Me acaban de invitar a dar una conferencia para alumnas y alumnos de preparatoria. Platicando con el orientador, decidimos que el tema central será el ghosting. Lo primero que me vino a la mente fue una frase que he escuchado repetidamente en mesas de diálogo con adolescentes y jóvenes sobre cómo prevenir la violencia: “El silencio duele más que si me hubieran dicho que no le gusto”. En ese instante, entendemos que no estamos hablando de un algoritmo o de un error en la conexión, sino de personas rotas por la indiferencia, especialmente adolescentes que apenas están comenzando a navegar el complejo mundo de las nuevas emociones.

Hablemos claro, el ghosting es violencia emocional. Y es aún más cruel cuando ya hubo un contacto real. No estamos hablando de un “match” con el que nunca cruzaste palabra, hablamos de personas con las que compartiste un café, una mirada, un beso o una confesión. Desaparecer en ese punto no es “proteger tu paz mental”, es una forma de negligencia afectiva que deja huellas profundas.

¿Por qué nos urge tanto enseñar responsabilidad afectiva desde la adolescencia? Porque, casi sin darnos cuenta, estamos normalizando tratar a las y los demás como objetos desechables. La cultura del scroll nos ha hecho creer que si alguien ya no nos interesa, basta con deslizarlo hacia afuera de nuestra pantalla para que deje de existir. Pero la realidad es otra, cuando sales con alguien, construyes una expectativa legítima. Romperla con un silencio absoluto es un acto de cobardía que deja a la otra persona en un estado de alerta constante, buscando fallas en sí misma y perdiendo la confianza en sus propios instintos.

A veces se justifica la huida diciendo que “da ansiedad” enfrentar la situación, pero la comodidad de quien se convierte en “fantasma” suele ser el trauma de la víctima. Evitar una charla de dos minutos por una molestia personal es poner nuestro ego por encima de la estabilidad mental de las y los demás. Eso no es ser libre, es ser cruel. 

Debemos entender que no saber decir “adiós” es, en el fondo, una discapacidad emocional. Si no somos capaces de articular un “la pasé bien, pero no quiero seguir saliendo”, simplemente no estamos listos o listas para vincularnos. La madurez afectiva consiste en comprender que nuestras acciones impactan directamente en las emociones de las personas con las que de alguna manera nos vinculamos.

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Hoy, más que nunca, es vital que juntas y juntos impulsemos una nueva ética del cuidado. No permitamos que el miedo a la confrontación nos deshumanice. Elijamos la incomodidad de una verdad honesta sobre la crueldad de un silencio que daña. 

Enseñemos a las y los adolescentes que ser valientes no significa no tener miedo al rechazo, sino tener la integridad de decir “hasta aquí” con respeto.

Cerrar un ciclo con comunicación es un acto de justicia emocional. Al final, nadie merece ser invisibilizado o invisibilizada y todas, absolutamente todos, merecemos la paz de un adiós claro.