Hay guerras que se libran con misiles. Hay guerras que se libran con sanciones económicas. Hay guerras que se libran mediante operaciones de inteligencia. Y hay otras, menos visibles pero igual o más decisivas, que se libran alrededor de una palabra sencilla y poderosa: confianza.
Quizá allí se encuentre hoy uno de los problemas más delicados del escenario internacional. No necesariamente en la capacidad militar de las naciones. No en la cantidad de armas disponibles. No en la fortaleza de sus economías. Sino en la creciente dificultad para creer en la palabra del otro.
Las recientes declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores de Irán apuntan precisamente hacia esa dirección. Más allá de las simpatías o antipatías que pueda generar el régimen iraní, el señalamiento merece atención. Según Teherán, el principal obstáculo para cualquier acuerdo sigue siendo la falta de confianza en Estados Unidos. No habló únicamente de diferencias políticas. No habló solamente de sanciones o de cuestiones militares. Habló de mensajes contradictorios, posiciones cambiantes y señales discordantes que dificultan saber cuál es realmente la voluntad de Washington.
La observación resulta incómoda porque trasciende el conflicto específico entre Estados Unidos e Irán. De hecho, podría aplicarse a buena parte de la política internacional contemporánea. La confianza tarda años en construirse y apenas unos cuantos actos en deteriorarse. Un acuerdo puede requerir meses de negociación. Su ruptura puede tomar apenas unos minutos. Una relación diplomática puede necesitar décadas para consolidarse. Una decisión equivocada puede erosionarla rápidamente.
Por eso el problema no es solamente si existe o no una tregua. El problema es si quienes participan en ella creen realmente que la otra parte cumplirá lo prometido. Allí radica la diferencia entre una paz sólida y una simple pausa entre conflictos.
Las imágenes que han circulado recientemente desde distintos foros internacionales reflejan también esa atmósfera de tensión e incertidumbre. Gestos diplomáticos interpretados como desaires, encuentros fríos, sonrisas forzadas y conversaciones cargadas de cálculo político alimentan la percepción de que el ambiente internacional continúa lejos de la normalidad. En ocasiones, un gesto puede ser simplemente un instante sacado de contexto. Pero cuando el contexto ya está marcado por la desconfianza, cualquier gesto adquiere significado.
Y es precisamente allí donde aparece Donald Trump. El presidente estadounidense insiste en presentar los acontecimientos recientes como una demostración de fuerza, liderazgo y capacidad negociadora. Sus simpatizantes sostienen que sólo una política firme puede contener a adversarios que durante años aprovecharon la debilidad occidental. Sus críticos argumentan exactamente lo contrario: que la combinación de declaraciones explosivas, cambios de posición y mensajes contradictorios ha contribuido a aumentar la incertidumbre global.
Lo interesante es que ambas visiones terminan encontrándose en un mismo punto: la credibilidad.
Porque el verdadero poder de una nación no depende únicamente de su fuerza militar o económica. Depende también de que aliados y adversarios crean lo que dice. Cuando la palabra pierde valor, incluso las mayores potencias encuentran dificultades para construir acuerdos duraderos.
Y algo similar parece estar ocurriendo dentro de Estados Unidos. Durante los últimos días he conversado con numerosas personas en California. Lo que encuentro con frecuencia no es únicamente molestia por los precios de los combustibles, los alimentos o los servicios. Tampoco es solamente preocupación por la economía o por las tensiones migratorias. Lo que percibo es una creciente pérdida de confianza. Desconfianza hacia los políticos. Desconfianza hacia las instituciones. Desconfianza hacia las promesas. Desconfianza hacia la posibilidad de que alguien esté realmente resolviendo los problemas de fondo.
Por eso la crisis de confianza no es exclusivamente internacional. También es doméstica. Y quizá ambas dimensiones están más conectadas de lo que parece.
Una sociedad puede soportar dificultades económicas durante cierto tiempo si confía en que existe un rumbo. Puede aceptar sacrificios si cree que existe un objetivo claro. Puede tolerar decisiones difíciles si percibe honestidad y coherencia en quienes gobiernan. Lo que resulta mucho más complicado es pedir paciencia cuando la confianza comienza a desaparecer.
La historia demuestra que las grandes transformaciones políticas suelen comenzar allí. No necesariamente cuando la economía colapsa. No cuando estalla una guerra. No cuando se produce una crisis espectacular. Muchas veces empiezan cuando la gente deja de creer.
Y quizá ése sea el verdadero desafío del momento. No únicamente alcanzar acuerdos. No solamente detener conflictos. No simplemente ganar elecciones. El desafío consiste en reconstruir confianza.
Porque los misiles pueden destruir instalaciones. Las sanciones pueden debilitar economías. Los ejércitos pueden ocupar territorios. Pero ninguna de esas herramientas puede sustituir aquello que hace posible la convivencia política y diplomática entre las naciones y dentro de las sociedades.
La confianza.
Y cuando la confianza entra en crisis, todo lo demás comienza a tambalearse.
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