Hoy, 7 de junio, se celebra en México el Día de la Libertad de Expresión: esa conquista que permite a cada persona decir lo que piensa, denunciar lo que le parece injusto y advertir sobre lo que pone en riesgo al país. Y precisamente haciendo uso de ese derecho, el pasado miércoles se dio a conocer una carta que no pasó desapercibida.
En el texto se decía claramente: “Algunos funcionarios de Estados Unidos están tramando debilitar a Morena y fortalecer a la oposición de derecha en México con la idea de volver a disponer de un gobierno entreguista, corrupto, mafioso y cruel y, por lo mismo, vulnerable, subordinado y fiel a sus designios intervencionistas”.
La carta la escribió el expresidente Andrés Manuel López Obrador y algunos pusieron el grito en el cielo, tratando de desacreditar el escrito.
Son hipócritas y predecibles.
Por un lado, se dicen defensores de la patria y adoptan una postura casi de mártires. Pero avientan la piedra y esconden la mano.
Ahí tenemos a Ricardo Salinas fanfarroneando que hay que defender al Estado mexicano de lo que ellos, los que sí son vendepatrias, consideran un riesgo para la nación e intenta desacreditar el trabajo de la presidenta Sheinbaum.
También vemos a personajes impresentables como Alito Moreno, Ricardo Anaya y tantos más que cuando estuvieron en el poder saquearon al pueblo de una forma miserable y ruin.
Hoy parecen felices de que Estados Unidos amenace la soberanía de nuestro país, que tanto luchó tanto por su independencia. Abren la boca y meten la pata. O por decirlo de otro modo, salen siempre con su domingo siete.
Intervenir en asuntos que solo afectan a las y los mexicanos no conviene a nadie, ni a ellos, que parecen poner sus santos de cabeza para que les conceda ver a Estados Unidos interviniendo nuestro país, metiendo las narices en asuntos internos, tomando decisiones en época de elecciones.
Eso no pasará.
Nuestra soberanía no es un asunto de bandos políticos, sino de identidad: la democracia y el futuro de México deben decidirse aquí, por los mexicanos, sin presiones ni órdenes de fuera.
Andrés Manuel, en su carta, solo dijo lo que sentía, como mexicano y como exmandatario, con ese sentido nacionalista que siempre ha tenido.
Es su derecho.
La carta, lejos de ser un ataque gratuito, es un ejercicio de ese derecho: alertar para que México no repita el pasado, y que sus decisiones sigan respondiendo primero a su pueblo.
Defender la soberanía es, en el fondo, garantizar que cada decisión responda primero al bienestar de la gente, y no a agendas ajenas.
Lo que diga la oposición, sale sobrando.
Ya los veremos escondiendo la cabeza como avestruz cuando vean que México sigue fuerte, sigue libre, y la Cuarta Transformación triunfa con el apoyo de la gente.



