“Cuando la verdad pierde su valor público, la lealtad ocupa su lugar”.
Jeanne Hersch
“El poder no teme a la mentira; teme al espejo”.
Elias Canetti
Hay que reconocerlo: pocas mentes han llevado la lógica a un nivel tan sofisticado como la presidenta. Su argumento pasará a los anales de la filosofía política mexicana: “No lo he leído ni lo voy a leer porque la crítica y la autocrítica siempre son importantes…”. Traducción simultánea: la crítica es fundamental… siempre y cuando no incomode, no descoloque y, sobre todo, no se imprima en un libro.
El libro en cuestión es de Julio Scherer Ibarra, exconsejero jurídico del lopezobradorismo, miembro fundador del círculo íntimo, protagonista de intrigas palaciegas, hoy convertido en narrador de las miserias internas del movimiento. No es un opositor rabioso. No es un editorialista de derecha. Es un ex insider. Y justo por eso duele más.
Pero la presidenta ha decidido que no leerlo es un acto de congruencia revolucionaria. Porque —nos explica— ella no está aquí por el poder, sino porque el pueblo la puso. Y cuando el pueblo te pone, al parecer, te exime de leer lo que no te gusta. Es una innovación epistemológica: la verdad se determina por lealtad, no por evidencias.
Mientras tanto, las reacciones se multiplican. Alfonso Durazo pide aclaraciones por alusiones en el libro. Scherer responde. Se cruzan versiones. Aparecen referencias al “rey del huachicol”, pero no son relacionadas al hoy gobernador dice el abogado.
Es la misma lógica que hemos visto en otros episodios: cuando algo incomoda, se desacredita al mensajero. La jefa del Ejecutivo ha optado por el método científico de la 4T: si no se lee, no existe. Al mensajero, que fue parte del equipo del régimen anterior, se le acusa de traición. No de mentir, que conste, sino de traición. Cuando el libro sale de la entraña del movimiento, se invoca la unidad histórica. Y cuando todo falla, se recurre al conjuro favorito: “somos un movimiento de transformación”.
Movimiento que transforma todo… menos su propia resistencia a la autocrítica.
La ironía es brutal. Durante años, el discurso oficial ha acusado a la “prensa conservadora” de manipular, mentir, tergiversar. Ahora que un exmiembro del núcleo duro escribe sus memorias, la respuesta presidencial no es desmentir con datos ni confrontar con argumentos ni matizar versiones. Es más simple: no lo voy a leer. No vaya a ser que la lectura contamine la pureza ideológica.
Lo fascinante es el razonamiento circular: la crítica es válida, siempre; pero hay que ser consecuente con el movimiento; y ser consecuente implica no alimentar narrativas que dañen al movimiento; por tanto, lo congruente es no leer la crítica. Autocrítica sí, pero en privado, en silencio y, de preferencia, inexistente. Un manual perfecto para la democracia ornamental.
En cualquier democracia madura, un libro incómodo escrito por un ex-alto funcionario generaría debate público, revisión interna, quizá comparecencias, tal vez explicaciones. Aquí genera un acto de abstinencia literaria desde Palacio Nacional. Y una lección involuntaria: el poder que presume legitimidad popular puede volverse alérgico al espejo.
Porque el problema no es Scherer. Ni ningún otro actor político. El problema es la fragilidad frente a la disidencia interna. Cuando el movimiento necesita blindarse incluso de sus exmiembros, lo que está en juego no es la reputación de uno u otro personaje, sino la narrativa completa.
Ahora bien, hagamos un ejercicio de especulación informada. Porque si algo deja claro el libro de Scherer es que esto no es una disputa cualquiera. No estamos hablando de un adversario externo, sino de alguien que conoció la cocina del poder, que fue llamado “hermano”, que acompañó campañas, que defendió jurídicamente a figuras clave —incluida la propia Claudia en el episodio Ímaz — y que estuvo en la mesa donde se diseñaron decisiones estratégicas.
Entonces, ¿por qué no leerlo?
Primer trascendido posible: porque leerlo obligaría a reconocer que las tensiones internas sí existieron. Que hubo diferencias reales en la pandemia entre la jefa de Gobierno y el manejo federal. Que hubo disputas por investigaciones incómodas, como la de los ventiladores y la salida de Irma Eréndira Sandoval. Que el relato monolítico de unidad histórica es, en realidad, una suma de fracturas contenidas.
