Mientras se terminaba el año, comenzaba el otro, y el recalentado se hacía eterno, la agenda política y mediática nacional comenzó con todo.

Un tren que se descarriló, un sismo que movió todo, el senador favorito de México viajando por Europa (sí, otra vez), un excandidato con relojazo de nueve millones de pesos y la captura de Maduro que aunque no fue en México, resultó en la supuesta existencia de un cartel, el de los Soles, y con amenazas de intervenciones gringas a México.

Mala semana para estar en la contención de crisis de los gobiernos afectados y mala semana también para la 4T a quien le es más difícil sacudirse las cada vez más frecuentes metidas de pata de sus militantes o los errores u omisiones de quienes antes tomaron decisiones.

Audios, fotos y videos que demuestran la necesidad de una nueva narrativa para el movimiento que encabezara Andrés Manuel y que hoy parece estar lejos de sus principios y, sobre todo, sin un rumbo claro de qué se debe comunicar.

Mientras el viejo confiable movimiento de culpar a la mafia del poder o de mencionar a Felipe Calderón pierde vigencia por el tiempo y porque surgen nuevos actores con los mismos errores, ahora en las filas del partido guinda, urge el replanteamiento de valores y la exigencia de congruencia para con los suyos.

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La coyuntura deja una lección clara: los movimientos políticos no se desgastan solo por el paso del tiempo, sino por la incapacidad de adaptarse. La narrativa que en su momento cohesionó a millones —la épica contra la mafia del poder, el liderazgo moral incuestionable y la promesa de una transformación profunda—, hoy muestra señales de agotamiento frente a una realidad más compleja, más expuesta y más vigilada.

La Cuarta Transformación enfrenta el reto de reinventarse sin traicionar su origen. Eso implica abandonar la comunicación reactiva y defensiva, asumir errores con claridad, establecer controles internos más firmes y, sobre todo, volver a colocar la congruencia como eje central del discurso. No basta con deslindes tardíos ni con la repetición de enemigos del pasado cuando los cuestionamientos surgen desde dentro.

El momento exige nuevos liderazgos capaces de comunicar con credibilidad, de conectar con una ciudadanía más crítica y menos dispuesta a comprar relatos simplistas. Liderazgos que entiendan que hoy cada audio, cada foto y cada video compiten por definir la percepción pública, y que el silencio o la improvisación ya no son opción.

De cara a 2027, el desafío no es menor: construir una narrativa unificada, con mensajes claros y valores compartidos, que mire hacia el futuro y no solo al pasado. Si el movimiento que encabezó Andrés Manuel López Obrador quiere mantenerse vigente, deberá aceptar que la transformación también pasa por cómo se comunica, quién la encarna y qué tan dispuesto está a exigirse a sí mismo lo que durante años exigió a los demás.