Una interpretación justificable de la historia política y constitucional del país va en el sentido de que las grandes transformaciones históricas (Independencia, Reforma y Revolución) han sido dialécticas y que lo mismo está ocurriendo con el cambio en curso, es decir, la Cuarta Transformación.
“Dialéctico” aquí significa que la síntesis se forja mediante dos tendencias sucesivas y opuestas y que de esa síntesis compleja se deriva un nuevo ciclo transformador cualitativamente superior.
La Cuarta Transformación está en el momento de superar las tesis neoliberales en economía, política, sociedad y Derecho. Las saludables confrontaciones entre las dos tendencias colaboran a reconformar el nuevo estado constitucional. Este constituye la estructura jurídica prevaleciente en las sociedades democráticas contemporáneas.
En ese tenor, el estado garantista con sesgo individualista coincidió con el periodo neoliberal y fue insuficiente para proteger a los débiles dentro del proceso capitalista financiero y globalizador.
Por ello, la tendencia contraria creció y desde 2019 le ha inyectado al marco jurídico e institucional un sentido colectivo, intercultural y de género, profundamente humanista dentro del molde de la más que centenaria Constitución de 1917, hoy en el contexto de la sociedad digital.
Vesmos si no.
Entre 1986 y 2016 se perfiló un estado basado en el monetarismo y la economía abierta a partir de la disciplina financiera, la reducción de aranceles y la firma del tratado de libre comercio en 1994; la liberalización y democratización electoral y partidaria del sistema político durante la transición democrática de 1996 a 2018; la Suprema Corte constitucional de 1994 y el Instituto Federal Electoral más el tribunal electoral de 1990 a 1996, o bien, las reformas de 2008 en oralidad penal y seguridad, de 2011 en derechos y justicia constitucional o las de 2014-2016 en transparencia, elecciones, educación y anticorrupción, asi como la proliferación de órganos constitucionales autónomos, sin olvidar los avances en derechos indígenas y de las mujeres
Todo ello fue dirigido a facilitar la protección de derechos individuales y promover el funcionamiento de los mercados a costa del poder presidencial y de los aparatos de gobierno que perdieron capacidad de intervención, regulación, extracción y redistribución de recursos, lo cual propició mayor desigualdad y exclusión, además de racismo y androcentrismo.
Por el contrario, de 2019 a 2026 una fuerte oleada de cambios constitucionales ha impreso un giro neoprotector, estratégico y solidario a la economía y un sello inclusivo y humanista a la educación, ha instaurado la paridad para todos los cargos, ha reforzado derechos sociales y el acceso al bienestar a la clase trabajadora.
Además, ha ampliado derechos indígenas y afrodescendientes en sentido colectivo e intercultural, al mismo tiempo que ha apostado por relegitimar y fortalecer a poderes e instituciones públicas clave en seguridad y justicia bajo un contexto complejísimo.
Todo ello ha pretendido recuperar y profundizar el sentido de lo público y una vida política más intensa y democrática en el día a día.
Llegados a este punto, es claro que la antítesis dentro del proceso transformador enfrenta sus propias debilidades y contradicciones, interactivas y muy complejas, tales como las economías informal e ilícita, heredadas y muy rentables, envueltas en dinámicas globales.
Entendido lo anterior, es obvio que no todos los actores de la transformación antitética están a la altura de tan enormes retos, mientras que sus adversarios resisten y contraatacan en aquelarres mediáticos sin fin.
Luego, el actor crítico transformador hará bien en no dejar de auto-criticarse y mantener los principios que lo han motivado. Para lograrlo de la mejor forma no hay fórmulas exactas, sino tan sólo estrategias y operaciones probables y más o menos posibles. Pero, pese a ello, tiene que hacer ostensible que lo sabe y que lo está intentando por el bien de todas y todos.
Los liderazgos y actores clave en el proceso dialéctico de la Cuarta Transformación muy mal harán si se dedican solo a desgastarse y consumirse en los juegos de acciones, reacciones, politiquería o dimes y diretes que por desfortuna resultan connaturales a las costumbres políticas y son amplificados y manipulados vía redes sociales.
Harán mejor en promover, participar y enriquecer espacios de análisis, reflexión y debate que mantengan oxigenado el escenario en el que transcurre uno de los episodios más importantes de la vida pública y privada de las y los mexicanos y que definirá los lustros por venir.
Caben en esos espacios las conferencias participativas, mesas de diálogo, audiencias, consultas, parlamento abierto y toda suerte de interacciones entre instituciones y pueblo(s), comunidades y sectores diversos, lo mismo que la comunicación política, social e institucional tradicional o digital pertinente.
A la vez que se aceitan las maquinarias operativas para los comicios intermedios de 2027, la política persiste en mantener abierto un espacio de autonomía ante la densa regulación y tutela judicial electoral de principios y derechos.
Está claro que la transformación no es lineal y progresiva, aunque registre tramos de avance pleno.
Por el contrario, está llena de inflexiones, contiendas y vicisitudes, pocas certezas y muchas incertidumbres.
Por ello, hay momentos en que en su devenir con inteligencia tiene que ajustarse o transformarse a sí misma para continuar la transformación del estado constitucional y seguir haciendo historia.



