La noche del 15 de septiembre, Claudia Sheinbaum salió al balcón central de Palacio Nacional para encabezar el Grito de Independencia. Frente a ella, un Zócalo repleto. Detrás, la inmensidad de Palacio Nacional. Y en el balcón, ella. Sola.

Es cierto que así lo marca el protagonismo presidencial de la ceremonia y que funcionarios, invitados y miembros del gabinete se encontraban dentro de Palacio Nacional. Pero la política también está hecha de símbolos, fotografías y percepciones.

Y aquella imagen permite plantear una pregunta que desde hace tiempo ronda a la presidencia: ¿qué tan sola está Claudia Sheinbaum en el ejercicio real del poder?

No hablo de popularidad. Tampoco de la multitud que puede llenar el Zócalo. Hablo de poder. Del poder que comienza cuando se cierran las puertas de Palacio Nacional y hay que decidir quién gobierna, quién manda, quién se queda, quién se va y, sobre todo, quién aparecerá en las boletas electorales.

Porque Claudia Sheinbaum recibió algo mucho más complejo que la presidencia de la República. Recibió un movimiento construido alrededor de otro hombre.

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Andrés Manuel López Obrador no solamente le entregó la banda presidencial. Dejó un partido, gobernadores, legisladores, dirigentes, grupos políticos y personajes que construyeron sus carreras bajo su liderazgo.

Incluso una parte importante del diseño político con el que comenzó el nuevo gobierno provenía de los equilibrios construidos durante el sexenio anterior.

Sheinbaum ha ido colocando piezas propias y modificando algunos de esos equilibrios. Sería equivocado sostener que nada ha cambiado o que la presidenta simplemente recibe instrucciones desde Palenque.

No existe evidencia pública que permita afirmar algo semejante. Pero tampoco puede ignorarse una realidad política: López Obrador dejó el gobierno, pero el lopezobradorismo no dejó el poder. Y esa diferencia es fundamental.

La gran pregunta ya no es si López Obrador habla por teléfono con la presidenta o interviene personalmente en cada decisión. La pregunta verdaderamente interesante es otra: ¿Necesita hacerlo?

Cuando un liderazgo político ha construido durante años un movimiento, seleccionado dirigentes, impulsado gobernadores, formado cuadros y establecido lealtades, su influencia puede sobrevivir perfectamente a su retiro. El fundador puede abandonar el escenario y, sin embargo, permanecer en la arquitectura. Eso es precisamente lo que Claudia Sheinbaum tendrá que resolver durante los próximos meses.

Porque se acerca 2027. Vendrán candidaturas a gubernaturas, diputaciones federales, congresos locales y presidencias municipales. Y cada candidatura permitirá observar dónde está realmente el centro de gravedad del poder dentro de Morena. ¿Quién decidirá? ¿La presidenta? ¿La dirigencia nacional? ¿Los gobernadores? ¿Las encuestas? ¿Los grupos locales? ¿El Verde, el PT? ¿O seguirá pesando aquella estructura política construida durante seis años desde Palacio Nacional y durante décadas alrededor de López Obrador?

No necesariamente tiene que existir una llamada del expresidente para que exista continuidad de su influencia. Las lealtades políticas sobreviven a los cargos. También ocurre con el gabinete.

Hay funcionarios inequívocamente identificados con Claudia Sheinbaum y otros cuya trayectoria política viene directamente del sexenio anterior. Eso no significa necesariamente confrontación. Los gobiernos siempre contienen equilibrios, compromisos y continuidades.

Pero conforme avance el sexenio llegará un momento inevitable: la presidenta tendrá que demostrar hasta dónde puede construir su propia coalición de poder. Todos los presidentes mexicanos han enfrentado ese momento. El instante en que dejan de administrar la herencia y comienzan a construir su legado. Y Claudia Sheinbaum tiene además una dificultad particular: sucedió al fundador del movimiento político que la llevó a la Presidencia. López Obrador no fue simplemente su antecesor. Fue el creador de Morena, su principal líder electoral y durante años el punto alrededor del cual giraron prácticamente todas las corrientes del movimiento.

Desprenderse políticamente de una figura de esas dimensiones no significa romper con ella. Significa gobernar sin necesitarla. Ahí estará una de las pruebas centrales de este sexenio.

Por eso aquella imagen del Grito resulta tan sugerente. Una mujer frente a cientos de miles de personas. La bandera nacional entre las manos. El balcón presidencial. Y detrás de ella, vacío. Puede haber sido simplemente el protocolo de una ceremonia.

Pero también puede servir como metáfora involuntaria del poder.

Porque el poder presidencial tiene una paradoja: mientras más alto se llega, menos personas pueden acompañar al que toma la decisión final.

Claudia Sheinbaum tiene hoy la presidencia, una mayoría legislativa y un movimiento político extraordinariamente poderoso. Lo que todavía está terminando de definirse es algo diferente: si ese poder ya es completamente suyo.

Las candidaturas de 2027 probablemente nos darán una parte de la respuesta. Porque entonces sabremos quién tiene realmente la última palabra. Y quizá descubramos si aquella noche del 15 de septiembre vimos simplemente a una presidenta sola en el balcón… o la fotografía anticipada de la soledad presidencial.