“La soberanía es el poder de decidir sobre el estado de excepción.”
Carl Schmitt
“Alega el oficialismo mexicano que a Estados Unidos no le interesa la democracia en Venezuela sino su petróleo.
¿Puede aceptar el oficialismo mexicano que a Cuba no le interesa la democracia en México –ni en Venezuela ni en ningún lugar del mundo— sino nuestro petróleo?”
Humberto Padgett
Que no nos vendan cuentos: el precio de la “soberanía” venezolana se cotizaba en 50 millones de dólares. Esa era la recompensa que Estados Unidos ofrecía por información que condujera a la captura de Nicolás, “ni escapo ni me atrapan”, Maduro —la más alta jamás ofrecida por un jefe de Estado extranjero—, antes de que una operación militar lo sacara literalmente de su país y lo transportara a Nueva York para enfrentar cargos federales por narcotráfico y terrorismo.
Y aunque algunos elijan recordar las fanfarronerías de quien hoy presume mano firme, lo que no pueden ocultar es que en la cruda realidad hubo muertes, duelos y contradicciones difíciles de disfrazar.
Porque resulta que, mientras ciertos líderes de izquierda mantienen su mantra ideológico, callan la enorme incongruencia de que fuerzas cubanas estaban custodiando a Maduro y murieron en esa misión. Según La Habana, 32 militares cubanos asignados a tareas de seguridad y cooperación fueron abatidos durante la incursión estadounidense.
Sí: cumplían su “deber” defendiendo a un presidente que no es el suyo. Y el propio Miguel Díaz-Canel decretó dos días de duelo nacional y banderas a media asta por ellos, describiéndolos en términos de “heroísmo y dignidad” mientras defendían a otro régimen.
¿Héroes o mercenarios confundidos de misión? Esa respuesta deja ver la profunda hipocresía que impregna la narrativa oficial.
Que la “inteligencia cubana” sea considerada por algunos como la panacea hemisférica ahora es bastante más difícil de defender: demasiados hechos apuntan a que no solo no fue invencible, sino que estaba mal posicionada, mal equipada y expuesta como escolta principal en Caracas. Un gran mito, pues.
La desmoralizante evidencia es que un pequeño contingente de fuerzas especiales estadounidenses pudo, con precisión quirúrgica, neutralizar esa red y capturar a Maduro sin que el aparato de seguridad —venezolano o extranjero— pudiera impedirlo.
Y si esta “inteligencia bestial” estaba allí para asegurar soberanía, ya podemos ver qué tanto las “cartas de soberanía” se reparten como postales cuando conviene: si vienen yanquis, es injerencia; si vienen cubanos, es cooperación.
La presencia cubana en Venezuela no surgió espontáneamente. Se trata de un contrato tácito de desconfianza. Por años, desde la época de Chávez, Cuba ha tenido asistencia militar, de inteligencia y médica en Venezuela a cambio del petróleo que el país suramericano le subsidia.
Pero cuando la presión aumentó —y con una recompensa histórica encima— Maduro prefirió confiar más en asesores extranjeros que en su propia tropa, lo que dice mucho sobre su confianza interna y el estado real de sus fuerzas. Esa elección habla de desconfianza, de clientelismo político y de un régimen que ya no podía sostenerse por sí mismo. Y la historia reciente lo exhibe con ironía brutal: culpó a todos menos a su propio aparato militar cuando las cosas se torcieron.
¿Y nuestro patio trasero?, esto es, si nos ponemos a pensar en México —donde oficialmente no hay “espías” cubanos ni soldados de guardia— la pregunta sobre quiénes son realmente esos médicos cubanos sigue en el aire: ¿cuántos son facultativos y cuántos cumplen otras funciones más sutiles de inteligencia o seguridad? Esa interrogante no es gratuita ni moralista, sino pragmática cuando vemos lo que sucedió al sur.
Y no hablemos de la presencia de diplomáticos de otras potencias con intereses nada inocentes. ¿Debemos dar por hecho que todos ellos vienen con intenciones pacíficas? ¿O simplemente se ocultan bajo esa etiqueta? Son preguntas legítimas y de política inteligente, no de paranoia.
La “realidad” de la presencia cubana en Venezuela —ahora documentada por la muerte de 32 efectivos en un operativo militar internacional— pone en evidencia que la soberanía proclamada por unos es dramáticamente diferente a la que se practica en la realidad.
Mientras algunos líderes latinoamericanos siguen con discursos de antiimperialismo, el continente observa cómo esos mismos discursos se diluyen frente a realidades geopolíticas más crudas: los aliados pueden resultar peores guardianes que los adversarios, y las alianzas ideológicas pueden costar vidas sin generar estabilidad.
Al final, la lección más irónica es esta: confías más en tus aliados cuando tienes confianza en tus propios ciudadanos, y Maduro confió más en cubanos que en su propia gente y pagó un precio por ello.



