Divergir, divertir, dividir, divisar son todas palabras con una forma parecida de comenzar y en todas suena que cargan en su interior una historia entera, como esas muñecas rusas que al abrirse revelan otra más pequeña, y otra, y otra, hasta llegar a una tan diminuta que apenas se sostiene entre los dedos. Divorcio es una de esas palabras y justo empieza igual. Viene del latín divortium, de divertere: separarse, ir por caminos distintos. Tiene la apariencia tranquila de un término neutro, casi geográfico, como si describiera simplemente una bifurcación en el camino. Los humanos, especialmente abogados, somos especialistas en elegir las palabras que mienten con elegancia, pero no por mentir sino por expresar las realidades bajo eufemismos que moderen la realidad para hacerla más aceptable y esta en particular, todo el sistema aprendió a hacerlo muy bien.
Divertere supone dos voluntades que se apartan. Dos. El prefijo di implica pluralidad, separación de dos cosas que alguna vez estuvieron unidas. Si la lengua fuera justa, el divorcio necesitaría, al menos, que los dos caminantes supieran que se estaban separando. Pero la historia siendo esa maestra brutal que puedes recordar años después de clases, demostró que la palabra podía vaciarse de una de sus mitades sin dejar de usarse. Así, un trámite podía llamarse divorcio aunque solo uno de los cónyuges lo supiera. Aunque el otro siguiera viviendo su vida, sin saber que ya era, legalmente, otro. Le sucedió a Elena Garro tras una tórrida relación con Octavio Paz, su principal destructor, amante, difamador y compañero.
En 1933, el estado de Chihuahua aprobó una legislación bastante machista y patriarcal que cambiaría la historia judicial y demográfica del país durante más de tres décadas. La ley permitía disolver un matrimonio a petición de uno solo de los cónyuges, sin que el otro necesitara estar presente, sin que fuera notificado en tiempo real, sin que pudiera oponerse. Era suficiente publicar un edicto en un periódico local, un periódico que jamás cruzaría la frontera, que jamás llegaría a manos de quien debía leerlo pues en el caso de Elena Garro, tanto ella como Paz vivían en París. Ciudad Juárez se convirtió en lo que los periódicos de la época y los abogados de entonces llamaron, con una mezcla de orgullo y cinismo, “la meca del divorcio internacional”.
Miles de norteamericanos, europeos, y algunos mexicanos cruzaban esa frontera incluso a veces figuradamente, a través de poderes notariales, para disolver matrimonios en días. En 1959, año en que se procesó uno de los casos más célebres, los divorcios tramitados en Ciudad Juárez llegaron a representar más de la mitad de todos los divorcios registrados en México. Una ciudad fronteriza convertida en fábrica de finales. Una ley convertida en máquina.
No hubo juicio en el sentido real de la palabra donde se escucha a dos partes y un tercero neutral, que sabemos que nunca es neutral, decide. Hubo un trámite. Una demanda presentada a miles de kilómetros, una causal vaga que fue la “incompatibilidad de caracteres”, algo señalado como Elena Garro como esa frase que lo dice todo porque no dice nada. Una mujer que meses después descubrió que ya estaba divorciada sin haber sido escuchada.
En 1959, Octavio Paz era ya un poeta de reconocimiento creciente, un diplomático del servicio exterior mexicano que navegaba con soltura entre los círculos culturales europeos. Ese año, sin regresar a México, sin residir en Chihuahua, sin notificarle a su esposa Elena Garro, tramitó su divorcio en Ciudad Juárez mediante un poder notarial.
Elena tampoco estaba en Ciudad Juárez. Elena estaba viviendo su vida, escribiendo sus obras, sin saber que ese año alguien firmó un papel que la transformó en exesposa. En los meses siguientes, ella se enteró como se enteran los que no fueron invitados a su propia historia. Octavio Paz había contraído segundas nupcias.
