Todo mexicano que estudia relaciones internacionales sueña, o ha soñado alguna vez, en formar parte del Servicio Exterior Mexicano. Desde los tiempos de Matías Romero, secretario de Relaciones Exteriores y embajador de México en Estados Unidos durante el gobierno de Benito Juárez, el SEM ha atravesado por momentos de auge y crisis en términos de prestigio. Sin embargo, los vientos que soplan desde la autoproclamada 4T han cambiado su rostro.
Si bien el personal del SEM, tanto de la rama diplomático-consular y administrativo proceden de concursos de exposición y una formación previa en el Instituto Matías Romero, los nombramientos de cónsules generales y embajadores han estado desde siempre sujetos a la decisión del presidente en turno con la ratificación del Senado de la República.
Un embajador en el extranjero, a pesar de que muchas de sus funciones son en los hechos operadas por los ministerios o secretarías, manteniéndose solo informado, derivado principalmente de la colaboración interministerial entre dos o más países (mírese el triste caso de Esteban Moctezuma en Washington) continúa siendo una figura de enorme prestigio como cabeza de la máxima representación del Estado en un tercero.
Como se sabe, y para vergüenza de los valiosos hombres y mujeres que forman parte del SEM que han sido ascendidos y que aspiran a su propia superación, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, con la connivencia o pasividad del secretario Juan Ramón de la Fuente, han hecho de los cargos de embajador y cónsul general una suerte de premio de consolación, o en el peor de los casos, en un estate quieto para decenas de personajes incómodos que necesitan ser silenciados.
De esta forma un gran número de exgobernadores, con nula experiencia diplomática y muchos de ellos con cuestionables credenciales éticas, hoy residen plácidamente en algunas de las capitales del mundo.
En semanas recientes se dio a conocer el nombramiento de Alejandro Gertz Manero como embajador de México en el Reino Unido. Sin el menor cuestionamiento por parte del Senado y de su Comisión de Asuntos Exteriores, fue ratificado como cabeza del equipo diplomático ante uno de los Estados más importantes del globo.
El caso de Marx Arriaga ha resultado aún más patético. En palabras de la presidenta Sheinbaum, se le había “ofrecido” un consulado ante su negativa de dejar por las buenas la dirección de Materiales Educativos de la SEP. Como si se tratase de una ficha de cambio, el exfuncionario de la SEP habría tenido entre sus manos la decisión de convertirse en un representante del Estado mexicano, fuese como embajador de México en Costa Rica, o como cónsul en alguna ciudad del planeta.
Arriaga, apenas el día de ayer, señaló que el propio Mario Delgado “regalaba” cargos diplomático-consulares. ¿Lo habrá hecho el secretario de la SEP, por lo menos, con el beneplácito de Juan Ramón de la Fuente o siquiera de algún funcionario de la cancillería?, ¿o será un signo más del desprecio de la cúpula obradorista hacia las relaciones exteriores de México y al papel que ostenta este país en el escenario internacional? ¿O ahora el secretario de Educación Pública cuenta con las competencias jurídicas para hacer nombramientos diplomáticos?



