Gobernar no es imponer un tono. Es sostener un rumbo sin necesidad de gritarlo.

Reflexión

“La democracia no es solo el gobierno de la mayoría, sino la protección permanente del derecho a disentir”.

Robert A. Dahl

Hay frases que definen gobiernos. No por su profundidad, sino por su desnudez. “Pésele a quien le pese. Vamos a seguir gobernando así”, dijo Claudia Sheinbaum. Y uno pensaría que se trata de un arrebato, de una mala tarde, de un lapsus retórico. Pero no. Es, en realidad, una declaración de principios. O peor: de graves carencias.

Porque una estadista no necesita advertir. Convence. No se atrinchera en la legitimidad electoral como si fuera un salvoconducto eterno. La renueva. La trabaja. La cuida. La somete a escrutinio constante. Sheinbaum, en cambio, la usa como escudo y, peor, como excusa. “Nos eligió el pueblo”. Traducción simultánea: … y eso debería de ser suficiente.

Pues, noticia: no basta.

Y el problema no es el tono. Ojalá así fuera. Es lo que revela. Esa frase no es firmeza; es cerrazón. No es liderazgo; es reflejo. No es visión de Estado; es manual de resistencia básica: aguantar, culpar al pasado, repetir el libreto y, si alguien cuestiona, recordarle que perdió la elección. Una especie de democracia minimalista: voto depositado, crítica cancelada.

Quiero decirles que en la teoría democrática contemporánea, Max Weber distinguía muy atinadamente entre la legitimidad de origen —el acceso al poder mediante elecciones— y la legitimidad de EJERCICIO del poder, que se construye todos los días a partir de resultados, transparencia, rendición de cuentas y capacidad de corrección. Confundir ambas no es un error menor, es una deriva peligrosa. Implica asumir que haber ganado en las urnas exonera de gobernar bien. Y no. La legitimidad no es un cheque en blanco; es, en todo caso, un crédito que se agota en el momento mismo cuando el poder se vuelve impermeable a la crítica.

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Y ahí es precisamente donde aparece la antítesis de la estadista. Porque mientras una estadista asume costos, esta reparte culpas. Si el petróleo cae, la culpa es de gobiernos pasados, de los yacimientos agotados… de cualquiera menos de quien hoy gobierna. Si la producción petrolera es la mitad de lo que era —la mitad, sí—, no es una señal de fracaso estructural, sino una oportunidad narrativa: “antes había dinero, no sabemos en qué quedó”. El pasado como coartada infinita; el presente como territorio libre de responsabilidad… y lleno, rebosante, de corrupción, de ineptitud y de impunidad.

Mientras tanto, la realidad —esa necia “mujer” (con A)— sigue ahí, acumulándose.

Una estadista ordena prioridades. Sheinbaum le ha dado últimamente y de forma exclusiva por enumerar agravios. Una estadista construye mayorías; ella recita genealogías del desastre. ¡Y vaya que han ardido las decrepitudes que la “transformación” nos endilga!

Una estadista corrige cuando su coalición se le desmorona; ella presenta como logro una reforma electoral que sus propios aliados mutilaron por considerarla excesiva. Es decir: ni siquiera pudo imponer su propia concentración de poder. Pero eso sí, lo aprobado lo vende como avance histórico.

Desde otra perspectiva, Guillermo O’Donnell advertía que muchas democracias derivan en lo que llamó “democracias delegativas”, donde el líder electo interpreta su victoria como autorización para gobernar sin contrapesos ni diálogo efectivo. El resultado no es estabilidad, sino erosión institucional: el disenso se percibe como obstáculo, la crítica como traición y la autocrítica como debilidad. Bajo esa lógica, el poder deja de ser un espacio de deliberación y se convierte en una narrativa cerrada que se impone, justamente, “pésele a quien le pese”.

Hay algo casi entrañable en esa insistencia: gobernar como si nada pasara. Como si el mundo no cambiara. Como si el desgaste no existiera. Como si repetir el discurso fuera equivalente a sostener una política pública. “Así vamos a seguir gobernando”. Ahí está todo.

No hay matiz. No hay autocrítica. No hay ajuste. Solo continuidad, pero no como virtud, sino como inercia. Y eso, en términos de teoría política, no es estabilidad: es estancamiento con discurso.

Pienso —y lo digo con toda claridad— que el verdadero problema no es la frase, sino la concepción de poder que la sostiene. Una concepción donde ganar una elección equivale a clausurar la deliberación; donde gobernar “para el pueblo” implica hablar en su nombre sin escuchar sus fracturas; donde el pasado es siempre culpable y el futuro, curiosamente, nunca exigente.

Sheinbaum no gobierna contra sus críticos. Gobierna sin ellos. Como si no existieran. Como si fueran una molestia menor en una narrativa mayor que ya está escrita de antemano. Y eso, hay que decirlo sin rodeos, no es fortaleza. Es fragilidad disfrazada de certeza. Es algo que en el fondo es políticamente revelador.

Porque cuando un gobierno necesita repetir que no va a cambiar, lo que en realidad está diciendo es que no sabe —ni sabría nunca— cómo hacerlo.

Y ahí radica la diferencia fundamental: la estadista transforma la realidad; quien no lo es se limita a resistirla.