“La democracia siempre se pierde de forma lenta: primero se vacían sus instituciones y después se vacían sus ciudadanos. Lo trágico es que, si no lo advertimos a tiempo, las nuevas generaciones crecerán sin las herramientas para reconocer el autoritarismo cuando regrese.”
Manuela Carmena, Encuentro Nacional para la Convivencia y Memoria Democrática, 29 de noviembre de 2025
“Donde todos piensan igual, nadie piensa mucho.”
Hannah Arendt
“No puede haber verdadera libertad mientras haya quien tenga prisa por reducir al otro a su única verdad.”
Simone de Beauvoir
Hay que decirlo sin rodeos: Morena y su llamada Cuarta Transformación no han renovado la democracia mexicana; la han tomado de rehén. La presumen, la celebran, pero no la viven, no la practican y, sobre todo, no la permiten. La 4T ha demostrado que no necesita tanques ni decretos marciales para imponer una visión única del país: le ha bastado el dogma, la intimidación moral y la fabricación de un enemigo permanente. Que sea un movimiento presentado como “de izquierda” no lo vuelve progresista, ni mucho menos democratizador. El autoritarismo puede disfrazarse de redención social, y en México ya aprendió a hacerlo con creces.
La narrativa oficial se resume en una frase no pronunciada pero omnipresente: “No tengo por qué dialogar: tengo el apoyo popular y tengo la verdad.” Eso es lo que Arendt identificaba como el inicio de la muerte del pensamiento político: el momento en que el gobierno hace de la unanimidad virtud y del disenso traición. Morena ha convertido la crítica en un deporte de alto riesgo emocional: quien cuestiona “odia al pueblo”, quien pide cuentas “quiere que regrese la mafia del poder”, quien exige “ha perdido privilegios”, quien señala inconsistencias “traiciona el proceso histórico”. Qué conveniente: se cancelan las preguntas, se ahoga la deliberación, se glorifica la obediencia.
Y mientras la deliberación se achica, el adoctrinamiento se expande. No es casual que en plena “transformación”, los libros de texto oficiales se hayan convertido en instrumentos de evangelización política: errores históricos convertidos en dogma, supuestas lecturas “críticas” diseñadas para criar militantes, no ciudadanos, y toda una ingeniería pedagógica para que las nuevas generaciones repitan la épica del régimen sin entender sus trampas. Es un proceso lento, silencioso, sistemático: se deforma la historia para justificar el presente, se borra la pluralidad para normalizar la obediencia, se entrena a los niños a mirar el poder con devoción religiosa.
Esa lentitud es justamente lo más peligroso. Manuela Carmena lo explicó mejor que nadie: los totalitarismos no llegan como estampida; llegan como desgaste. El franquismo no se impuso en España en un día, sino como resultado de una secuencia de resignaciones pequeñas: un derecho vulnerado aquí, una institución domesticada allá, un relato oficial repitiéndose sin oposición hasta volverse “sentido común”. Cuando una sociedad deja de identificar el abuso como abuso, ya está a medio camino de aceptarlo como destino. Y lo más inquietante es que las nuevas generaciones —que no vivieron los autoritarismos previos— no tienen herramientas para reconocer que ese camino vuelve a abrirse, ahora con una estética “progresista”, pero con la misma lógica de control.
La 4T habla de hacer historia, pero lo relevante nunca es hacer historia: es qué tipo de historia se escribe y qué futuro se posibilita. Y aquí estamos ante una historia de regresión institucional cuidadosamente envuelta en discursos de justicia social. Es una historia que desmonta la autonomía de las instituciones, que convierte a los órganos reguladores y de procuración de justicia en instrumentos del partido, que reduce el pluralismo a un capricho burgués y que opera bajo el supuesto de que el poder debe ser compacto, centralizado, total. No lo dicen así, claro. Lo dicen con el dulce eufemismo de “transformación”. Pero la transformación no es otra cosa que un retorno al presidencialismo hegemónico con una nueva estética revolucionaria.
La paradoja es grotesca: un gobierno que se autoproclama libertador termina sofocando los derechos que dice defender. Los derechos vitales —las libertades, la crítica, la participación autónoma, la seguridad jurídica— se vuelven negociables. No son garantías; son concesiones. Un país que presume de empoderar a los pobres, pero se niega sistemáticamente a escuchar a las mujeres, a las víctimas, a las comunidades que no aplauden, a los periodistas que investigan, es un país que habla de justicia mientras administra silencios.
Simone de Beauvoir advirtió que no existe libertad verdadera mientras haya quien quiera reducir al otro a su verdad. Morena no solo quiere reducir al otro: quiere disolverlo. Un país donde el partido en el poder se siente dueño del pasado, del presente y del porvenir es un país donde la ciudadanía deja de ser sujeto político para convertirse en coro obligatorio. La pluralidad, que debería ser la condición mínima de una democracia viva, es tratada como estorbo ideológico. Y ese es el síntoma más claro del autoritarismo: la alergia al desacuerdo.
El secuestro de la democracia en México no ocurre de golpe; ocurre en cuotas. Una institución debilitada aquí, una reforma regresiva allá, un insulto presidencial cada mañana, un ataque más a la prensa, un “otros datos” convertido en política de Estado. Y ahora, además, una escuela convertida en fábrica de obediencia. No necesitamos nostalgia dictatorial para identificar lo que está ocurriendo: basta con observar la velocidad con la que el poder se normaliza como dueño de la verdad y la lentitud con la que nos resignamos a ello.
Se habla mucho de “pueblo”, pero muy poco de ciudadanos. Se habla de “transformación”, pero muy poco de libertad. Se habla de “democracia”, pero se hacen elecciones de Estado... Y aquí está la verdad incómoda: una democracia sin contrapesos es solo la antesala de su desaparición. Morena no ha construido una transformación; ha edificado un mecanismo de control envuelto en lenguaje social. Ha reducido la discusión pública a un plebiscito diario en el que solo hay una opción correcta. Y mientras tanto, en las escuelas, se cultiva la versión infantil del mismo guion.
México merece algo mejor. Merece una izquierda democrática, no una izquierda disciplinaria. Merece instituciones fuertes, no instituciones sometidas. Merece crítica vigorosa, no miedo a opinar. Merece futuro, no caudillismo.
Y sí: merece una transformación. Pero una que amplíe la libertad, no que la estreche; que cuestione al poder, no que lo endiose; que respete a la ciudadanía, no que la utilice como argumento moral para justificar abusos.
La 4T podrá seguir repitiendo que hizo historia. Pero si esa historia se escribe borrando derechos, erosionando instituciones, adoctrinando escuelas y silenciando a una parte del país, entonces no estamos frente a una transformación: estamos frente a un secuestro con coartada democrática.


