El Mundial de futbol ha vuelto a demostrar que el deporte es mucho más que un espectáculo. Millones de aficionados han convertido a la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara en el centro de atención internacional, llenando hoteles, restaurantes, bares y centros comerciales. La fiesta se vive en las calles, pero también en las cajas registradoras.

Sin embargo, mientras las ciudades sede celebran una importante derrama económica, vale la pena preguntarse si ese beneficio realmente alcanza a todo el país o si, por el contrario, termina profundizando la concentración del turismo en unos cuantos destinos.

El turismo es una de las actividades económicas más importantes de México. De acuerdo con la Cuenta Satélite del Turismo del INEGI, este sector representa alrededor del 8.7% del Producto Interno Bruto nacional, con una producción superior a 2.7 billones de pesos, además de generar millones de empleos directos e indirectos. En otras palabras, casi uno de cada once pesos que produce la economía mexicana depende del turismo.

Por ello, cualquier evento que modifique el flujo de visitantes tiene efectos que van mucho más allá del entretenimiento, las estimaciones más recientes señalan que el Mundial podría generar una derrama económica cercana a 81 mil millones de pesos, además de la creación de más de 110 mil empleos temporales relacionados con hotelería, transporte, comercio y servicios. Tan sólo en la Ciudad de México se espera la llegada de más de dos millones de visitantes y un impacto económico superior a 16 mil millones de pesos.

Son cifras extraordinarias, pero también revelan una realidad: la mayor parte de esos recursos permanecerá en las tres ciudades sede, mientras miles de aficionados buscan hospedaje en Monterrey o llenan las terrazas del Centro Histórico de la Ciudad de México, otros destinos turísticos compiten por atraer a un visitante que ha decidido destinar su presupuesto al ambiente mundialista. No se trata necesariamente de un aumento proporcional del turismo nacional, sino de un fenómeno conocido como efecto sustitución, donde el gasto simplemente cambia de lugar.

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Esto ocurre en un contexto que ya presenta señales de desaceleración. Datos del Banco de México muestran que durante los primeros meses del año el número de turistas internacionales ha mantenido un comportamiento positivo, pero el gasto promedio por visitante ha disminuido, lo que significa que México recibe viajeros, aunque cada uno deja menos recursos que en periodos anteriores.

La consecuencia es particularmente relevante para estados cuya economía depende en gran medida del turismo. Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Puebla o Yucatán no cuentan con la exposición internacional de una sede mundialista, pero sí con miles de pequeñas empresas, hoteles familiares, restaurantes y operadores turísticos que dependen del flujo constante de visitantes para sostener el empleo local.

La Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI muestra que una parte importante de la población ocupada en estos estados trabaja en actividades relacionadas con alojamiento, preparación de alimentos, transporte y comercio. Cuando el turismo se concentra geográficamente, también lo hacen los ingresos y las oportunidades laborales.

Paradójicamente, el Mundial también puede convertirse en una oportunidad para corregir esta tendencia. México posee 35 sitios declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO, más de 11 mil kilómetros de litoral, una de las gastronomías más reconocidas del planeta y una diversidad cultural difícil de igualar. Sin embargo, gran parte de la promoción internacional sigue enfocándose en unos cuantos destinos.

La verdadera estrategia no debería consistir únicamente en llenar los hoteles de las ciudades sede durante un mes, sino en aprovechar la atención mediática para invitar a los visitantes a recorrer el resto del país. Un turista que llega a la Ciudad de México para asistir a un partido podría extender su viaje hacia Oaxaca, Puebla o la Huasteca Potosina; un aficionado que aterriza en Guadalajara podría descubrir la Riviera Nayarit o los Pueblos Mágicos de Jalisco.

Y si de descubrir un rincón que representa lo mejor de México se trata, Bahías de Huatulco, Oaxaca, es una visita obligada. Sus nueve bahías, 36 playas de aguas cristalinas, su compromiso con el turismo sustentable, la calidez de su gente y una gastronomía que combina la tradición oaxaqueña con los sabores del Pacífico lo convierten en un destino único. Quienes hoy llegan a México para vivir la pasión del futbol también tienen la oportunidad de llevarse un recuerdo mucho más profundo: el de un país lleno de paisajes extraordinarios y experiencias auténticas.

El éxito del Mundial no tendría que medirse sólo por el número de boletos vendidos o por la ocupación hotelera de tres ciudades, sino por la capacidad de convertir un evento temporal en una política permanente de desarrollo turístico, porque el verdadero partido económico no se juega durante noventa minutos ni durante un mes de competencia. Se juega todos los días, en los miles de negocios que viven del turismo y que esperan que la pasión por el futbol también se traduzca en prosperidad para todo México, y no únicamente para quienes tuvieron la fortuna de ser sede.