En medio de la sacudida internacional provocada por el intervencionismo de Estados Unidos en Venezuela ha resurgido un nombre: Marco Rubio. Como se sabe, funge hoy como secretario de Estado del gobierno de Donald Trump. Se trata de un político nacido en Miami, hijo de padres cubanos exiliados de la isla y gran conocedor de los asuntos de la región.
A lo largo de su carrera política, Rubio se ha distinguido por ser un hombre de profundas convicciones ideológicas. Se recordará aquel lejano debate de las primarias de 2016 cuando se refirió en un primer momento al orgullo que sentía de pertenecer al partido de Ronald Reagan. Trump, su opositor en las primarias, le llamó burlonamente Little Marco, en referencia a su baja estatura física, y en sentido figurado, a su escaso talento político.
Rubio, por razones familiares e ideológicas, detesta a la dictadura cubana, y con ello, al resto de los regímenes antidemocráticos latinoamericanos. Trump, una vez reelecto en 2024, le convocó a ser su secretario de Estado con la prioridad de que fuese su mano derecha en el combate contra la izquierda radical latinoamericana, y sobre todo, frente a la amenaza presentada por el crimen organizado.
Tras los sucesos del fin de semana pasado han corrido ríos de tinta intentando vaticinar lo que ocurrirá en Venezuela. Los simpatizantes del chavismo han pretendido irresponsablemente reducir la situación a la voluntad pragmática de Trump de poner las condiciones para que las compañías petroleras estadounidenses ingresen al país. Todo es por los recursos, aseguran.
Sin embargo, estos comentaristas se han olvidado de Rubio. En adición a la realidad expresa de que Estados Unidos pretende avanzar los intereses de su país en relación con las reservas del petróleo venezolano, existe un factor ideológico promovido principalmente por Marco Rubio; una ideología anclada en el desmantelamiento del chavismo y en la promoción de una corriente de libre mercado, cuyas pautas deben ser dictadas por Washington. Así entiende Rubio la realidad de la región latinoamericana.
No debe olvidarse que Marco Rubio será uno de los principales personajes, al lado del vicepresidente JD Vance, para convertirse en el candidato del Partido Republicano hacia las elecciones de 2028. Frente a un Partido Demócrata que no ha sido capaz de articular un mensaje político que resulte convincente, la figura de Rubio, lejana del trumpismo, está en condiciones de presentarse como un genuino combatiente contra el auge y consolidación de los movimientos hoy presentes en países como Venezuela, Cuba, y si se quiere, México.
En suma, Rubio es hoy un funcionario prominente de la administración de Trump, y los gobiernos antidemocráticos de la región latinoamericana y los cárteles de la droga no encontrarán un respiro si el ex senador alcanza la presidencia de Estados Unidos. Lo sería no solo por razones de corte pragmático, como el petróleo, sino por las profundas convicciones ideológicas abrazadas por el político republicano.



