Tras meses de amenazas, Estados Unidos parece haber abandonado —por ahora— la idea de incorporar Groenlandia a su territorio. En su lugar, Washington, Copenhague y Nuuk han anunciado un acuerdo que permitiría ampliar la presencia militar estadounidense en la isla.

Conviene no adelantarse demasiado: el acuerdo todavía no se ha firmado, requiere aprobación parlamentaria y su texto completo no se ha publicado. Dinamarca y el Gobierno de Groenlandia aseguran que preservará la soberanía danesa y el derecho de los groenlandeses a decidir su futuro. Trump, con su modestia habitual, afirma que concede a Estados Unidos el control permanente sobre la seguridad de la isla.

Según la información disponible, el acuerdo impediría que potencias ajenas a la OTAN —particularmente Rusia y China— establezcan bases militares en Groenlandia. También crearía mecanismos para bloquear determinadas inversiones en sectores considerados estratégicos.

Entonces, ¿a qué se debe tanto alboroto?

Al parecer, Groenlandia se ha salvado.

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¿De qué, exactamente? ¿De Rusia? ¿De China? ¿De una invasión marciana?

Cuando el texto se publique y el acuerdo sea firmado, todos podremos admirar con mayor precisión la magnitud del logro histórico.

Sin embargo, existe un pequeño problema con esta magnífica victoria diplomática: nadie estaba a punto de instalar una base rusa o china en Groenlandia.

Dinamarca es miembro de la OTAN. Y los países de la OTAN no suelen entregar partes de su territorio a Rusia o China para que establezcan instalaciones militares. Es uno de esos pequeños detalles que vienen incluidos con la membresía.

Además, Estados Unidos ya dispone desde 1951 de amplios derechos para operar militarmente en Groenlandia y mantiene allí la base espacial de Pituffik. Washington no estaba precisamente excluido de la isla esperando que alguien le abriera la puerta.

Eso no significa que todo sea imaginario. Rusia ha incrementado su actividad militar en el Ártico y China mantiene intereses económicos y estratégicos en la región. Impedir inversiones hostiles en sectores sensibles tampoco carece por completo de importancia.

Pero una inversión china y una base militar china no son lo mismo. Una amenaza estratégica a largo plazo tampoco equivale a una invasión inminente.

Así que felicidades a todos: se ha impedido que Rusia haga algo que Dinamarca no pensaba permitirle. Se ha detenido a China antes de que pudiera instalar una base que tampoco tenía posibilidades realistas de obtener. Y Washington ha salvado a Groenlandia de un peligro que, al menos en su versión más espectacular, existía principalmente en la imaginación de quienes lo anunciaban.

Pero sí hay un ganador. Donald Trump.

Y aquí es donde la historia se vuelve bastante entretenida.

Fue el propio Trump quien convirtió Groenlandia en un culebrón geopolítico. Habló de apropiarse de un territorio danés, ofendió a sus habitantes y trató principios consolidados del derecho internacional como si fueran los términos y condiciones de una reserva de hotel.

Ahora, después de haber creado la crisis, puede anunciar orgullosamente que la crisis ha sido resuelta.

¡Vaya acuerdo!

Es alquimia política en su máxima expresión: se fabrica el problema, se exige una solución, se anuncia un acuerdo y finalmente se declara la victoria.

Y con las elecciones intermedias de Estados Unidos a la vuelta de la esquina, ¿qué podría resultar más útil?

Lo mejor es que Trump ni siquiera necesita explicar qué se consiguió realmente. Basta con el titular: Trump resuelve el problema de Groenlandia.

No importa que Groenlandia continúe exactamente donde estaba.

No importa que Rusia no estuviera instalándose allí.

No importa que China tampoco estuviera desplegando tropas.

No importa que Dinamarca no tuviera intención de invitar a ninguno de los dos.

Lo importante es que el presidente ha vuelto a derrotar a un enemigo; esta vez, aparentemente, a uno que ni siquiera estaba atacando.

La diplomacia nunca se había parecido tanto a un programa de telerrealidad.

Y cuando Irán y la economía producen titulares bastante menos convenientes, una victoria diplomática clara, bonita y prácticamente gratuita puede resultar muy oportuna.

¿Mucho ruido y pocas nueces?

Quizá.

Pero si algo ha demostrado Trump repetidamente es que la nada puede convertirse en algo espectacular, siempre que la victoria se anuncie con suficiente estruendo.

Por eso mi mensaje para los lectores mexicanos es sencillo: aprendan de este episodio y tengan cuidado.

¿Puede Trump crear un conflicto con México o tomar un problema existente e inflarlo hasta convertirlo en algo mucho más grande? Por supuesto.

Y si la historia sirve de indicio, crear o exagerar el problema será apenas el primer paso. El segundo consistirá en presentarse como el único hombre capaz de resolverlo.

Por eso el gobierno mexicano debe combatir a los cárteles con firmeza y eficacia. No porque Washington lo exija, sino porque México no debe proporcionar a Trump un pretexto —real o fabricado— para involucrar más profundamente a Estados Unidos en su seguridad interna.

Ese pretexto no concedería automáticamente a Washington el derecho jurídico de intervenir militarmente. Pero podría servir para aumentar la presión, alterar la relación bilateral y normalizar una discusión que México no debería permitir que otros definieran.

Y esto nos devuelve a Shakespeare.

Mucho ruido y pocas nueces es, entre otras cosas, una obra sobre la facilidad con la que las personas creen cosas falsas o interpretan equivocadamente aquello que piensan haber visto y oído.

En el título inglés existe, según una lectura tradicional, un juego entre nothing y noting, palabras que resultaban muy próximas al oído en el inglés de la época. Noting aludía a observar, escuchar o prestar atención.

Un pequeño malentendido puede transformarse en un gran drama. Una impresión falsa puede producir primero una comedia y, poco después, algo mucho más oscuro.

Quizá por eso la obra conserva una vigencia tan incómoda.

Porque así parece gobernarse cada vez más el mundo: hombres poderosos crean narrativas, amplifican agravios, fabrican crisis —o convierten problemas pequeños en amenazas enormes— y después se presentan como los únicos capaces de resolverlas.

Trump. Putin. Y, lamentablemente, otros que han descubierto el mismo truco.

La tragedia es que, a diferencia de los personajes de Shakespeare, nosotros no podemos abandonar el teatro cuando termina la comedia.