Invitado por el mismísimo padre Faustino, entré al enorme espacio virtual del “Circo Tierra” para observar sus famosas cinco pistas.
En la una, y más abarcante, vi 8 mil millones de entes “sapiens” divididos en 195 países con 5 mil pueblos y 7 mil lenguas. En cada uno, etnias mayoritarias dominaban y extraían los recursos de sus minorías y un grupúsculo controlaba la fábrica mundial de acumulación, desde animal a digital, en detrimento del hábitat y a cambio de notoria desigualdad, violencia, migraciones y medio ambiente.
En la pista dos presencié varios procesos de recambio en diversos niveles: Asia Oriental boyante y Occidente descendente, Oriente Cercano pujante y África anhelante, Oceanía latente y Ártico y Antártico en preparación para el siguiente ciclo de expansión colonial y, desde luego, grandes y jugosos espectáculos deportivos.
La pista tres me dejó azorado: antiguas formas de organización y representación de personas, grupos e intereses ahora yacían agónicas bajo el letrero de “democracia representativa” y “estado de derechos”, atrapadas en las redes de superhombres macropersonalistas obligando a pan y látigo a trabajar, hablar y votar a muchedumbres semiconscientes para defenderse juntos de otros superhombres –ninguna mujer– más fuertes y amenazantes, quienes a su vez trataban de mantener ya desesperados el control de los suyos.
En la pista cuatro descubrí a mis paisanos, los del Barrio Sur, divididos entre emancipadores y neocolonizadores en busca de respuestas y soluciones para salir de una caverna, a cuya cima trataban de subir una y otra vez sin éxito una enorme roca que les extenuaba hasta la muerte, ante la aguda mirada de un capataz libertario sonriendo malicioso mientras veía en su calculadora segundo a segundo aumentar los números de su mega-fortuna.
Al pasar por la pista cinco advertí el espectáculo de espectáculos de todos los mundos: 48 grupos nacionales de aquellos poco mas de 200 países con 26 jugadores cada uno tratando de ganar un torneo global cargado de premios, en una macroregión lejana para todos los demás, compuesta de tres naciones que reflejaban en múltiples espejos las cuatro pistas antecedentes una y otra vez y una y otra vez.
Justo, pensé, como el aleph en el aleph y el aleph en el aleph concebido por un sujeto olvidado, llamado Jorge Luis, paisano de quien desde el Sur ganaba el torneo pero perdia junto con los otros sureños, nada más y nada menos que a manos de su presidente, la savia de la vida.
Mareado, me desconecté del circo pensando si quizás en alguno otro de los cientos y miles de planetas Tierra recién descubiertos los “entes sapiens” habrían caminado hacia un destino opcional: borrar fronteras, compartirlo todo, asegurar la sustentabilidad y la alegría de vivir entre todas todos y todes, seres pensantes y sintientes.
Sentado ante una bola de cristal con inteligencia artificial pude leer que todas las conversaciones y todas las pistas, salvo una, ya estaban prescritas.
Junto a mí encontré la mirada triste de una niña que vendía pequen̈as flores para subsistir. Esto me devolvió al presente para continuar haciendo lo mío, lo nuestro, minuto a minuto, día a día: trabajar y cooperar de la mano, como en las Guelaguetzas originales, por un mundo mejor, emancipado de sus explotadores imperiales de todo tipo.



