La acogida que Morena le dio a Javier Corral fue generosa, pues más allá de su adornado discurso, no aporta nada: ni en lo político, ni en lo moral ni en lo electoral. Arrastra el repudio de un pueblo que se siente engañado por el hombre que, en algún momento, se presentó como una buena promesa.

Se ha valido de esa generosidad para utilizar a Morena, y hasta el nombre de la presidenta, como escudo en batallas motivadas por sus venganzas personales.

Sabe que, si su paso por el Senado ha sido gris durante estos primeros años, en la segunda mitad será todavía peor. Y, si hay algo a lo que no está dispuesto, es a caer en la irrelevancia.

Solo así se explica la desesperación con la que ha actuado en los últimos días. Ante el panorama interno del partido de la doctora Sheinbaum, todo parece indicar que el candidato en Chihuahua será Cruz Pérez Cuéllar. Pese a ello, Corral ha llegado a creerse con autoridad para presionar a la presidenta de la República, a través de distintos medios de comunicación —y con plumas prestadas—, para que le permita hacerse con el poder en Chihuahua por medio de la aspirante que, en todas las encuestas, ha aparecido en segundo lugar y no logró consolidar en el estado una estructura capaz de vencer a Acción Nacional.

Con su actitud, Corral intenta sembrar división en los momentos previos a la decisión. Un día sí y otro también, mediante ataques al puntero de Morena, busca condicionar a la presidenta, quien ha sido suficientemente generosa con él, pero cuya paciencia también tiene límites.

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La presidenta enfrenta a muchos enemigos y, en el norte, tiene a uno disfrazado de aliado que jamás duda en traicionar cuando así conviene a sus intereses personales.

Desde Chihuahua le decimos: Presidenta, con usted todo; con Corral, nada.