Hay partidos que buscan convertirse en grandes. Hay otros que entienden que no necesitan serlo.

El Partido del Trabajo pertenece a la segunda categoría.

Durante más de tres décadas, Alberto Anaya ha demostrado una fórmula política extraordinariamente eficiente: el PT no necesita tener muchos votos; necesita los suficientes para ser necesario.

Y esa ha sido, probablemente, la verdadera fortaleza del partido.

El PT nació el 8 de diciembre de 1990, producto de la convergencia de distintas organizaciones sociales y populares. Desde sus primeros años, sin embargo, quedó marcado por una historia polémica. Diversos investigadores han documentado los señalamientos sobre la cercanía de Alberto Anaya con la familia Salinas de Gortari y sobre el supuesto respaldo del gobierno de Carlos Salinas a la formación del partido con el propósito de dividir a la izquierda que comenzaba a concentrarse alrededor del PRD.

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La versión más dura sostiene incluso que Carlos Salinas de Gortari impulsó la creación del PT y que Raúl Salinas operó políticamente ese proyecto para dividir a la izquierda. Es una acusación histórica que ha sido recogida por distintas investigaciones, aunque no debe presentarse como un hecho judicialmente acreditado.

Lo que sí está perfectamente documentado es lo que ocurrió después.

En 1991, en su primera elección federal, el PT obtuvo aproximadamente 270 mil votos y perdió su registro al no alcanzar el porcentaje requerido. Posteriormente realizó nuevamente el proceso necesario y recuperó su registro para volver a competir.

Y ahí comenzó la verdadera historia de supervivencia del partido.

Porque el PT aprendió algo que otros partidos pequeños nunca entendieron: no hace falta ser grande; hace falta ser necesario.

Primero fue aliado del PRD. Después acompañó a Andrés Manuel López Obrador en sus distintas campañas presidenciales. Finalmente se convirtió en uno de los aliados electorales de Morena.

La fórmula se repitió una y otra vez: pocos votos, pero votos que pueden hacer diferencia.

Y cuando una elección está cerrada, esos pocos votos pueden significar diputaciones, senadurías, mayorías legislativas y posiciones dentro de los gobiernos.

Por eso el PT ha sobrevivido.

No porque se haya convertido en una fuerza mayoritaria, sino porque aprendió a negociar su pequeño porcentaje como si fuera una pieza indispensable del tablero.

Alberto Anaya lleva prácticamente toda la vida del partido al frente de esa estructura. En abril de 2025 fue nuevamente ratificado por seis años. Si completa ese periodo, habrá encabezado al PT durante más de cuatro décadas.

Y aquí es donde hay que mirar lo que está ocurriendo actualmente.

El PT está molesto con Morena.

Anaya ha cuestionado decisiones, ha endurecido su posición frente a la definición de candidaturas rumbo a 2027 y ha dejado abierta la posibilidad de competir por separado en algunos estados. Incluso han aparecido versiones sobre un posible acercamiento con Movimiento Ciudadano.

Pero una cosa es amenazar con romper y otra muy distinta es romper.

Y hay una razón fundamental: de su permanencia dentro del bloque de la Cuarta Transformación depende buena parte de la supervivencia política del PT tal como hoy lo conocemos.

El PT necesita a Morena mucho más de lo que públicamente quiere reconocer.

Y Morena también sabe que el PT tiene algo que negociar: sus votos, sus legisladores y la posibilidad de modificar mayorías cuando la diferencia es pequeña.

Por eso la relación puede tener pleitos, reclamos, amenazas y hasta desencuentros públicos.

Pero sigue siendo una relación de conveniencia política.

Y hay otro asunto que ayuda a entender el enojo de Anaya. Los recursos.

El financiamiento público y, particularmente, los recursos relacionados con los CENDI han sido durante años un asunto central para la estructura política del PT. La esposa de Alberto Anaya, María Guadalupe Rodríguez Martínez, ha estado vinculada directamente con la administración de los CENDI en Nuevo León.

En 2021, el Tribunal Electoral confirmó una multa de 119.8 millones de pesos al PT por la triangulación indebida de recursos públicos destinados a esos centros educativos.

Ahora, en 2026, nuevamente los recursos para los CENDI forman parte de las negociaciones y de las diferencias entre el PT y el gobierno.

Y ahí puede estar una parte importante del enojo actual.

Porque cuando se toca el dinero, se toca también la estructura.

Y cuando se toca la estructura, se toca la supervivencia política.

Por eso no sorprende que el PT levante la voz.

No necesariamente porque quiera abandonar Morena. Puede ser, simplemente, porque quiere negociar.

Y esa ha sido precisamente la especialidad de Alberto Anaya durante más de 35 años: negociar desde una posición pequeña para obtener resultados grandes.

El PT sabe que no tiene el tamaño de Morena. Pero también sabe que Morena no siempre puede darse el lujo de ignorarlo. Ahí está su fuerza. No en los millones de votos. En la capacidad de hacer que esos votos sean necesarios.

Por eso me cuesta creer en una ruptura definitiva.

El PT puede amenazar. Puede reclamar. Puede decir que se va. Puede acercarse a Movimiento Ciudadano. Puede votar diferente en algunas iniciativas. Puede tensar la relación. Pero al final, todo apunta a lo mismo: negociar para quedarse.

Porque irse de Morena significaría poner en riesgo precisamente aquello que durante años le ha permitido al PT sobrevivir: posiciones, representación, recursos y capacidad de negociación.

Anaya lo sabe. Y Morena también.

Por eso estamos viendo una negociación, no necesariamente una ruptura.

El PT no necesita ser grande. Necesita ser necesario.

Y durante más de 35 años, Alberto Anaya ha demostrado que esa fórmula funciona.

La pregunta no es si el PT está enojado. La pregunta es cuánto puede obtener Anaya antes de volver a sentarse a la mesa.

Porque, al final, probablemente ahí estará. Negociando. Como siempre.