Segundo trascendido: porque el libro no solo exhibe conflictos, sino que muestra algo más delicado: la lógica interna del poder. Scherer describe un sistema donde la lealtad pesa más que la técnica, donde las decisiones pasan por círculos de confianza, donde el silencio presidencial puede ser tan elocuente como una declaración pública. Leerlo sería admitir que la transformación también tuvo intrigas, presiones y abandonos selectivos.
Tercer trascendido: porque hay memoria personal de por medio. Scherer no es un comentarista externo. Es alguien que defendió al entonces esposo de la presidenta, que frecuentó su círculo íntimo, que fue parte del entramado afectivo del movimiento. Y cuando la crítica proviene de alguien que estuvo adentro, no se puede descalificar tan fácilmente como “conservador”. El silencio se vuelve más rentable que la confrontación.
Cuarto trascendido —quizá el más incómodo—: porque el libro sugiere que en el momento decisivo, cuando el fiscal avanzaba y el escándalo crecía, el presidente en esos momentos eligió respaldar al fiscal en público y no a su consejero jurídico. Ese episodio habla de cómo opera el poder cuando debe escoger entre preservar estructura o preservar amistad. Leerlo sería abrir la puerta a la pregunta inevitable: ¿qué pasa cuando la lealtad deja de ser recíproca?
Y finalmente, un trascendido más político que personal: la presidenta necesita blindar la narrativa de continuidad. Su legitimidad descansa en la idea de cohesión histórica, no de fractura. Admitir que uno de los hombres más cercanos al fundador escribe un libro donde se detallan tensiones, presiones, investigaciones cruzadas y silencios estratégicos, podría abrir grietas en el relato de armonía sucesoria.
Así que no leer no es ignorancia. Es estrategia. Es una forma de decir: el texto no existe si no lo legitimo.
Es la política del párpado cerrado.
La 4T prometió ser distinta. Prometió no repetir los vicios del pasado. Prometió apertura, honestidad, transformación moral. Y hoy su presidenta inaugura una nueva escuela de pensamiento: la crítica es indispensable… siempre que no se lea.
De una lógica impecable, sí.
Impecable como un círculo perfecto: empieza en la autocrítica y termina en la censura voluntaria.
Giro de la Perinola
Y, sin embargo…
Mientras la lógica presidencial hace malabares con la coherencia, la herramienta que la proyecta —La Mañanera— sigue gozando de buena salud demoscópica. Según la encuesta de MetricsMx publicada ayer por SDP, el 57.3% respalda que continúe. El 42.1% quiere que siga igualita, sin moverle una coma. Y un 15.2% pide más cuestionamientos —lo cual, admitámoslo, suena casi subversivo dentro del formato de esas conferencias de prensa—.
Es decir: aunque la presidenta decida no leer libros incómodos, el país sí está leyendo —o al menos viendo— su conferencia matutina. ¿Será?…
Ahora bien, vayamos despacio, que aquí también hay lógica impecable:
La encuesta fue telefónica, con robot, aplicada a 900 personas en un solo día, con margen de error de +/- 3.27%. Nada irregular. Nada fuera de estándar. Pero el dato estrella —57.3%— convive con otro que no suele ir en el encabezado: 36.1% se opone al formato y un 24.5% dice no tener ningún interés. Así que lo que tenemos NO es precisamente unanimidad revolucionaria, ¿verdad?
Más aún: 42.1% quiere que siga “exactamente igual”. Exactamente igual. Con reglamento que limita preguntas a cinco minutos. Con máximo tres temas. Con primera fila administrada. Con narrativa centralizada. Exactamente igual.
La pregunta incómoda es otra: ¿qué está midiendo realmente la encuesta? ¿Respaldo al derecho de la presidenta a comunicar? ¿O respaldo a un ritual político que ya forma parte del paisaje cotidiano? Porque una cosa es defender la existencia de La Mañanera y otra muy distinta es creer que ahí florece la autocrítica que ella misma invoca.
El instrumento sigue siendo popular. Sí. Y ahí está el verdadero blindaje. No el argumento circular sobre la crítica, sino la eficacia del micrófono diario. La Mañanera no es solo conferencia: es agenda, encuadre, narrativa y, sobre todo, repetición. Y la repetición es una forma poderosa de pedagogía política.
He ahí el blanco.
La incongruencia puede ser evidente para quien quiera verla. Pero mientras el formato conserve legitimidad mayoritaria —aunque sea relativa, aunque sea matizada, aunque un tercio del país la rechace— el costo político de no leer libros incómodos será bajo.
Porque en política no basta con tener lógica. Basta con tener audiencia.
Y hoy, guste o no, la presidenta puede no leer a Scherer… pero el país sigue escuchándola a ella todas las mañanas.



