La llamada telefónica, bastante cordial, entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente Donald Trump desactivó, ante todo, la posibilidad de un conflicto diplomático. Eso es lo verdaderamente importante.

Menos relevante, aunque sumamente revelador para el análisis de la relación prensa-gobierno en México, es otra consecuencia del diálogo celebrado este viernes: dejó en la orfandad discursiva a los profetas del desastre. Porque, ¿acaso no vaticinaban calamidades quienes aseguraban que era cuestión de días —e incluso de horas— una invasión militar de Estados Unidos a nuestro país?

Durante meses, un sector del periodismo mexicano alimentó la geopolítica ficción al sostener, con un entusiasmo que rayaba en lo antipatriótico, la tesis de que tropas estadounidenses ya estaban listas, en submarinos y portaviones, para desembarcar y aniquilar a la 4T.

¿Quiénes lideraron esa estrategia de sembrar miedo ante una invasión que buena parte de la prensa y la oposición parecían anhelar? Menciono a algunos: (i) El integrante de la familia Junco de la Vega (propietaria de Reforma) que firma como El Abogado del Pueblo o Manuel J. Jáuregui. (ii) Raymundo Riva Palacio, de El Financiero. (iii) Carlos Loret de Mola, de El Universal y Latinus. (iv) Sergio Sarmiento, de TV Azteca y Reforma. (v) Mario Maldonado, de El Universal. (vi) Jorge Fernández Menéndez, de TV Azteca y Excélsior. (vii) Héctor Aguilar Camín, de Milenio.

Resulta infame que periodistas mexicanos hayan dedicado tanto espacio a generar terror, presentando como un hecho consumado la ocupación extranjera.

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Afortunadamente, la presidenta Claudia Sheinbaum y su eficaz canciller Roberto Velasco, al dialogar con Trump refutaron a los emisarios del caos que deseaban botas extranjeras en suelo mexicano al no ver posibilidades para desalojar a la izquierda de Palacio Nacional por la vía democrática.

Con la llamada Sheinbaum-Trump, la comentocracia quedó expuesta como irresponsable y situada en el límite de la traición a la patria.

Pero mientras la prensa gritaba “¡invasión!” desde sus despachos y brindaba en restaurantes de lujo, el gobierno de Sheinbaum ejecutaba, vía Roberto Velasco, una operación diplomática tan silenciosa como efectiva. Funcionó la estrategia Kalimán de la presidenta: serenidad y paciencia frente a los exabruptos de los halcones del norte.

Lo más revelador, tristemente, es la falta de unidad nacional. Ante una amenaza externa, cualquier prensa democrática habría cerrado filas con la jefa del Estado y comandanta suprema. Pero nuestra clase periodística prefirió usar la amenaza como arma de desgaste contra el gobierno y contra el propio pueblo.

¿La buena noticia? La invasión fue un espejismo que solo existió en columnas y guiones de radio y TV que hoy, ante la cordialidad bilateral, tendrán que tragarse sus profecías. ¿La mala? Que la prensa más influyente ha claudicado a la responsabilidad informativa para entregarse a un activismo equiparable al fascismo.

A tales comentócratas les queda aquello de Antonio Machado: “En el análisis psicológico de las grandes traiciones encontraréis siempre la trágica mentecatez del Iscariote”.