En el contexto de las protestas masivas en Irán y la represiva desconexión de internet por parte del régimen, las autoridades lograron interferir de manera sistemática el servicio de Starlink, la red de internet satelital de SpaceX de Elon Musk, utilizando tecnología de guerra electrónica, interferencia de señales y anulación de GPS, hasta el punto de dejar inoperativos miles de terminales repartidos por el país.

Los hechos son que Irán vive uno de sus apagones digitales más severos de los últimos años, con una desconexión casi total de internet y comunicaciones, impuesta por el régimen ante una ola de protestas ciudadanas. La revolución ciudadana está principalmente protagonizada por jóvenes con hartazgo por el régimen extremista y, especialmente, por mujeres que han librado todo tipo de obstáculos para alzar la voz por la libertad, quitándose el velo, quemando imágenes de los fundamentalistas y contando historias extremas sobre castigos por estudiar, exclusión de empleos y todo tipo de vejaciones físicas por parte del régimen.

Pero la guerra digital tiene respuestas sofisticadas que vale la pena observar pues desde enero de 2026, se detectó la interferencia deliberada de señales Starlink, mediante equipos de guerra electrónica que perturban el GPS y las frecuencias necesarias para que los terminales funcionen.

Las autoridades iraníes han llegado incluso a criminalizar la posesión de antenas Starlink, considerando su uso como delito grave, y han empleado drones y sanciones para localizar y neutralizar estos dispositivos.

En contrapartida, SpaceX ha habilitado de facto conexiones gratuitas para usuarios iraníes y realizado actualizaciones de software para intentar contrarrestar las interrupciones, aunque su eficacia ha sido limitada.

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Este episodio no es un mero problema técnico aislado: es una señal de ruptura en la idea de que las redes privadas satelitales están fuera del alcance de la soberanía estatal. Por años, se celebró a Starlink como un símbolo de libertad digital —un sistema capaz de sortear censuras y apagones, incluso en escenarios de guerra o represión—. Pero lo que se está viendo en Irán es la contraparte de esa narrativa: un Estado autoritario que aprende alta tecnología, adapta y despliega herramientas de control de alta complejidad para silenciar también ese último respiro de conectividad.

Es crítico entender que no se trata solo de señales interferidas, sino de una voluntad política explícita de recuperar el monopolio de la información. Las mismas tecnologías que permiten acceso universal pueden, en manos de un régimen represivo, convertirse en objetivos a erradicar. La neutralización de Starlink en Irán no es únicamente un detonante tecnológico sino una confrontación abierta entre las aspiraciones de libertad digital y las dictaduras que buscan control absoluto sobre sus ciudadanos.

Desde un punto de vista geopolítico, esta confrontación anticipa algo más profundo: la digitalización del poder estatal y la competencia por el dominio del espacio informativo global. La neutralización parcial de Starlink en Irán sugiere que los Estados autoritarios ya no se limitan a censurar redes terrestres; están desarrollando capacidades para controlar o desactivar redes satelitales.

Estas acciones coinciden con reportes que sugieren apoyo tecnológico o aprendizaje a partir de estrategias desarrolladas por potencias como Rusia y China para cegar la conectividad satelital. Este ejemplo muestra que la tecnología combinada con el poder político tecnológico de un gobierno genera al super-Estado como un ente sin limitaciones físicas o tecnológicas para imponerse.

Las alianzas tecnológicas entre potencias como Rusia, China e Irán —reputadas por sus estrategias de control digital interno— podrían estar moldeando una nueva forma de “soberanía digital” basada en la restricción en lugar de la apertura.

La idea de un internet verdaderamente global y libre está siendo desafiada por una geopolítica que fragmenta redes, espacios y flujos de información según intereses estratégicos y de seguridad nacional. Al mismo tiempo, demuestra que ante la falta de neutralidad de internet cooptada y cargada por magnates con relevancia política, las tecnologías de la soberanía pueden generar apagones masivos.

En este sentido, Irán no es un caso aislado: es la primera manifestación visible de una tendencia que podría expandirse a otras regiones donde regímenes autoritarios perciben la conectividad satelital como amenaza o especialmente la tecnología norteamericana como arma sutil.

Al tiempo que se abre el debate sobre la capacidad de las redes sociales de influir en movimientos políticos que derroquen gobiernos, esto no implica que la columna apoye el régimen fundamentalista islámico que se caracteriza por ser profundamente restrictivo en contra de las mujeres... El análisis se basa en las herramientas tecnológicas y su alcance más que en la ética del uso y consecuencias que se les ha dado, pues por supuesto que apoyar la libertad de expresión, la igualdad y el fin de la opresión a las mujeres es un mandato ético irrenunciable, así como lo es hablar del papel de internet comandado por Estados Unidos bajo la promesa revolucionaria de la conectividad que en este caso ofrece Elon Musk. Lo innovador del bloqueo es que las señales satelitales se plantearon como accesibles en su totalidad, imposibles de bloquear, pero hoy, esa verdad ha muerto.

Si en el pasado inmediato Starlink representaba el sueño de un internet sin fronteras, hoy ese sueño choca con la realidad de que los Estados también pueden disputar el cielo. Al mismo tiempo, el hecho de que Starlink brinde una bocanada de esperanza para quienes luchan contra la represión, los terribles resultados económicos, así como contra el liderazgo clerical dominante del gobierno de la República Islámica, encabezado por el líder supremo Ali Jamenei, eso no elimina que Starlink sea un proyecto de Elon Musk alineado a los intereses de Estados Unidos en el momento que ese país busca imponer la intervención como estrategia de guerra para su propia necesidad económica y política.

La neutralización estatal de una red satelital privada abre una nueva era en la que la conectividad global estará cada vez más en el centro de conflictos de poder y control. No se trata solo de tecnología: se trata de quién decide qué voces pueden escucharse y qué verdades pueden circular. En ese terreno, la batalla por la libertad de información apenas comienza.

Internet es el otro espacio de disputa y la guerra más fría entre imperialismo y soberanos.