Ismael “El Mayo” Zambada se declaró culpable en una corte de Estados Unidos y confesó haber sobornado a policías, soldados y políticos durante los últimos 50 años. Medio siglo que abarca a todos los presidentes de México, desde José López Portillo hasta Andrés Manuel López Obrador. Su testimonio destapa lo que podríamos llamar El Hilo del Mayo: Un hilo que, si se jalara, dejaría al descubierto complicidades que cruzan a prácticamente todos los partidos políticos y a múltiples gobiernos, sin distinción de ideologías ni colores.

No son episodios aislados, hay una constante en la vida pública mexicana. Rubén Zuno Arce, cuñado de Luis Echeverría, condenado en Estados Unidos por su participación en el Cártel de Guadalajara; el general Jesús Gutiérrez Rebollo, “zar antidrogas”, detenido por proteger al “Señor de los Cielos”; Mario Villanueva Madrid, gobernador de Quintana Roo, extraditado y condenado por colusión con el narco; el general Mario Arturo Acosta Chaparro, señalado en 2000 por vínculos con el Cártel de Juárez; el procurador de Nayarit, Édgar Veytia, sentenciado en Nueva York por trabajar con los Beltrán Leyva; Genaro García Luna, condenado en EU por recibir sobornos millonarios del Cártel de Sinaloa; el general Salvador Cienfuegos, arrestado en Los Ángeles en 2020 por presunta protección a un cártel; y, más recientemente, los señalamientos sobre Rubén Rocha Moya en Sinaloa y Adán Augusto López por su relación con “La Barredora“ en Tabasco. Estos son sólo algunos casos emblemáticos de una lista mucho más amplia.

Lo que confesó Zambada no es un capítulo judicial más, sino la confirmación de que durante al menos cinco décadas la política mexicana y el crimen organizado fueron socios silenciosos. El narco no habría prosperado sin la complicidad del poder. Lo que está en juego ahora es si se rompe el silencio: si se revelan los nombres, si se abren las investigaciones, si se deslindan responsabilidades.

No hablamos de colores partidistas, sino de una estructura de protección que lubricó al crimen durante décadas. El propio Gobierno mexicano ha pedido “pruebas y nombres” sobre esos sobornos, lo que confirma la dimensión del asunto: o hay cooperación y se transparenta la información, o la confesión se diluye en ruido.

El verdadero reto está en reconocer lo que simboliza El Hilo del Mayo: la oportunidad de desentrañar medio siglo de corrupción y complicidades, y de romper de una vez por todas con la cadena de impunidad en la que seguimos atrapados. Si se conocen los nombres y se hace justicia, se cerrará parcialmente una herida histórica, porque limpiar la política del lastre del narco no es un asunto de venganza, sino de supervivencia nacional.