El problema es que esta columna se trata justo sobre un feminicidio. El problema es que Edith Guadalupe hizo lo que cualquier mujer hace para sentirse más segura cuando se acerca hacia un entorno, persona o lugar desconocido. Envió su ubicación, informó a sus seres queridos dónde estaría, con quién y para qué. Era una cita de trabajo, ese edificio lo conozco bien. Afuera tiene un letrero que dice “Torre Murano” y fácil se confunde con una Torre Murano corporativa que se encuentra en avenida Insurgentes Sur, en donde hay plazas, oficinas, en la alcaldía de a un lado donde Edith fue asesinada.

El problema es que nada salva. Que no basta informar, no basta que nos cuiden a la distancia, no basta que nuestra familia vaya directo al lugar donde dijimos que estaríamos y que aun así, aun llegando antes, insistiendo, intentando, que aun así no haya autoridad suficiente que llegue a tiempo para salvarnos la vida. El problema es que para una Fiscalía, es más fácil investigar un feminicidio que una desaparición, es más fácil encontrar un cuerpo que llegar a tiempo para salvar la vida de una mujer antes de que sea feminicidio. El problema es que hay supuestamente leyes pero ni una sola persona dispuesta a cumplirlas, que los vigilantes de condominios son omisos, que aquellas empresas de seguridad privada no tienen ni siquiera protocolos obligatorios sobre violencias machistas, menos sobre desapariciones o feminicidios. Mucho menos sobre intervención en caso de prácticas riesgosas… la teoría del derecho civil sobre propiedad privada les acomoda tan bien al grado del desdén, lo que pasa en tus 60 metros cuadrados es asunto de propietarios o arrendatarios, ellos solo están ahí para “cuidar” el edificio, pero literalmente el edificio… cuidarlo de los de afuera, aunque los que toquen sean los padres desesperados de una hija que entró ahí y nunca salió.

El problema es que los padres estaban solos porque no hubo fiscal o agente ministerial o elementos que les acompañaran a pedir acceso desde el primer momento de sospecha de que algo estaba mal. El problema es que no basta cumplir con aquellas precauciones, no basta que las personas que nos aman respondan y vayan a buscarnos. La Fiscalía llega tan tarde, que llegarán por un cuerpo. No van a llegar para encontrarnos, no van a llegar para liberarnos. La Fiscalía de la Ciudad de México no salva. La Fiscalía de la Ciudad de México administra cuerpos, daños, dictámenes, carpetas pero no salva, no interviene, no protege personas, no protege la vida, no importa si es en la alcaldía Benito Juárez o Cuajimalpa o Iztapalapa. Importa el cuerpo del delito pero no importan las vidas para evitar que el delito acabe con ellas.

El problema es aterrador. Significa que aunque creamos que esa ubicación en tiempo real nos salva, es falso. Significa que avisar a dónde vamos y a qué hora deberíamos volver, no sirve de nada. Si todo depende de la suerte, de la mala suerte de toparse con un asesino, la mala suerte de toparse con un violador, la mala suerte de toparse con una oferta de empleo falsa, entonces estamos realmente perdidas porque nuestras mínimas pero desesperadas medidas son insuficientes. No habrá fiscalía que ordene rescatarnos y encontrarnos aún cuando tenemos vida.

El problema con el feminicidio de Edith Guadalupe son también los vecinos, los que vieron desfilar mujeres en una supuesta agencia montada ilegalmente en un departamento condominal que tiene uso de suelo de vivienda y no comercial. El problema es que un feminicida pueda desconectar cámaras, esconder un cuerpo bajo arena en un sótano, donde una decena de autos estacionan y nada pasa. El problema es la indolencia, el cobro por buscar, la incapacidad de trabajar, El problema es que buscar empleo, salir, buscar el sustento, existir y aún hacerlo con todas las medidas posibles, nos lleva al mismo camino. A la nada. A no existir. A ser asesinadas, a que el cuerpo con golpes les sea ocultado y cobrado a nuestros familiares, obligados siempre a ser mártires y ser buenos mártires. A tener que cerrar calles y convencer audiencias para que algo e justicia llegue y dejen de presumir a un detenido o que al menos, hay cuerpo y pueden olvidarse del tormento de buscar, a tener que pensar que aquello es algún tipo de suerte. El problema es que nadie busca y nadie encuentra. El problema es que nadie quiere hacer más allá de su trabajo, ni siquiera el trabajo mismo.

Las columnas más leídas de hoy

Quieren estar horas en una silla, igual el vigilante del edificio que permitió que se desconectaran las cámaras que el fiscal de desaparecidos que puede ocupar su silla pero no salir a buscar o pedir a alguien que vayan a tocar una puerta y a intervenir para que en propiedad privada, den acceso por la comisión de un delito. El problema es todo, el problema son todos, el problema somos nosotros también que tanta costumbre por la tragedia nos ha colocado en los portadores de pequeñas o grandes rabias con las que movemos la cabeza, incrédulos de que una atrocidad más pueda pasar, convencidos de la incapacidad de las autoridades y listos para cerrar la pestaña, pasar de una nota a otra, hacer lo que sigue.

Eso los que pueden. Los que jamás tendrán que ir a buscar un trabajo o no tendrán una sobrina o una hija que lo requiera. Para otros, para las mujeres de las periferias y las desclasadas, el feminicidio de Edith Guadalupe es la firma final en la condena de un Estado que nos dice: “no importa que te cuides, si desapareces, igual no te voy a buscar y si alguien te encuentra, no será con vida pero no te desanimes, la mitad de la batalla la habrán ganado ya, pues no tendrán que preocuparse más por buscar.” Eso nos dice realmente la Fiscalía de la CDMX, nos lo dice en la cara pero nos lo firma en el cuerpo que sentimos conociendo la historia de Edith Guadalupe.