“Las instituciones empiezan a morir cuando dedican más tiempo a justificarse que a gobernar.”

John Gardner

“Quien explica demasiado, ya perdió parte de la discusión.”

Proverbio jurídico inglés

Durante años, Morena gobernó dos países. El primero era México. El segundo era el significado de México. No sólo administraba el poder. Administraba la explicación del poder. Decidía qué tema ocupaba la conversación pública, quién era el villano, cuál era el marco del debate y qué preguntas merecían hacerse.

Esa segunda forma de gobernar fue quizá su mayor activo político. Hoy ese activo empieza a desaparecer.

Existe un momento muy preciso en la vida de cualquier gobierno. El día en que deja de producir narrativas y comienza únicamente a responder acontecimientos.

Ese momento parece haber llegado para la Presidencia. Ya no fija la conversación. La persigue. No importa si el tema es Rubén Rocha, Marina del Pilar, Adán Augusto o cualquier otro episodio que aparece casi a diario. El mecanismo siempre es el mismo. Surge una revelación. Llega una explicación oficial. Esa explicación abre nuevas preguntas. Aparecen nuevos documentos, nuevos testimonios o nuevos audios. Entonces se ofrece una segunda versión, un nuevo matiz o una aclaración adicional. Y el ciclo vuelve a empezar. Lo verdaderamente preocupante ya no es cada caso. Es que todos terminan pareciéndose.

La mañanera, concebida durante años como el espacio desde donde se imponía la agenda nacional, cada vez dedica más tiempo a reaccionar ante investigaciones periodísticas, filtraciones, expedientes judiciales o información proveniente del extranjero. La conversación dejó de organizarse desde Palacio Nacional. Ahora se organiza fuera de él.

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Y cuando eso ocurre, la autoridad deja de conducir. Comienza simplemente a administrar daños.

Ahí están las contradicciones que se acumulan. Primero la 4t niega que exista información; después se reconoce parcialmente. Primero se asegura que todo es una campaña; después se admite que habrá investigaciones. Primero se descalifica a quien publica; después se responde al contenido de la publicación. La defensa cambia porque los hechos también cambian.

Cada rectificación consume un poco más de credibilidad que la anterior.

No se trata únicamente de los casos políticos recientes. Ha ocurrido con los decomisos de combustible cuando el discurso oficial aseguraba que el huachicol prácticamente había desaparecido; con la violencia, cuando los homicidios bajan mientras aumentan desapariciones y hallazgos de fosas; con las presiones comerciales derivadas de la relación con Estados Unidos, donde primero se minimizan las diferencias y días después se anuncian negociaciones urgentes; incluso con decisiones internas que pasan, en cuestión de horas, de ser inexistentes a convertirse en inevitables.

No es que un gobierno cambie de opinión. Todos los gobiernos lo hacen. El problema aparece cuando la explicación oficial parece ir siempre un paso detrás de los acontecimientos.

Las narrativas tienen una característica poco apreciada: funcionan mientras llegan antes que los hechos. Cuando los hechos toman la delantera, las narrativas dejan de ser conducción política para convertirse en simples relaciones públicas.

Antes la narrativa era la locomotora. Hoy viaja en el último vagón. Antes Presidencia marcaba la ruta. Ahora intenta alcanzar unos hechos que siempre llegan primero.

El problema tampoco consiste en que el gobierno se atrinchere. Todos los jefes de Estado respaldan a su equipo en algún momento. El problema aparece cuando la institución diseñada para conducir al país termina absorbida por la defensa permanente de expedientes individuales. El Estado deja entonces de hablar del país para hablar de los problemas de quienes integran el poder.

Y eso tiene un costo institucional enorme.

Cada hora destinada a explicar un audio, un viaje, una investigación, un contrato, una fotografía o una filtración es una hora que se deja de deja de utilizar para construir agenda propia. Poco a poco, el país deja de mirar hacia el futuro para mirar únicamente hacia la siguiente explicación. Palacio Nacional ya no ejerce funciones de gobierno, sino funciones de vocería corporativa.

Como escribió ayer Héctor de Mauleón, cada nueva pieza de información ya no cierra una historia: abre otra. Ese quizá sea el cambio más profundo. Ya no existe un episodio que concluya con la versión oficial. Cada explicación se convierte apenas en el punto de partida de la siguiente controversia.

Los regímenes rara vez se desgastan porque aparezca un nuevo escándalo. Se desgastan cuando dejan de convencer de que cada escándalo constituye una excepción.

Porque entonces deja de discutirse el expediente específico. Empieza a discutirse la credibilidad de quien explica todos los expedientes.

Y esa es una conversación infinitamente más difícil de ganar. El poder nunca pierde primero el gobierno. Pierde primero el relato.

Y ningún movimiento puede ir hacia adelante, conservar intacta su autoridad cuando termina convertida, día tras día, en un gobierno que solo gestiona daños.