En espera de conocer el texto que servirá como base para la reforma electoral, algunos voceros del oficialismo, con la voluntad de pretender justificar la reducción o la desaparición de los legisladores plurinominales, han recurrido a ejemplos de otros congresos nacionales, como si el caso mexicano fuese comparable. Me refiero en este texto a la Cámara de Diputados.
Han señalado los casos de la Cámara de Representantes en Estados Unidos y la Cámara de los Comunes en el Reino Unido, por citar algunos. En esos congresos, como dicen, no existe la figura de los plurinominales. Es decir, los vencedores de cada uno de los distritos, gane con el porcentaje que lo haga, es quien ocupará el escaño asignado para esa circunscripción, desechando todos los votos que fueron destinados para el candidato que no haya resultado vencedor. En otras palabras, en esos congresos populares las minorías no están representadas.
Hoy el Partido Republicano de Donald Trump domina la Cámara de Representantes en Estados Unidos, mientras que el Partido Laborista del primer ministro Keir Starmer cuenta con el mayor número de diputados, lo que le permite, en el caso del segundo, formar un gobierno de acuerdo a las normas de los sistemas parlamentarios. A pesar de esta sobrerrepresentación de los partidos mayoritarios, Estados Unidos y el Reino Unido son considerados democracias desarrolladas, al menos en la materia de la composición de sus congresos. Este ha sido el argumento de los propagandistas del régimen para justificar la reforma que se viene.
Sin embargo, lo que estos voceros no han considerado es que la realidad política mexicana es diametralmente distinta a aquella de Canadá, Estados Unidos o Gran Bretaña. En primer lugar, a diferencia de México, esos países no vivieron durante setenta años bajo el dominio de un partido hegemónico que desarticuló, mediante alianzas corporativas, manipulación electoral, compra de voluntades y actos de flagrante corrupción, toda posibilidad de que los minúsculos partidos de oposición contasen con representación en el Congreso.
En segundo, México, en contraste con esas democracias, fue víctima de un presidencialismo omnipotente, donde el jefe del Estado, a través del control que ejercía en tanto que líder del PRI, dominaba las decisiones de sus legisladores, gobernadores, alcaldes y ministros de la Corte. Cualquier funcionario electo o designado le debía su cargo al presidente, y por tanto, obediencia.
A pesar de esta condición, los avances democráticos y las exigencias ciudadanas canalizadas a través de los partidos de oposición, hizo posible que durante la década de los setenta y ochenta, México caminara hacia un régimen donde el pensamiento minoritario contase con voz en el parlamento a través de la figura de los diputados plurinominales. A partir de estos cambios constitucionales, avalados por el PRI a regañadientes, pero consciente de la necesidad de adaptar la realidad nacional a las corrientes democráticas, nació propiamente el pluralismo en las cámaras federales.
En suma, no vale la comparación de México con otros países. No es más que un artilugio discursivo dirigido a confundir a la opinión pública y a ganar las mesas de debate. Este país ha vivido su propia historia, y hoy el obradorismo parece darle la espalda al Estado que ellos mismos en el pasado contribuyeron a construir.



