Imaginemos a un estudiante originario del interior de México que toda su vida, acudió a escuelas públicas sorteando distancia, periodos sin clases por el movimiento magisterial y tuvo la disciplina para sortear estudios autodidactas. Su esfuerzo por realizar el examen de ingreso a la UNAM le permitió un buen puntaje, pero nada comparado con el que lograron los del intelecto sintético prestado por la inteligencia artificial.

Si los lugares son limitados y aquellos se otorgan conforme al máximo puntaje obtenido, los que estudiaron y apostaron a su inteligencia natural son los más afectados frente a los que optimizaron su aprendizaje con cualquier tipo de herramienta que les haya permitido hacer fraude.

Ese dilema ha sido uno de los puntos básicos en los debates sobre transhumanismo y las corrientes que apelan a la mejora de los seres humanos mediante tecnologías que optimicen las capacidades naturales, transformando a personas normales en seres ultracapaces. Mientras que unos apelan a que la desigualdad se marcará por los que tienen más dinero para acceder a esas tecnologías, el examen fraudulento de la UNAM confiado a una tercera empresa que terminó por vulnerar el acceso de toda una generación a la mejor Universidad de México, nos demuestra que además de dinero, los principios o ética personal junto con la maña o ingenio para el uso de tecnologías ya accesibles puede hacer la diferencia.

El examen para ingresar a las licenciaturas merece cuestionarse porque faltó igualdad en las condiciones. Existen desigualdades que ninguna prueba corrige, las que impone el origen y las que impone la clase social. Junto a ellas había una igualdad mínima y realizable, que cada aspirante respondiera por su cuenta, sin una inteligencia artificial, sin calculadora, sin ningún apoyo capaz de arrojar resultados que la propia capacidad no habría producido. Esa igualdad mínima quedó rota.

Tampoco hubo igualdad en los principios. El tejido cultural mexicano conserva el viejo gandallismo, esa costumbre de aprovechar cualquier resquicio para sacar ventaja cuando el entorno es incierto y la urgencia aprieta. Tal disposición no figura en el reglamento, aunque decide tanto como él. Quien está dispuesto a torcer la regla parte desde una posición que el aspirante honesto ni siquiera contempla. Los que aspiran honestamente, encuentran una especie de reto en los exámenes y saborean aprobar como el fruto de algo sembrado, como lo que se trabaja y aumenta las ganas de seguir mejorando.

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Los efectos no se detienen en quienes presentaron la prueba. Alcanzan al personal académico y administrativo que sostiene a la institución. El contrato firmado con Territorium Life, la empresa que operó el examen en línea, costó cerca de 41.8 millones de pesos y significó un ahorro cercano a 7 millones 362 mil pesos respecto al esquema presencial del año anterior. La cifra luce sensata en el papel. Ese ahorro se paga después con incertidumbre, con una denuncia, con la multa cercana a 4.2 millones que la propia Universidad estudia imponer al proveedor y con la posibilidad de repetir el examen para toda una generación. El examen no sería problema para los que ya estudiaron, únicamente supondría un reto para los del puntaje de 120 en la computadora y menos de 70 de forma presencial.

Aquí el caso deja de ser una anécdota escolar y toca una discusión de fondo, la que sostienen el transhumanismo y el posthumanismo. El transhumanismo propone mejorar al ser humano con tecnología, elevar la memoria, la atención, el cálculo, hasta volver ultracapaz a una persona común. Su promesa viene con una sospecha ética, la desigualdad, porque esas mejoras suelen quedar al alcance de quien puede pagarlas. El fraude en la UNAM añade una variante incómoda. La ventaja no dependió solo del dinero. Dependió también de la disposición a hacer trampa y del ingenio para usar herramientas que ya circulan sin costo.

El posthumanismo lleva la inquietud un paso adelante. Ya no pregunta quién accede a la mejora, sino dónde termina la persona y dónde empieza la máquina. Cuando un aspirante responde con una inteligencia artificial conectada a su oído, el pensamiento deja de ocurrir dentro de un solo sujeto y se reparte entre el humano y el sistema que lo asiste. El examen supone que evalúa a un individuo. Lo que tuvo enfrente fue un híbrido, alguien acompañado por una capacidad que no le pertenece y que, aun así, respondió en su lugar.

El dilema ético queda planteado en toda su aspereza. Una institución que premia el resultado, sin poder mirar el proceso que lo produjo, termina por recompensar la aptitud para simular y sanciona la honestidad que se presenta sin refuerzos. La frontera entre estudiar y delegar se vuelve porosa, y con ella la idea misma de mérito.

¿Qué evalúa un examen cuando ya no distingue a la persona del artefacto que la asiste? ¿A quién selecciona una universidad si la ventaja se compra o se improvisa con astucia? ¿Y qué le queda a la generación que apostó por su propia mente cuando el sistema, sin quererlo, honró a quien llegó acompañado?