, no representa al país sino a la caricatura del cinismo. Ser el político que porta la pañoleta palestina mientras duerme en cama reclinable y vive mejor que los “fifís” que tanto denuesta. Ser el vecino incómodo —apestado— en Tepoztlán, pues su casa no cuadra con su sueldo ni con sus explicaciones.
La liga se estira así: abuso, silencio; abuso mayor, incomodidad; abuso todavía mayor, un regaño tibio; y de nuevo abuso. Cada tirón deja al personaje un poco más poderoso, un poco más cínico, un poco más intocable.
Hasta que se rompe.
Y cuando se rompe, no lo hace por las instituciones —esas ya no están— ni por los partidos —esos ya no corrigen— ni por los discursos presidenciales —esos ya no mandan—. Se rompe por el oprobio. Por el desprecio —organizado a veces; espontáneo otras— de una sociedad que decide que eso no es chistoso. Que no es aplaudible.
No es casual que regímenes enteros caigan no por partidos sino por hartazgo. Irán lo está mostrando hoy por hoy: no es una estructura, es la gente. La fatiga moral acumulada.
Por eso, la herramienta más eficaz que le queda a la ciudadanía no es el voto ni el sermón. Es la señalización. Es el marcaje personal. Es convertir el abuso en vergüenza pública. Es hacer socialmente INVIVIBLE la hipocresía, el robo, la corrupción, el descaro.
Y eso, aclaro, no es acoso. Eso es rendición de cuentas ‘al estilo social’ en un sistema donde la rendición formal dejó de existir.
Noroña sigue estirando la liga.
La pregunta no es si se va a romper.
La pregunta es cuánto más estamos dispuestos a permitir que la siga estirando.


