El próximo domingo, distintas organizaciones han convocado a una Marcha Ciudadana por los Derechos de los Animales. Esta movilización debe ser entendida como una respuesta popular, genuina y profunda, a algunas de las necesidades insatisfechas más urgentes de la sociedad mexicana: necesidades de justicia, seguridad, empatía y paz.
México ocupa el tercer lugar mundial en maltrato animal. Se ha comprobado que el maltrato animal es una violencia que delata la capacidad para otras violencias; es decir, que los actos de crueldad hacia los animales no son comportamientos aislados, que comienzan y terminan con el sufrimiento innecesario, deliberadamente infligido por un ser humano sobre otro ser vivo. La realidad indica que, si nos interesa reducir los índices de violencia en nuestro país, debe interesarnos la forma en que los mexicanos y las mexicanas tratamos a los animales.
La sociología y la psicología social nos ofrecen evidencia sobrada acerca de la conexión que existe entre el maltrato animal y otras violencias. En Estados Unidos, por ejemplo, se ha comprobado que existe una correlación entre la crueldad hacia los animales y las masacres escolares. Como resultado, se ha puesto especial atención a ese tipo de crímenes en los protocolos policiacos, tomándolos como señales críticas para la intervención temprana. Sabemos, en México, que hay una correlación entre el maltrato animal y la violencia hacia las mujeres. Se ha constatado que, en más del 70% de los casos de mujeres violentadas por su pareja, el agresor antes maltrató o mató a sus animales de compañía.
En últimas fechas, se han difundido dos casos mexicanos de maltrato animal, que rebasan los límites de lo psicológicamente tolerable. La amplísima difusión de estos casos, con imágenes, audio y video incluidos, nos convierten en testigos vulnerables al trauma vicario. Si los hechos han sido crueles, la forma de difundirlos también lo ha sido. La exposición a esta clase de información puede resultar en el desarrollo de memorias traumáticas. Tal como lo ha señalado la antropóloga Rita Segato, así es como se aprende la crueldad.
A falta de una Ley de Salud Psicosocial que regule adecuadamente la difusión de hechos violentos en nuestro país, es la ciudadanía quien debe proteger su propia salud emocional. Somos tú yo, quienes debemos elegir cuidadosamente en qué medida y de qué manera nos exponemos a los relatos de las violencias.
Una forma de protegernos contra el trauma vicario es equilibrar conscientemente la información a la cual nos exponemos. Es importante que no nos falten las noticias que, en lugar de hacernos sentir impotentes, nos hagan sentir que tenemos agencia en el mundo.
En contraste con la información reciente sobre casos de crueldad animal, el pasado 2 de marzo ocurrió algo para celebrar y analizar: México pasó a ocupar un puesto de liderazgo en la vanguardia jurídica latinoamericana, reconociendo legalmente a la familia multiespecie.
El precedente quedó sentado, cuando la Magistrada Paula García Villegas Sánchez Cordero incluyó los términos “familia multiespecie” y “familia interespecie” en la resolución de un amparo. Allí, la Magistrada argumentó que la Suprema Corte de la Nación reconoce y protege las distintas formas de organización familiar presentes en la sociedad mexicana, y añadió: “...la realidad actual es que los animales domésticos han pasado a ser en algunos senos familiares, parte de los miembros de la familia”. Según la Magistrada, la clasificación de familia multiespecie describe la “clara relación de apego recíproca entre las personas y los animales domésticos [...] porque se les trata como parte de la familia”.
La familia multiespecie, al igual que cualquier otro tipo de familia, es una unidad emocional con implicaciones sociales, políticas, jurídicas, económicas y también psicológicas. Los miembros de una familia multiespecie tejen relaciones de mutuo reconocimiento, donde los animales de compañía participan en las dinámicas grupales. Los animales de otras especies, con quienes cohabitamos, nos brindan atención, compañía y apoyo emocional. A cambio, los seres humanos tomamos decisiones alrededor de sus necesidades, que van desde cuándo tener hijos humanos y cuántos, dónde vivir, cuánto tiempo pasar fuera de casa, cómo administrar nuestras finanzas, tiempo y energía, para poder proveernos y proveerles de una vida saludable y plena.
Es interesante reflexionar acerca del reconocimiento de la familia multiespecie en México, desde una perspectiva más amplia y compleja. Una mirada semejante es la que propone el filósofo eco-fenomenólogo, David Abram (1957), quien popularizó la frase more- than- human, “más-que-humano”, para describir una realidad donde coexisten incontables seres vivos, además de las sociedades humanas, en interdependencia, sobre un mismo planeta. Visto así, el planeta Tierra es nuestra co-morada.
Sabernos co-habitantes de un mismo planeta, junto con otras especies, puede movilizarnos creativamente contra la violencia. Manifestarnos a favor de los derechos de los animales puede ayudarnos a barrer las sombras de la impotencia y el trauma. Reconocernos en este punto del espacio-tiempo, como parte de un mundo más-que-humano, puede ser la única medicina para restablecer la salud planetaria.
Mientras tanto y para entonces, yo ya tengo mi bloqueador solar y mi sombrero para salir a marchar el domingo.