Elena Garro promovió un juicio de amparo en 1967 y aquella pieza es una obra literaria más que de recurso legal, tanto que es tentador llamarle una anécdota biográfica. Lo hizo con todo lo que tenía… su inteligencia, su escritura, su memoria. Reinventó la historia contando la suya. Habló del “ficticio divorcio” de su marido. Cuestionó la legitimidad del segundo matrimonio de Paz, celebrado en 1966. Hizo lo que hacen los que nunca fueron escuchados que es hablar más alto que la verdad, para que algo de lo que dicen finalmente resuene. Es tentador buscar los matices, los contextos, las complejidades de una pareja que solo sabía de extremos. Lo que no se puede suavizar con la distancia es la estructura de ese hecho que es la estructura de una desaparición legal. La ley puede borrar a alguien de un expediente sin tocarle un solo cabello. Eso también es violencia. Solo que usa un vocabulario que suena a justicia y por eso no hay que tomar como justa cualquier ley que esté vigente, hay que cuestionar el contenido de cada legislación hasta las últimas y más absurdas consecuencias.
Lo privado delineaba la vida de Elena Garro mientras Octavio Paz borraba sus afectos de lo público. Como escritor, como figura pública en sus propios términos, Paz era renuente a dejar que lo privado “contaminara” su imagen. En este tiempo, lo privado lo define cada vez más como un sujeto cercano a lo despreciable, alguien que hoy sería cancelado. La exposición de los asuntos íntimos habría sido, según la lógica de la época, un “narcisismo devaluado”, una grieta en el decoro. Así, el divorcio tramitado a distancia era coherente con una forma de entender el mundo donde lo privado de los varones debe permanecer protegido y lo privado de las mujeres puede administrarse desde lejos.
Los papeles se invirtieron. Elena, que había sido borrada del proceso original, se colocó en el centro. Hizo público lo privado con una deliberación que fue un acto político de la dignidad. Llevó fragmentos de lo íntimo al ámbito de lo público y los convirtió en evidencia, en resistencia y en subversión. El sistema, sin embargo, tenía una última trampa. El sistema legal siempre es patriarcal, lo hicieron los romanos, los patriarcas por excelencia y lo sostienen los jueces y abogados, los otros patriarcas por conveniencia. Cuando Elena intentó pelear, el propio aparato judicial le cerró la puerta con una frase “usted ya consintió”. ¿Cómo se consiente lo que nunca se supo? ¿Cómo se acepta una sentencia que nunca fue comunicada? Ahí está la trampa perfecta, en el silencio convertido en consentimiento. Para ganar, solo bastaba que el más fuerte eligiera el terreno, controlara los tiempos y actuara antes de que la otra parte supiera que había un juego.
Paz ganó el divorcio. Garro perdió el amparo. Pero su queja, que se resolvió en el fatídico año de 1968, contribuyó indirectamente a lo que ninguna demanda individual podría haber logrado sola. Las presiones políticas acumuladas alrededor de la polémica legislación chihuahuense llevaron finalmente a su derogación en 1970. Elena no la abolió. Fue parte del peso que la dobló.
Volvamos a la palabra.
Divorcio. Dos caminos que se separan. Pero en el latín clásico, divertere también puede significar apartarse para descansar, detenerse en algún lugar de paso. La lengua, a veces, guarda en sus pliegues una ironía oscura pues en la historia que hemos contado, solo uno se detuvo.
El caso de Elena Garro y Octavio Paz es el negativo fotográfico de un sistema que aún maltrata a las mujeres, ahora a través de los hijos. Una ley diseñada no para resolver conflictos, sino para evitarlos a favor del más poderoso. Hoy la ley de Chihuahua es historia. Pero las preguntas que abrió siguen vivas: ¿a quién pertenece la historia de un matrimonio? ¿Quién tiene derecho a escribir su final? ¿Y qué hace la justicia cuando decide, en silencio, que esa pregunta ya tiene respuesta?
Elena Garro, al menos, se negó a aceptar que la respuesta hubiera sido dada sin ella. Ahora los divorcios consisten sobre cómo controlar legalmente a las mujeres mediante dejarlas en la calle, robarles sus historias, quitarles a sus hijos, administrarles las herencias, dejarlas despojadas hasta de sus propias narrativas. Eso es lo más parecido a la justicia que este caso puede ofrecer: la digna rabia de las que, como Elena Garro, siguen usando su voz para negar a callarse aunque les dijeran que ya había dado su consentimiento.
Di-vertere. Dos caminos. Para todo infierno, hacen falta dos. Y para todo paraíso, también.



