Debo admitir que, aún ahora, sigo siendo mayoritariamente escéptico al prospecto de una segunda guerra civil en Estados Unidos. Amplios sectores de los habitantes de la Unión Americana están demasiado despolitizados, drogados, enfermos o controlados con propaganda como para organizar una resistencia efectiva contra cualquier régimen despótico que esté en el poder, llámese el encabezado por Donald Trump, o cualquier otro.

Sin embargo, las condiciones prerrevolucionarias estan ahí: un gobierno despótico, sumamente impopular. Una grave crisis económica y de costo de vida que vuelve cada vez más inviable no solo sostener una familia, sino subsistir en amplios sectores de los Estados Unidos. Una cada vez mayor brecha entre ricos y pobres con un un oligarca emblema, Elon Musk, compartiendo mensajes fascistas en la red social X, misma que compró con dinero prestado y que ahora se ha convertido en una cámara de eco de la extrema derecha internacional.

El feminicidio de la ama de casa Renee Good, cuyo único crimen fue ser una mujer parte de la comunidad LGBT en Minneapolis, Minnesota es un hecho que debería sacudir las estructuras sociales y legales en los Estados Unidos. La moneda aún está en el aire. Pero mientras Donald Trump y el vicepresidente Vance alimentan las llamas al defender al asesino de Renee, aumenta la intensidad del repudio y de las protestas contra los agentes de la migra, o de ICE, quienes se han convertido en la guardia pretoriana personal de Trump y a quienes, según el vicepresidente, se les debe considerar con “inmunidad” total.

La guerra que durante siglos exportó Estados Unidos a otras naciones del mundo ha vuelto a su lugar de origen. El centro ya no puede mantenerse y las personas más inteligentes han comenzado a cancelar sus boletos para una Copa del Mundo que en el peor de los casos, quizás no llegue a celebrarse. Se acabó.