Ayer los diputados Arturo Ávila y Carlos Gutiérrez Mancilla, de Morena y del PRI, respectivamente, ofrecieron un patético espectáculo en el Senado digno de la estatura de los partidos políticos que representan. Mediante insultos, empujones y amenazas, se enzarzaron en un conato de bronca en medio del escándalo provocado por el viaje de Alito Moreno a Washington para pedir la intervención del gobierno de Estados Unidos contra los consejeros del INE.

El PRI, con Alito a la cabeza, y con personajes como Mancilla como línea de defensa, ha optado por el caos absoluto. Ha desestimado los canales institucionales nacionales, ha descartado ganarse la voluntad popular, y ahora tiene como objetivo presentarse como el partido “valiente” capaz de hacer frente a la corrupcion oficialista y al intento de censura mediática orquestada por la autoproclamada 4T. El PRI, lejos de hablar en nombre de millones de mexicanos, no representa a nada ni a nadie.

Arturo Ávila, por su parte, no requiere presentación. Debe recordarse que fue el vocero y coordinador de la precampaña de Adán Augusto López en 2024, y que su pasado empresarial ha generado cuestionamientos pues fue un sujeto cercano al general Salvador Cienfuegos, durante el gobierno en Enrique Peña Nieto, mismo que fue señalado y arrestado por los estadounidenses por lazos con el crimen organizado.

El “cero votos”, como fue popularmente apodado por el panista Damián Zepeda, sueña con escalar en la pirámide morenista. Su primer objetivo fue la gubernatura de Aguascalientes. Fracasó. Ahora pretende arrebatarle a Alessandra Rojo de la Vega la alcaldía Cuauhtémoc. Privado de todo carisma, simpatía o encanto político, anda de mesa de debate en mesa de debate promocionándose, a la vez que ha iniciado una campaña ilegal en la alcaldía a la que aspira. Se presenta como un hombre de “pueblo”, al tiempo que es bien conocido su patrimonio que incluye una residencia de millones de dólares en San Diego, California. Todo ha sido producto -dice Ávila- de su exitosa trayectoria como vendedor de vehículos blindados alrededor del mundo. O al menos, eso asegura.

Por donde se les mire, la clase partidista, representada por estos dos legisladores, es un signo del estado de putrefacción, encono, intolerancia y vulgaridad de un grupo de sujetos que no aspiran a mejorar la calidad de vida de los mexicanos, sino su propio enriquecimiento personal y de su camarilla.