No hubo transición: hubo negociación. Maduro sale, el chavismo permanece y el poder se recicla bajo nuevas reglas.

La detención de Nicolás Maduro produjo una ilusión breve pero poderosa: la idea de que Venezuela había entrado, por fin, en una nueva etapa. Bastaron unos días para disiparla. El régimen no colapsó, el Estado no se reconfiguró y el miedo no desapareció. Lo que cayó fue un hombre. El poder, en cambio, sigue ahí.

Maduro compareció ante el tribunal sin arrepentimiento ni gesto de derrota. Se proclamó presidente, se declaró no culpable, se asumió como prisionero de guerra y denunció una agresión extranjera. No habló como un exmandatario caído, sino como alguien que aún se sabe parte de una estructura que lo sostiene. Ese tono no fue casual: fue un mensaje político.

Mientras el mundo miraba hacia Nueva York, en Caracas no se produjo ningún vacío. Delcy Rodríguez se empoderó con rapidez quirúrgica. Removió y encarceló al jefe de seguridad personal de Maduro, lo acusó de complicidad, nombró a un relevo de su absoluta confianza y dejó claro quién manda ahora. No fue una reacción improvisada: fue una toma de control.

Delcy y su hermano Jorge emergen hoy como los verdaderos todopoderosos. No como figuras transitorias, sino como administradores de continuidad. La narrativa de “gobierno colegiado” o de “encargos temporales” se derrumba al observar quiénes son los supuestos designados para gobernar: altos funcionarios que, por definición, no pueden ni pretenden gobernar un país. Esa figura no es gestión real; es retórica de poder.

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El general encargado de la seguridad cayó. Otros, simplemente, desaparecieron del radar. ¿Dónde está Diosdado Cabello? ¿Dónde está el general Padrino López? El silencio sobre ellos no es menor: indica repliegue, no derrota. El aparato militar no se fracturó; se acomodó. Garantizó continuidad, contención y orden interno.

Las calles lo confirman. No hay liberación. Hay vigilancia. Las celebraciones son reprimidas, los manifestantes arrestados y la protesta tratada como amenaza. Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿qué celebran los venezolanos si todo sigue prácticamente igual?

Estados Unidos optó por una estrategia quirúrgica. El proceso contra Maduro es personal, no estructural. Narcotráfico, conspiración, delitos individuales. Y, de pronto, los cargos se ajustan, se reducen, se vuelven administrables. El señalamiento como jefe de una red criminal sistémica se diluye. El símbolo se sacrifica; el sistema se preserva.

Eso no es torpeza. Es diseño.

Trump no buscó una transición democrática. Buscó un resultado: quitar a Maduro, volver negociable al poder y evitar el colapso. Petróleo, estabilidad regional y control del riesgo. Nada más. La democracia quedó fuera de la ecuación.

Por eso la oposición real fue marginada. María Corina Machado y Edmundo González Urrutia no estorban, pero tampoco cuentan. No son reprimidos frontalmente ni incorporados al nuevo esquema. Son neutralizados por irrelevancia inducida. Una oposición con legitimidad popular es peligrosa para cualquier negociación que no incluya justicia ni ruptura.

Y en medio de todo, una ausencia grita más que cualquier discurso.

¿Dónde está Cilia Flores?

No hay imágenes. No hay audiencia. No hay proceso público. No hay versión oficial. No se sabe su estatus jurídico ni su paradero. Y eso no es un descuido: es una decisión.

No se trata de atacar a una persona ni de construir culpabilidades mediáticas. Se trata de coherencia. Porque si se afirma que esto es justicia, entonces el silencio selectivo también debe explicarse. El derecho protege el privilegio conyugal, sí. Nadie puede ser obligado a declarar contra su pareja. Pero una cosa es respetar garantías legales y otra muy distinta es borrar del mapa a una figura que durante años fue señalada —con razón o sin ella— como parte central de la operación política y judicial del régimen.

Maduro fue el rostro.

Cilia, para muchos, fue la estructura.

Y cuando el símbolo es exhibido y la estructura es ocultada, lo que ocurre no es una depuración del poder, sino su reacomodo.

Maduro cayó no para liberar a Venezuela, sino para volver gobernable al régimen, negociable al Estado y presentable al autoritarismo.

Trump gana influencia, petróleo y relato.

Delcy consolida poder sin rendir cuentas.

El chavismo sobrevive sin su lastre.

La oposición queda marginada.

Y el pueblo… sigue igual, solo más confundido y más vigilado.

Porque cuando una potencia presume que gobierna un país, pero no libera a su gente, no estamos ante una transición: estamos ante la administración del sufrimiento.

La pregunta ya no es si cayó un dictador.

La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse un régimen reciclado, sin justicia, sin democracia y sin esperanza, antes de volver a estallar.

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