“Porque ese cielo azul que todos vemos ni es cielo ni es azul; lástima grande que no sea verdad tanta belleza”. Estos versos de Lupercio Leonardo de Argensola —que muchos hemos conocido a través de la profundidad del tango Maquillaje, de Homero Expósito— vienen muy al caso.

He leído en The Guardian sobre la cosmeticorexia, un neologismo reciente formado a partir de dos términos con raíces griegas: la palabra cosmético (de kosmētikós, adorno) y el sufijo -orexia (del griego órexis, apetito u obsesión).

La cosmeticorexia describe una conducta, sobre todo en personas jóvenes, en la que el cuidado de la apariencia se vuelve compulsivo; esto deriva en un consumo excesivo de cremas para la piel, maquillajes e incluso perfumes.

Trasladada a la política, la cosmeticorexia nombra un fenómeno lamentable: el ejercicio del poder que se gestiona pensando primero en cómo se ve el personaje y después en lo que hace. Esta obsesión por la apariencia me recuerda a un equipo de ciclistas aficionados de Monterrey llamado Bizcauchs, cuyo lema era: “No importa cómo le des, sino cómo te ves”.

Para tales ciclistas, poco importaba la condición física o el rendimiento en la ruta; lo fundamental era portar la mejor ropa deportiva y la bicicleta más espectacular. En este contexto, recuerdo con mucho cariño a Alberto Shamuko Villarreal, empresario apasionado del ciclismo, recientemente fallecido en un accidente mientras entrenaba. Su partida deja un vacío en la comunidad ciclista de Nuevo León. Su memoria tendrá que servir para fomentar el uso de la bicicleta en el norte del país.

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Presidentes mexicanos: la disputa entre el retoque y la realidad

En la historia reciente de México, la relación con el espejo del poder revela quiénes sucumbieron a la obsesión estética y quiénes apostaron por la autenticidad de la piel sin retoques.

Enrique Peña Nieto llevó la lógica cosmeticoréxica al extremo. Su presidencia apostó por una estética pulida donde la comunicación —con su cursi copete como eje central— organizaba la percepción del gobierno. El problema apareció cuando esa narrativa visual, saturada de filtros y producción televisiva, terminó por insultar a un país cuyos desequilibrios eran imposibles de ocultar bajo el maquillaje.

Felipe Calderón buscó proyectar firmeza en medio de la crisis de seguridad mediante un disfraz de gran jefe militar. Lo hizo con un estilo tan deficiente que la chaqueta y la gorra del Ejército le quedaron demasiado grandes; más allá del ridículo estético, esa caracterización —más bien caricaturización— marcó el inicio de una perdida guerra contra el narco cuyas consecuencias terribles seguimos padeciendo. Con vestimenta militar intentó construir una autoridad basada puramente en la forma, aplicando a la perfección aquello de que, aunque el ser irracional se vista de seda, menso se queda.

Vicente Fox optó por la cercanía como marca: botas de vaquero, cinturones exagerados, tono coloquial y referencias rancheras. Fue un estilo eficaz para romper con la solemnidad anterior a su gobierno, aunque terminó por simplificar su figura en un personaje de diseño, fácilmente reconocible pero carente de profundidad administrativa y política. En suma, resultó ser todo un zangamilote (AMLO dixit).

Ernesto Zedillo eligió la sobriedad técnica. Su imagen, casi austera, buscó transmitir control y racionalidad económica más que cercanía emocional, evitando los excesos del adorno político. Quedó en la clásica caca de perico, que ni huele ni jiede.

Carlos Salinas de Gortari construyó una narrativa distinta: no hubo disfraz evidente, sino una estética de modernidad, eficacia y mando vertical. Su imagen era el proyecto mismo, una superficie de poder que pronosticaba un futuro de primer mundo. Todo en él resultó una mala broma.

En Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum aparece otro registro que desafía la cosmeticorexia: austeridad, mensajes simples para consumo de toda la gente y una estética menos producida en la cabina del retoque que busca consistencia política más que brillo mediático. Es la política nueva, la de la 4T, que se presenta sin maquillaje no para subrayar su origen popular, sino por lealtad a ese origen.

Nadie en la política escapa a su imagen. La diferencia radica en cuánto la necesitan y la trabajan los liderazgos para sostenerse. Cuando la apariencia es lo principal, se cae en el simulacro. Cuando el arreglo personal es solo eso, sin excesos, el ejercicio del poder recupera su sentido humano.

Vuelvo a los versos de Argensola: no todo lo que luce bien es verdadero. El poder ético se ejerce sin las máscaras del maquillaje.