Haber sido directora de promoción turística del gobierno del Estado de México me permitió comprender, desde las entrañas de la administración pública, que el turismo es mucho más que postales bonitas, campañas de marketing digital o cifras alegres de ocupación hotelera.

Me permitió ver de frente la realidad de que atraer viajeros es una promesa vacía si el destino no está sostenido por un andamiaje sólido de seguridad, infraestructura de primer nivel y sistemas de transporte eficientes. Cada estrategia nos recordaba que el éxito de un destino no se mide en cuántos visitantes llegan, sino en cómo su presencia transforma positivamente la vida de la comunidad que los recibe. Un gran evento internacional, como el actual Mundial que vivimos, pone bajo los reflectores globales esta verdad absoluta: el turismo es, en esencia, un ejercicio de alta ingeniería social y estructural.

La euforia de los estadios llenos y las calles pintadas de colores internacionales suelen nublar el verdadero fondo de las cosas. Las y los turistas no regresan a un lugar donde se siente inseguros, ni recomienda un destino donde pasar del aeropuerto al hotel se convierte en un calvario logístico. La infraestructura urbana y la movilidad masiva no pueden ser lujos temporales diseñados exclusivamente para el extranjero, deben ser legados permanentes que mejoren la calidad de vida de la y del ciudadano local. Si el transporte público eficiente solo funciona mientras dura el torneo, habremos fracasado como gestores del desarrollo.

La verdadera magia ocurre cuando la derrama económica no se queda atrapada en las grandes cadenas transnacionales o en los bolsillos de unos cuantos. El impacto real y profundo se consolida cuando el restaurante de la esquina, la y el artesano local, la y el productor agrícola, la y el guía de turistas se vuelven las y los protagonistas de la cadena de valor.

Promover un destino es un acto de profunda responsabilidad que exige blindar la tranquilidad de cada visitante y, al mismo tiempo, robustecer la economía interna. Al final del día, los reflectores se apagan y los estadios quedan vacíos, pero los cimientos que construimos deciden si el turismo fue un espejismo pasajero o el motor definitivo de nuestra transformación social.

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Juntas y juntos impulsemos un turismo con memoria, estructura y rostro humano que convierta cada visita en bienestar permanente para nuestras comunidades.

Jennifer Islas. Política y conferencista.

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