Refutaciones Políticas

El miedo ha dejado de ser una emoción para convertirse en un clima. Ya no se trata de episodios excepcionales que irrumpen en la vida social, sino de una atmósfera persistente que modela percepciones, organiza conductas y reconfigura instituciones. Si el siglo XX estuvo signado por las grandes catástrofes visibles, el XXI parece destinado a ser recordado como el siglo de la ansiedad difusa.

No se vive únicamente entre riesgos sino en la conciencia ininterrumpida del riesgo. La amenaza ya no necesita materializarse para producir efectos: basta su posibilidad estadística, su circulación mediática, su reiteración discursiva. El miedo se emancipa del acontecimiento y adquiere autonomía estructural.

Ahí donde el miedo se vuelve permanente, la política se altera en su raíz. La excepción deja de ser anomalía jurídica para convertirse en método; la urgencia, en régimen; la seguridad, en narrativa totalizadora. El poder fáctico aprende a administrarlo no como respuesta contingente, sino como principio organizador y controlador del orden social.

Pero el desplazamiento decisivo radica en su mutación semántica: se teme cada vez más a la política misma. Ella (entendida como espacio del desacuerdo legítimo, de la confrontación de proyectos, de la deliberación pública en las relaciones de poder) aparece degradada a espectáculo fatigoso, conflicto estéril, territorio emocionalmente tóxico.

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Este fenómeno constituye uno de los síntomas más reveladores del capitalismo tardío. En una época donde la racionalidad económica se presenta como horizonte inevitable, la política pierde espesor ontológico. Deja de ser ámbito de transformación para convertirse en administración técnica de lo dado.

Mientras la política es culturalmente deslegitimada (por las redes sociales, los medios de comunicación, las nuevas modas culturales, la tecnocracia y el discurso de la eficiencia técnica) el poder fáctico económico se intensifica en formas cada vez menos visibles y sociales. Mercados financieros, corporaciones transnacionales, arquitecturas tecnocráticas y plataformas digitales reconfiguran la vida colectiva sin mediación cívica alguna.

Así, el miedo a la política funciona como una operación ideológica de alta eficacia. No requiere censura ni represión abierta, opera mediante saturación informativa, frivolidad social, cinismo cultural y trivialización del debate público. Bajo esta lógica, la democracia no es abolida: es psicológicamente desertada, deportada al abismo de una libertad negativa carente de deberes éticos.

Nada de esto implica negar la materialidad de los riesgos actuales. Las crisis son reales; sin embargo, su traducción política no es neutra. Entre la gestión racional del riesgo y la explotación sistemática del miedo existe una diferencia decisiva.

La cuestión filosófico-política central de nuestro tiempo no es cómo eliminar el miedo, sino cómo impedir que se convierta en forma ilegítima de gobierno. Rehabilitar la política no significa idealizarla, sino defender su condición de espacio irremplazable de las relaciones de poder.

El siglo XXI enfrenta una disyuntiva silenciosa: aceptar el miedo como gramática dominante de la vida política o reconstruir instituciones y prácticas capaces de transformar la incertidumbre en deliberación y no en sometimiento.