Una lengua contiene una manera completa de mirar el mundo. Cuando nombramos, construimos un espacio simbólico que se sostiene por la capacidad misteriosa de transmitir una idea que contiene significados, juicios, todo eso que nos permite igualar lo que sentimos y eso a lo que nos referimos. Curiosamente, aunque las palabras puedan parecer neutrales, siempre nombramos conjuntos con una carga o un sentido, como por ejemplo, la expresión francesa “L’appel du vide” que describe la sensación del peligro que da miedo al mismo tiempo, que es atractivo, como subir a una montaña y mirar hacia abajo con ganas de lanzarse pero con miedo de morir.
Un estudio se plantea resolver el declive acelerado de lenguas que van muriendo y con ellas, las visiones del mundo y los mundos simbólicos que contenían. Mediante un método de modelación, Blasi, Hamilton, Gray y Bowern publican en Science el 23 de julio el análisis de cuántas lenguas se hablaron a lo largo del Holoceno (los últimos 12.000 años) y cómo cambió esa diversidad. El problema de fondo es que antes de la escritura, hace unos 6.000 años, no hay evidencia directa de las lenguas, así que las cifras que se manejaban eran, en palabras de la propia Bowern, cálculos de servilleta. El aporte del estudio es sustituir esa intuición por un modelo.
Sin embargo, como no hay registro, reconstruyen la diversidad de forma indirecta. Para el punto de partida dividen la población global estimada de hace 12.000 años entre el tamaño medio de los grupos cazadores-recolectores del mismo trasfondo cultural, apoyándose en datos etnográficos de 171 sociedades de subsistencia poco alteradas por el contacto agrícola y en un supuesto basado en que grupos de unas 800 personas compartían una lengua. Sobre esa base modelan miles de trayectorias posibles que conectan ese inicio con las cerca de 7.600 lenguas actuales.
Según ese modelo matemático, al final de la última glaciación, había entre 3.300 y 7.800 lenguas. La diversidad creció con la expansión de la agricultura y alcanzó su punto máximo hace entre 1.000 y 3.000 años, con decenas de miles de lenguas en uso, alrededor de diez veces más que al final de la glaciación. A esa cima la llaman la “edad de oro” lingüística. Después vino un declive rápido. Bowern sospecha que el auge se debió en parte al paso del nomadismo al asentamiento permanente, ya que hay evidencia en Nueva Guinea y Vanuatu de que las lenguas de pequeñas comunidades agrícolas divergen de sus vecinas mucho más que las de cazadores-recolectores de la misma región.
El gran asesino de las lenguas fue, entonces, el imperialismo. El declive coincide con el surgimiento de los grandes Estados e imperios, como Roma, que difundieron su lengua, su cultura sobre poblaciones antes independientes y obligaban, so pena de muerte, a utilizar su idioma. Esto desmonta una idea asentada relativa a que la extinción masiva de lenguas empezó hace unos 500 años con la expansión colonial europea. El estudio la retrotrae uno o dos milenios. Eso implica que el colonialismo europeo intensificó el declive sin causarlo por los mismos hábitos de conquista basados en destruir el tejido lingüístico para imponer la lengua conquistadora, con ello su visión y hasta la manera despectiva de nombrar a los conquistados y la aspiración para los oprimidos de cambiar de bando mediante la apropiación, hacia el lado de los opresores.
Las lenguas de los Estados e imperios en expansión sobrevivieron de forma desproporcionada, mientras desaparecían las de las poblaciones absorbidas, desplazadas o en declive. De ahí la conclusión de que las 7.600 lenguas de hoy son una muestra pequeña y sesgada de las que existieron, las supervivientes de un cuello de botella histórico altamente selectivo. Y eso, advierte el coautor Russell Gray, sesga la teoría lingüística misma, porque un rasgo puede ser común no por eficiente, sino por haber viajado con las poblaciones que se expandieron. Con los muertos se murieron mundos construidos con sus lenguas.
El estudio concluye que si la pérdida de lenguas responde a corrientes políticas, esas corrientes no van en una sola dirección, y la extinción de las lenguas amenazadas no es inevitable.
Me asusta pensar que los largos modelos de lenguaje podrían ser el inicio de la muerte de esos otros mundos que aún se mantienen. Las IA funcionan mejor en inglés, pues fue su lenguaje inicial de programación frente a otras que responden mejor en chino. Aquellas regiones sin una IA con lenguaje propio, vivirán poco a poco la muerte silenciosa de sus mundos. Estamos sentados frente al asesino, mirando a ¿los ojos? (la cámara de tu computadora) al nuevo tecno-imperialismo que podrá elegir los mundos a preservar, reproducirlos y autogenerarlos sin que podamos hacer más que aferrarnos a nombrar.



