Anoche, desde el balcón de Palacio Nacional, se pronunciaron cuatro nombres que pertenecen al centro, no a los márgenes, de nuestra historia: Josefa Ortiz Téllez-Girón, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra y Antonia Nava. La presidenta Claudia Sheinbaum las incluyó en su segundo Grito de Independencia, junto a los nombres que durante generaciones hemos aprendido como protagonistas de la construcción de México. Y sí, era importante escucharlas.
Porque la Independencia de México también fue pensada, financiada, organizada, defendida y peleada por mujeres. Josefa Ortiz conspiró cuando conspirar podía costarle la libertad y la vida. Gertrudis Bocanegra construyó redes insurgentes y fue fusilada sin traicionar su causa. Antonia Nava, La Generala, llevó su compromiso hasta el campo de batalla. Y Leona Vicario, mi favorita, puso su fortuna, su inteligencia y su libertad al servicio de la insurgencia. Participó en Los Guadalupes, financió recursos para las tropas, colaboró con la prensa insurgente y defendió, incluso años después, algo que para su época resultaba profundamente incómodo, que las mujeres eran perfectamente capaces de actuar por patriotismo, por convicción y por deseo de libertad.
No fueron únicamente espectadoras de la historia. La hicieron. Y quizá ahí está lo poderoso de volver a decir sus nombres 216 años después. Porque la historia no se detuvo en 1810. México sigue construyéndose todos los días y las mujeres seguimos estando, de muchas maneras, en el centro de esa construcción.
La científica en un laboratorio, la maestra frente a un salón, la empresaria que abre una compañía, la doctora que comienza una guardia, la periodista que hace una pregunta incómoda, la funcionaria que toma una decisión y la ingeniera que diseña algo que todavía no existe.
La mujer que trabaja y que, al llegar a casa, todavía revisa una tarea. La que cuida, la que emprende, la que estudia, la que crea empleos, la que educa, la que investiga y la que empieza otra vez. Y están millones de mujeres cuyos nombres probablemente nunca aparecerán en un libro de historia, pero que desde su propia trinchera mueven un poquito a México cada día. Eso también es hacer país.
México ha cambiado enormemente desde 1810. Cambió nuestra sociedad, cambiaron nuestras familias, cambiaron nuestras ideas y cambió, afortunadamente, el lugar que ocupamos las mujeres. Pero seguimos compartiendo algo con aquellas mujeres que imaginaron una nación distinta hace más de dos siglos, la posibilidad de creer que México puede ser mejor. Y esa idea importa especialmente hoy.
Podemos pensar distinto. Podemos discutir sobre política, sobre el rumbo del país y sobre prácticamente todo. Una democracia, justamente, también está hecha de diferencias. Pero hay algo que debería sobrevivir a ellas, y es el deseo genuino de que a México le vaya bien. Porque este país es muchísimo más grande que nuestras diferencias.
Es Hidalgo y Morelos. Es Guerrero y Guadalupe Victoria. Pero también es Josefa, Leona, Gertrudis y Antonia.
Son quienes pelearon por la libertad cuando México todavía era apenas una posibilidad, y somos quienes, más de dos siglos después, tenemos la responsabilidad de hacer algo con ella.
Por eso vale la pena celebrar nuestra Independencia. No desde una historia perfecta, porque ninguna lo es, sino desde una historia profundamente nuestra, valiente, aguerrida, apasionada, compleja y construida por personas que alguna vez se atrevieron a imaginar un país que todavía no existía. Ellos y ellas soñaron con libertad. La defendieron, la pelearon y, en muchos casos, entregaron todo por ella. A nosotros nos toca estar a la altura de ese sueño, cuidar lo construido, transformar lo que todavía falta y no perder la esperanza de que México puede ser más justo, más libre, más próspero y mejor.
Porque México no terminó de construirse en 1821. México se construye todos los días, en cada mujer que abre camino, en cada niña que sueña más alto y en cada mexicana que estudia, trabaja, crea, cuida, dirige, emprende, enseña, investiga o decide levantar la voz. Hay muchísimo México todavía por escribir.
Y las mujeres estuvimos desde el principio.
Estuvimos cuando México era apenas un sueño.
Y aquí seguimos, haciendo que ese sueño siga adelante.
¡Vivan las mujeres que construyeron México!
¡Vivan las que lo construyen hoy!
Y viva, siempre, México.


