Leía que algunas culturas celebran este 15 de febrero como el día del soltero y el 13 de febrero como el día del infiel o día de los amantes. Aunque el reflejo simbólico a la urgencia por la inclusión hace que me parezcan celebraciones sosas, me parece urgente hablar de las estafas consumistas, así como de su significación de clase.
Días antes de celebrar la amistad, creo que perdí una que si bien, no era cercana, se perdió por algo un poco absurdo. Una compañera que solía participar en temas políticos decidió incursionar en la creación de contenido aspirando a promocionar y vender productos. Además, como graduada de psicología, combina comerciales con algo de contenido sobre salud mental. Hasta ahí, todo bien. El ruido es que ambas aspiraciones pueden chocar en el punto que su contenido comenzó a vender la idea de que la salud mental o el bienestar emocional tiene que ver con lo que consumes, entonces comenzó a difundir que si quieres tener bienestar emocional, deberías comprar velas, libretas, café en cápsulas de aluminio que tardan más de 500 años en degradarse y desde 2015 son considerados uno de los productos que más daño hacen al medio ambiente, prohibidos por cierto, en países de primer mundo y por qué no, inclusive una camioneta de una marca eléctrica específica. Sin todo lo anterior, el bienestar emocional tiene poco espacio para llegar.
Me pareció una estafa y aunque intenté que mis palabras no fuesen una daga, irremediablemente tuve que manifestar que aquello sostenido era terrible. Incentivar el consumo de productos letales para el medio ambiente en pleno calentamiento global y sostener que el bienestar emocional y la salud mental dependen de la cartera del aspirante a tranquilidad en plena crisis detonada por el consumo de redes dentro de las personas más jóvenes debía de ser algo nombrado como estafa. No digo que ella lo sea y tampoco critico el ánimo de crear contenido o volcarse a una nueva profesión en la que vender importe más que la ética. Respondió que había tardado mucho en hacer ese video y que nunca comento su contenido, pero que ahora que lo hago, tan solo puedo “ver lo malo”. Me agradecía en ese tono condescendiente de los que juran que el error es causa del entorno y nunca de ellos. Como con la compasión de que mi comentario era inválido y que era producto de mi pesimismo, y bueno, si todos podemos ser felices, pobre de mí que vi ese video de la manera más pesimista posible.
Con franqueza, el algoritmo es tan hábil que me muestra poco de ese tipo de videos en los que alguien pretende promocionar algo en clave de “estatus”. Hace tiempo, mi contenido tiene que ver con temas sociales y ventas de salud o deportes. Inclusive, veo temas de psicología o sociología pero de pronto, no ver su contenido era inclusive algo por lo que debería sentirme culpable y por comentar, aún más… Pensando en que hería sus sentimientos, decidí escribirle y luego borré el comentario. Pobre de su audiencia. Se quedará pensando que gastar compra felicidad o que contaminar es irrelevante porque en clave del consumismo, el consumista compra felicidad y si alguien más lo padece, aunque sea el medio ambiente, pobre del medio ambiente por tomárselo tan mal.
Recuerdo a algunos compañeros de una preparatoria clasemediera en la que cada año, solían organizarse reuniones para ver el Super Tazón que terminaban en fiesta. Aprendí algo de futbol americano por esas ansias de pertenecer típicas de la edad y recuerdo que en aquellos tiempos, algunos posteaban en las recién creadas redes sociales lo bien que la pasaban pero lo hacían en inglés, a pesar de que sus familiares y nosotros, sus amigos, tuviéramos el español como lengua madre.
Otros a media fiesta, tenían la audacia de comenzar a lanzar frases en inglés y entre más escandalosas, más elegantes o destacados o líderes o atractivos parecían sentirse. El inglés era un diferenciador de clase y entre las comunidades latinoamericanas, siendo todos hijos de padres trabajadores, diferenciarse era importante. Hablar inglés perfecto podía contener tres grandes significados: escuelas bilingües y privadas desde pequeños, viajes o contextos familiares de internacionalización, esfuerzo e intelecto así como buenos hábitos de estudio para aprender el idioma. Recuerdo que encima, el tono que utilizaban era exagerado, siempre más parecido a cualquier serie norteamericana de adolescentes como “Pretty Little Liars”, que en aquel entonces estaba de moda, que a cualquier tono “pocho” o mexicanizado del inglés que suelen tener las familias migrantes, aquellos que por trabajo se fueron y volvieron o que adquirieron el tono de sus familiares trabajadores que venían cada navidad. Unos estaban bien vistos pero los otros no, unos creían ser muy ricos y opinaban de los otros que eran muy pobres, aunque en realidad, en los hogares de todos alguien tuviera que trabajar para pagar sus escuelas y lujos. En realidad, eran clase trabajadora y no lo sabían.
Hoy lo miro a la distancia y pienso en lo ridículos. Pienso en las dificultades para hacer del inglés mi segunda lengua, leer fluido, hablar lo más cercano a lo que lo haría en español y lo lejana que por años me sentí de eso. Y pienso doblemente en cómo es que aquellos damnificados de las décadas de superioridad moral del inglés eran pequeños adolescentes amplificadores de un constructo cultural que sigue midiendo a las personas por su capacidad de ser validadas en contextos norteamericanos. Parece que ahora, graduados y adultos, son clase trabajadora y algunos de ellos han pasado momentos complejos como el no encontrar trabajo con todo y ese inglés perfecto.
El inglés o el puritanismo del español, bajo los términos del español de España, han sido termómetro y dispositivo de clase con el que se mide al entorno. Asociado a la baja educación formal, las faltas de ortografía o el uso político de ciertas maneras de hablar o escribir son elemento suficiente para discriminar a otros. Es mucho más que un acto racional y objetivo, es casi un elemento cultural de pertenencia alojado en el inconsciente: si usa groserías, ciertas tonalidades de voz, ciertos errores, no pertenece y es menos que los demás. Otra estafa.
Habitamos espacios llenos de este tipo de estafas, que aunque no creo que vuelva estafadores a quienes las fomentan por la falta de consciencia del mecanismo absurdo de exclusión en el que están participando, si son estafas que deben entenderse como tal. De lo contrario, una escritora otomí que apenas aprende español va a sentir que aquella exclusión es irremediable aunque sea, de hecho, una enorme escritora en su propia lengua. Algún hispanohablante o inmigrante sentirá que es mejor esconderse o aceptar que, al no alcanzar un inglés nativo, merece las sombras o las políticas extremistas y pensará en abandonar sus sueños o sus familias o sus casas. Una persona con depresión pensará que debe trabajar el doble para algún día tener el dinero y poder comprar todo eso que en redes sociales enlistan como clave para el bienestar. Se endeudará por comprar aquella camioneta que prometieron como un básico de la salud mental y todo para después de tener los básicos de la felicidad, descubra que afuera no habita lo que se construye desde adentro.
Identificar las estafas, nombrarlas y entenderlas como lo que son es urgente en tiempos en que la capacidad crítica va en declive y las estrategias para formarnos nuevas ideas desde el consumo de contenido va a la alza. Aunque nos cuesten las amistades y aunque tal vez, nos cueste transformar aquellas ideas que tenemos enraizadas.



