Se aproximan las elecciones intermedias y, pensándolo bien, podemos decir con argumentos sólidos que la coalición Seguimos Haciendo Historia arrasará en las 17 gubernaturas. Eso, sin ir más lejos, es una cuestión de lógica y de sentido común. Morena, sin exagerar, tiene lo más sagrado que cualquier fuerza desearía a estas alturas: el respaldo del pueblo de México. Basta ver las enormes concentraciones para ver de cerca a Claudia Sheinbaum. En todos lados, lo hemos presenciado de esa forma, los ánimos se ponen a flor de piel con el solo acto de presencia de la jefa de Estado.

Hasta este momento, de acuerdo con los datos que se han mostrado ante la opinión pública, Sheinbaum recorrió 23 entidades federativas. Algunas de ellas, inclusive, gobernadas por la oposición, que realmente no pareciera. Claudia juega de local en todas las canchas a las que asiste. Se ha vuelto algo normal atestiguar la asistencia de 30 o hasta 40 mil personas congregadas en un Informe de la mandataria.

Son números o porcentajes reales que nos acercan a una realidad tangible. Morena, sumada a la imagen de la presidenta constitucional, tienen toda una estructura social a lo largo y ancho de México. La misma Claudia, trepada en el filo de una camioneta para saludar a la gente, habla de la sencillez y la humildad con la que siempre ha actuado. Eso, cuyo principal origen radica en la atención a las necesidades, no se gana de la noche a la mañana. El proyecto de la lucha por la democracia del país, para ser precisos, tiene sus inicios con la irrupción de la imagen de Andrés Manuel López Obrador. Él, que constantemente privilegió estar en contacto con la población, supo ganarse su cariño. Recorrió el país una y otra vez, lo mismo que todos los municipios y una cantidad sustancial de localidades. Precisamente allí, a pie, recolectó las esperanzas que se depositaron en un cambio.

México, por fin, abría las puertas de la esperanza en las elecciones históricas del 2018. La numerosa participación del pueblo, volcado al proyecto de transformación, hizo posible la hazaña. Luego de ello, la principal prioridad radicó única y exclusivamente en las necesidades que aquejan a la ciudadanía. A la par de ello, jamás dejaron de recorrer el país y recolectar solicitudes. Las asambleas de información y la rendición de cuentas, como mecanismos, son el reflejo del poder de convocatoria. Y un movimiento en marcha, siempre va a tener una enorme ventaja a comparación de otros partidos. Morena, como tal, tiene un activismo preponderante, pese a las campañas feroces de la oposición. Por eso hay una inmensa diferencia entre un proyecto y otro.

Del lado de la oposición, que no podemos presumir mucho, hay un exceso de narcisismo que se encumbra en todas las trincheras. PAN y PRI, de un tiempo para acá, simplemente se ausentaron de las calles, de las colonias y de las comunidades. Salen a escena, hay que decirlo así, únicamente cuando hay campañas. Lo vimos desde los tiempos de Ricardo Anaya, que presumían era un erudito. Nunca fue ni siquiera un personaje con identificación de las causas. Simulaba empatía tocando una guitarra cuando hizo campaña. Solo se encargó de amagar con meter a la cárcel a Enrique Peña Nieto, en un intento desesperado por levantar su fallida candidatura. Por eso la sociedad, el pueblo, se dieron cuenta del falso montaje que estaban por elaborar con la supuesta irrupción de Xóchitl Gálvez. Dijeron que haría cimbrar el tablero electoral. De risa.

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Eso lo notamos ahora con Ricardo Salinas. Basta ver los mensajes de Germán Martínez, otrora senador que, así de simple, se trepó a Morena solo para negociar una senaduría. Luego desnudó sus verdaderas intenciones y, ante los ojos de México, se ratificó la mezquindad con la que actúa. El punto es que él, desde las redes sociales, idolatra la imagen del magnate dueño de televisión Azteca. Dice que tienen todas las esperanzas depositadas en él para sacar a Morena del poder. Y alguien que no tiene la formación de político y la solidaridad con las causas, jamás será presidente de la República. Solo es, para acabar pronto, una oleada de propaganda y marketing. La propia experiencia que tenemos con Ricardo Anaya y Xóchitl Gálvez, que fracasaron en el intento, son suficientes para darnos una idea de la derrota aplastante que se avecina para la oposición.

Nada comparable al trabajo territorial que sí tiene Morena. La voluntad de las mayorías, a partir de las elecciones del 2018, radican en el pueblo de México. Se acabó la enajenación, el acarreo y la compra de voluntades. El principal mérito que tuvo Andrés Manuel, y cuyo ejemplo sigue al pie de la letra Claudia Sheinbaum, es cobijarse en la gente. La presidenta, de hecho, cuenta con el respaldo de más del 80 por ciento. Al parecer, de llegar a concretarse la candidatura fallida, Ricardo Salinas será aplastado en las urnas. Y él, que no tiene la más mínima idea de cómo caminar ensuciándose los zapatos, no sabrá cómo permear con los sectores sociales, máxime cuando realiza comentarios clasistas a borde de un helicóptero.

El pueblo es quien manda. Por eso, lo decimos claramente, Morena tendrá larga vida en el poder institucional. Tiene algo que la oposición no puede presumir: respaldo de la gente y legitimidad para gobernar con la cara muy en alto. Todo gira alrededor del pueblo.