Se habla mucho de la brecha salarial en conferencias y reportes financieros, con gráficas impecables y porcentajes fríos. Pero la desigualdad económica no se siente como un gráfico de barras, se siente en el estómago. Se siente el día que te enteras de que el compañero que está haciendo exactamente lo mismo que tú, recibe un sueldo más generoso cada quincena. En ese instante algo se rompe por dentro. No es envidia hacia él, es la dolorosa revelación de que para el sistema tu esfuerzo, tus desvelos y tu talento tienen un descuento automático por el simple hecho de ser mujer.
Nos educaron con la promesa del mérito. Nos dijeron que si estudiábamos, si trabajábamos duro y dábamos todo, el techo se abriría. Pero nadie nos advirtió sobre las trampas de arena en el camino. Trabajamos el doble para demostrar que valemos lo mismo, mientras cargamos con una culpa estructural que no nos pertenece.
La igualdad en la paga no es un favor que pedimos, ni una bonita iniciativa para ponérsela de medalla. Es dignidad pura. Es autonomía para decidir si nos quedamos o nos vamos de un lugar, es la seguridad de nuestro futuro y el reconocimiento real de nuestro valor humano.
No podemos seguir normalizando que el género sea un factor de descuento laboral. Es hora de dejar de pedir permiso para ganar lo justo y empezar a exigir que las reglas del juego cambien de una vez por todas.
El camino es largo y nos necesita a todos y a todas, por eso, juntas y juntos impulsemos un mañana donde el género jamás vuelva a ponerle precio a nuestra capacidad.
Jennifer Islas. Política, feminista y conferencista.
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