Cualquier ciudadano consciente —sin necesidad de ser analista o consultor— sabe a la perfección que el PRI, otrora todopoderoso partido, se está cayendo a pedazos. Al anular la democracia participativa, luego de modificar los estatutos, el Partido Revolucionario Institucional entró en una fase terminal que es cuestión de tiempo para que llegue a su fin. La relación entre el tricolor y la sociedad, desde hace muchos años, está prácticamente disuelta. No hay una comunicación fluida ni mucho menos canales de interlocución para contrastar ideas.

De hecho, la mayor parte de su tiempo se absorbe en buscar estrategias perniciosas para tratar de desestabilizar al gobierno con infamias. Por eso existe tanta aversión de las bases sociales hacia una estructura que permanece únicamente porque el sistema de partidos es muy bondadoso, especialmente por los altos promedios de financiamiento a través de las prerrogativas.

Pero el techo presupuestal no será para siempre, ni mucho menos influirá para sostener la hecatombe que se le avecina al Revolucionario Institucional. El PRI, en efecto, es un partido en decadencia que, a lo largo de estos años, ha descuidado lo más sustancial: el contacto directo con la población civil. Desde hace muchos años ya no está en el territorio. Inclusive, no hay nada bueno que podamos rescatar en los últimos años.

Esa renovación de estatutos, más que una estrategia, fue el motor que terminó por convencernos de que la esencia del PRI, a la vista de todos, se viene abajo. De hecho, jamás hubo una reconciliación con los liderazgos estatales del partido. Con ellos, en efecto, se agudizaron las fracturas internas y se aceleraron las pugnas. El propio Alito se aseguró de tener el control total de las decisiones.

Cualquier designación o decisión pasa por las manos de Alito y no por la de un Consejo Nacional que funja como organismo colegiado con capacidad de incidir. Por eso muchos cuadros se decepcionaron o, de plano, terminaron por abandonar las filas del tricolor. Hubo, ante esa cadena de sucesos, quienes criticaron fuertemente los ejercicios para decidir los puestos de elección popular. Desde esa tribuna tan cómoda y sin contrapesos en el seno del Revolucionario Institucional, quienes salen beneficiados son los más cercanos a Alejandro Moreno. Entonces, eso —más que un esquema de prebendas— es un premio a la lealtad y a la fidelidad para aquellos que alaban el quehacer de Alito Moreno. Está la muestra más evidente en lo que hizo un diputado al agredir al vocero de la fracción parlamentaria de Morena en San Lázaro, Arturo Ávila.

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Esos gestos de violencia y actos porriles, sin duda, son un síntoma de la decadencia que vive el PRI. Ellos, que están condenados a la extinción, han tratado de convertirse en un vehículo incómodo para el poder institucional. Al escupir por todos los medios una narrativa que no impacta más allá de las declaraciones estridentes, observamos que continúan regalando terreno en lo político. Mientras Morena no suelta las asambleas de información, el PRI se victimiza en el vecino país. Eso, ya lo dijimos, no es una vía para reconfigurarse ni mucho menos para reinventarse.

Dejaron de lado el trabajo de base y, por ende, no tienen activismo; es decir, existe una desconexión con la gente al no ofrecer mecanismos de diálogo para conocer propuestas o inquietudes. Al conformarse con muy poco, sobra decir, están al filo de la desaparición como fuerza política. Algo similar a lo que le ocurrió al finado Sol Azteca una vez que se alejó de sus principios.

Recuerdo que, al PRD, después de firmar el Pacto por México, ellos mismos ahuyentaron a la militancia de la izquierda. Nada es producto de la casualidad, sino de las causalidades. Eso mismo le acontece al PRI, que, al no tener una estructura sólida como partido, se ve invadido por las ocurrencias ahora que revisamos a detalle sus errores y tropiezos. De hecho, no sirve de nada aferrarse a una narrativa que, viéndolo bien, ha beneficiado más a la causa de la Cuarta Transformación. Las estridencias del PRI siguen siendo la perdición de algo que, por dentro y por fuera, es una podredumbre, sobre todo ahora que continúan creyendo que están proyectando una estrategia correcta con ese relato soez.