Cuando te subes a un avión y despega, hay un momento en el que la ciudad se acomoda. Todo parece más ordenado de lo que es: las calles, los circuitos, los puentes, las parcelas separadas. Dura poco, pero basta para recordar que la distancia siempre simplifica.
Pensé en eso al ver las imágenes recientes de la Tierra. No por la novedad. Fotos del planeta hay muchas. Pero estas vuelven a poner sobre la mesa una ilusión conocida: que el mundo, visto desde lejos, parece uno solo.
Y también pensé en el soviético Yuri Gagarin, cuya hazaña se conmemora cada abril. La primera vez que alguien vio la Tierra desde fuera, en 1961, no venía del mismo mundo que hoy organiza buena parte de su explotación. Venía de otro momento, de otra forma de imaginar el futuro.
Desde arriba hay cosas que no se ven. En realidad, no se ve casi nada de lo que sostiene esa imagen. No se ve cómo se produce la energía ni las tensiones que implica sostener economías enteras. No se ven los territorios donde el agua empieza a no alcanzar. No se ven las comunidades que han cargado durante años con los costos del desarrollo.
No se ve quién decide.
Y, sobre todo, no se ve quién paga.
Ahí es donde la discusión deja de ser solo ambiental. Porque el problema no es únicamente que el planeta tenga límites. El problema es que esos límites se están enfrentando de manera profundamente desigual.
Hablar de transición, de sostenibilidad o de desarrollo sin reconocer eso es quedarse a medias.
Desde lejos, la Tierra parece ordenada.
Aquí abajo no.





