Pues sí, presidenta Claudia, la vulgar grosería verbal, los insultos, las pataletas, el lagrimeo, los pechos hinchados del PRIAN rechazando la reforma electoral se debe a que saben a ciencia cierta que la mayoría de México no los elegiría como representantes.

La razón por la que los electores en su mayoría no los elegiría es porque se han ganado su desconfianza al mantenerse durante décadas persiguiendo el hueso para roer en las cúpulas y nomás de reojo volteando hacia abajo. Porque no recorrieron pueblos y comunidades olvidadas, porque no ejercieron con gusto y satisfacción el arduo trabajo de tocar puerta por puerta, porque desconocen lo que significa gobernar con verdadero amor al pueblo.

Está el PRIAN en un predicamento complicado. La tiene difícil porque hoy no se puede engañar ni sobornar a la gente, porque hemos sido instruidos para detectar la hipocresía, la simulación, porque se ha experimentado en carne propia lo ineficaces que resultaron sus gobiernos para mejorar condiciones de vida mientras del servicio público salían orondos millonarios.

Todo esto lo ha vivido México. La pregunta sería, si en las filas de esos partidos conservadores, de esa ideología antes hegemónica dentro del erario de llegar para servirse no para servir, existe algún humilde, sencillo o sencilla de espíritu, sin hambre de riqueza por lo que no caería en la tentación de traicionar al pueblo, de corazón blando y convicción de hierro, de profunda preparación y noción de la justicia social para organizar una administración hacia allí encausada que pueda crecer en la aceptación de la ciudadanía, que logre convencer al votante en las urnas por sus hechos.

¿Habrá en el PRIAN alguien decente para ganarse al pueblo?